Por Manuel Antonio Vega
En el corazón del campo dominicano, en la comunidad de Las Tunas, de El Seibo, bautizada así por la ornamental planta del cactus que alguna vez pobló sus tierras, reside un hombre cuya vida es un puente inquebrantable entre el pasado y el presente.
Él es Julio Eusebio, conocido cariñosamente como Don Payo, quien acaba de celebrar sus asombrosos 112 años de edad.
Su existencia no es solo una marca en el calendario, sino una crónica viva labrada con la tenacidad de la palma y la dulzura de la décima.
Nacido en 1913, hijo de Martina Eusebio y Alfonso López, Payo absorbió los valores más profundos que solo el conuco dominicano sabe inculcar.
Su historia es la de un autodidacta excepcional, un artista forjado por el oído y la memoria, no por la escuela.
El Decimero: La sabiduría de oído
Es aquí donde Don Payo se alza como una figura sorprendente, pues sin haber pisado un aula para aprender a leer o escribir, posee la virtud de recitar largas décimas y corridos que captaba «de oído» en las faenas agrícolas de Las Tunas.
Su lucidez es brillante, una prueba viviente de que el conocimiento no siempre reside en la tinta y el papel.
Lo que más asombra de Payo es su capacidad auditiva y de improvisación, pues es capaz de escuchar una conversación y, de inmediato, responder o componer una décima bien coordinada y rimada, un arte popular que encanta y fascina a su comunidad.
Su voz es la caja de resonancia de una tradición oral que se niega a desaparecer.
Ha sido músico, labrador y guardián de la Ley, pues antes de ser el venerado anciano que hoy es, Don Payo fue un hombre de manos habilidosas.
Fue un fino labrador de tablas de palma y madera, un oficio que requiere precisión y conocimiento profundo del material.
En sus años mozos, su talento no se limitó al campo: se desempeñó como músico de un conjunto típico, alegrando bodas y cumpleaños bajo contrato, llevando el sabor del folclore dominicano a cada fiesta.
Incluso la ley y el orden formaron parte de su trayectoria, llegando a servir por ocho años como Ayudante de Alcalde Pedáneo.
El mismo Payo relata con orgullo un episodio de su gestión: cuando la comisión de justicia le preguntó si conocía al «matador» de un hombre, él respondió: «Si conozco a Jocesito, pero no al matador, porque yo no lo ví quitándole la vida.»
Una respuesta tan tajante y profunda que le valió la felicitación de las autoridades por su «muy buena autoridad».
Narra que en la Época de Trujillo existieron tres Golpes
Como centenario que es, Don Payo es un testigo invaluable de la historia dominicana, incluida la era de Trujillo, dónde con una memoria clara, relata las rígidas imposiciones de la dictadura, con el temido sistema de «Los Tres Golpes» y las duras leyes:
Los tres golpes forzosos, eran tener la cédula, la cédula con el grabado de la Palma, y laborar las 10 Tareas, asignadas por el régimen.
La palma en la cédula, era un grabado en conmemoración a una palma real que se cayó durante el Ciclón San Zenón y que, milagrosamente, el viento «volvió a parar».
Sobre la Ley y el Orden, Payo recuerda la severidad: «En tiempo de Trujillo el que mataba a una persona tenía 20 años de cárcel aunque fuera trillinario», 30 años por violar a una muchacha y 20 por robo.
Con su sabiduría de campo, Payo expone que su longevidad, a pesar de las estrecheces económicas que le impidieron ir a la escuela, puede deberse a la dieta humilde de sus padres, «ya que en mi casa se comía más arenque que carne y eso nos daba mucha longevidad, nos alargaba la vida.»
A sus 112 años, con la única molestia de unos mareos ocasionales, Don Payo Eusebio sigue siendo el guardián de la memoria de Las Tunas, un hombre que no aprendió a leer ni a escribir en un papel, pero cuya vida es una épica de resiliencia, música, historia y la nobleza de la palma







