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​El enigma de Gotera: Una sombra en Villa Canto

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

​A mediados de la década de 1940, cuando la férrea mano de Rafael Leónidas Trujillo Molina se extendía sobre cada rincón de la República Dominicana, una figura enigmática se estableció en Villa Canto, un barrio humilde de Hato Mayor del Rey.
Le llamaban Gotera.

​Su llegada fue silenciosa, su presencia, un susurro. Nadie en la barriada conocía su procedencia, ni su pasado.

Gotera era un hombre de pocas palabras, o quizás, de ninguna.

Su silencio era tan profundo como el misterio que lo envolvía, y sus ojos, velados por una tristeza lejana, parecían contener secretos inconfesables.

La única luz que parecía perforar su hermetismo era la visita ocasional de una mujer, de origen tan desconocido como el suyo, que con el tiempo se convirtió en su compañera sentimental.

Una unión que, como todo lo que rodeaba a Gotera, no engendró hijos, solo un vínculo silencioso que pocos comprendían.

​La vida de Gotera transcurría entre el crujido de su silla de ruedas y el cacareo de sus gallos de pelea.

Dedicado con una pasión silenciosa a la crianza de estas aves, sus manos, curtidas por el tiempo y el trabajo, manejaban con destreza a los fieros combatientes.

Paradójicamente, a pesar de su afición, Gotera nunca pisó la gallera, un antiguo punto de encuentro para los amantes de las riñas, ubicada cerca del Colegio Nuestra Señora del Carmen.

Era como si su vida fuera una serie de contradicciones, un eco de existencias que se negaban a encajar.

​A pesar de su mutismo y su halo de misterio, los vecinos de Villa Canto sentían una extraña mezcla de admiración y cariño por Gotera.

Su peculiar forma de tratar a los demás, una cortesía tácita y respetuosa, había conquistado los corazones de David Cora, Livio Mejía, José Flores, Salomón Flores, Genaro Ramírez, Julio y Pedro Ramírez, Tomás III y Tomás IV Moquete, Ana Julia Torres, y Pedro Bautista, alias Kinavín, entre otros.

Era el epicentro de la atención, incluso en su mudez.

​El rumor más persistente, aunque sin pruebas concretas, era que Gotera había huido del régimen de Trujillo, buscando refugio en la discreción de Villa Canto.

Una sombra más entre las muchas que el terror de la dictadura había creado.

​El final de Gotera llegó tan inesperado como su presencia.

Murió, y su muerte desató una serie de eventos que cimentaron su leyenda en el folclore del barrio. Como no había carro fúnebre en la ciudad, el ataúd fue llevado a hombros.

El cortejo fúnebre, una procesión improvisada de vecinos apesadumbrados, tomó una ruta inaudita: a través del Mercado Municipal.

​El asombro se transformó en miedo cuando el ataúd, para sorpresa de los atónitos venduteros, fue apoyado verticalmente dentro de una caseta de ventas de viandas.

«¡Virgen de la Altagracia y será que se está acabando el mundo!», gritó la vendedora, su voz teñida de pánico.

Los cargadores, agotados, habían decidido descansar, y la imagen del féretro de pie era tan inaudita que heló la sangre de todos.

​»¡Anda el diablo, yo nunca había visto un entierro tan rápido, es verdad que el entierro de pobre es una vaina desgraciada!», exclamó Kinavín, mientras el ataúd era apresuradamente bajado a los siete pies en el cementerio municipal.

​El sepelio fue un cúmulo de irregularidades.

Gotera fue enterrado sin documentos, como si su existencia terrenal nunca hubiera sido oficialmente registrada.

Y, como si la muerte se resistiera a llevárselo por completo, fue necesario leerle el Salmo «Camino Recto» para que su alma encontrara descanso.

La artífice de esta decisión fue Julia Torres, la cibaeña, quien, con una sabiduría ancestral, creía que Gotera se había «tragado un ensalmo», una especie de hechizo que lo mantenía atado a este mundo.

​La razón de su silla de ruedas se reveló entonces: una caída de un techo de casa le había dejado los pies «enguruñados», las extremidades inferiores deformadas.

Y el último acto de su vida terrenal fue tan cruel como insólito.

Para poder acomodarlo en el ataúd, sus piernas, que sobresalían al féretro, tuvieron que ser quebradas.

Tomás IV Moquete, conocido como Moreno, tomó un martillo del taller de Niño Fulgencio.

Mientras José Flores de la Rosa y Livio Mejía sostenían cada una de las piernas del anciano, las extremidades se quebraron a fuerza de golpes de martillo.

Un eco sordo de metal contra hueso que resonó en el silencio, un acto de piedad forzada para un hombre que había vivido una vida de forzada discreción.

​Una vez sepultado, la enigmática mujer, su pareja silenciosa, se quedó con la casa de la calle Santiago Silvestre No. 64, un vestigio de la existencia de Gotera.

Poco después, la vendió a la familia Uribe Peguero, quienes la habitan hasta el día de hoy.

​Gotera, el hombre mudo de los gallos, el misterioso ermitaño de Villa Canto, se convirtió en una leyenda.

Uno de esos personajes de barrio que, incluso en su mutismo, se convierten en el epicentro de la atención, cuya vida, sin una sola palabra, suscita la más profunda curiosidad.

Su paso por Hato Mayor del Rey fue como una sombra en la historia, un enigma andante que, incluso después de su peculiar entierro, sigue siendo tema de conversación, una pieza más en el mosaico de memorias colectivas de Villa Canto.

El autor es periodista e historiador de Hato Mayor.

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