Por Manuel Antonio Vega
SAN PEDRO DE MACORIS.- El aire en la Funeraria del Pueblo, en San Pedro de Macorís, era pesado y denso, cargado con el silencio respetuoso que solo la muerte puede imponer.
Sin embargo, ese silencio se quebró por algo mucho más punzante que el lamento: la música.
Cientos de personas, familiares y amigos se habían congregado para despedir a Daniel Soriano Reyes, conocido cariñosamente como «Pachín».
La trágica noticia de su muerte—un accidente de tránsito la madrugada del domingo en la carretera Mella, cerca del batey Jalonga, donde su coche colisionó con un autobús—aún resonaba con incredulidad.
Pachín, al igual que su pariente, era un cantante del género del amargue, una voz más que se apagaba demasiado pronto en la vibrante escena de la bachata.
En medio del dolor, ocurrió un gesto que trascendió lo habitual en un velorio.
Gil Soriano, el reconocido bachatero y hermano mayor de Pachín, se acercó al féretro.
La madera pulida del ataúd parecía brillar bajo el tenue juego de luces, conteniendo no solo un cuerpo, sino una vida truncada.
Fue un momento de quietud tensa; no es común ver a un artista de su talla, famoso por sus canciones desgarradoras, enfrentarse a una pena tan íntima y real.
Gil tomó el micrófono. No para hablar, sino para hacer lo único que sabía hacer para comunicar el alma: cantar.
Comenzó a entonar una bachata. No importaba el título, lo que importaba era el sentimiento puro que brotaba de cada nota.
Su voz, que tantas veces había hecho bailar y suspirar a la gente, ahora era un vehículo de dolor incontrolable.
Mientras cantaba para su hermano fallecido, la emoción lo superó.
Una lágrima solitaria, brillante como una perla, se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra, hasta que el rostro de Gil se bañó por completo en el llanto.
Las gotas saladas cayeron sobre el traje, sobre el micrófono, y figuradamente, sobre el ataúd de Pachín.
Esa imagen—el artista, el fuerte, el hermano mayor, completamente quebrado por la pena—actuó como un catalizador emocional para todos los presentes.
El lugar se llenó de un oleaje de lágrimas y emociones sentimentales.
Los murmullos se convirtieron en sollozos audibles.
Hombres duros se secaban los ojos y mujeres se abrazaban, compartiendo el inmenso dolor.
El canto de Gil Soriano no era solo una melodía; era una despedida desgarradora, una promesa de memoria, y el último, y más emotivo, dueto con el hermano que se había ido.
El gesto de sentimiento llenó el lugar, elevando el velatorio de un simple acto fúnebre a una poderosa, aunque triste, declaración de amor fraterno sellada por la bachata.
«Adiós hermano», suspiró







