Por Manuel Antonio Vega
El domingo amaneció con un sol tibio sobre el sector La Colonia, pero en el aire de El Valle no flotaba el aroma a jengibre ni el eco de los aguinaldos.
Lo que se respiraba era una tensión espesa, el preludio de un estallido que terminó por romper el silencio de la mañana.
El peso del ruido ajeno
Cuentan en el barrio que Franklin de León era un hombre de oído selectivo.
En lugar de refugiarse en el afecto de Cheril, su pareja —quien se aferraba a la idea de un hogar como quien se sujeta a un tronco en medio de una riada—, él prefería escuchar «el ruido de la calle».
Ese murmullo externo, cargado de influencias y agresividad latente, fue alimentando un perfil violento que finalmente devoró la paz de su vivienda.
Ahora los vecinos llegan a decir que «hasta prohibirle que usara redes sociales, para que no pidiera hablar con nadie».
Dentro de las paredes que debían ser refugio, el drama se desató de forma irreversible.
Los disparos rasgaron la calma dominical.
Cheril cayó primero, víctima de una furia que no entendía de razones, pero la tragedia no se detuvo ahí, él decidió poner fin a su vida, colocando el arma en su boca, apretó el gatillo, y Booonn.
El padre de la joven, en un intento desesperado por proteger lo que más amaba, corrió a la casa, abrazando a su hija, pero ya el aire se le había de los pulmones a la hermosa trigueña, murió.
Al padre de la joven se le vio ensangrentada y se pensó en lo peor, pero era sangre de la que brotaba del Cuerpo baleado de su hija.
Al final, Franklin eligió el mismo destino violento para sí mismo, cerrando el círculo de sangre con un último disparo en su boca que dejó a la comunidad en un estado de shock absoluto.
Un pueblo sitiado por el miedo
No es la primera vez que El Valle se ve sacudido por el plomo.
Aún persiste en la memoria colectiva el eco de aquel ataque en el colmado, donde el sicariato se llevó a tres personas.
Sin embargo, que este nuevo hecho ocurra en plena época navideña, cuando las familias buscan reunirse, le otorga una crueldad distinta.
Hoy, mientras las unidades del 9-1-1 y la Policía Nacional acordonan el área, los vecinos miran desde lejos, en silencio.
La Colonia ya no es la misma, pues entre el precinto amarillo y el ir y venir de los peritos, queda una verdad amarga: el ruido de la calle volvió a ganarle la partida al amor, dejando dos sillas vacías y un pueblo que ya no sabe cómo celebrar.
¿Qué está pasando en El Valle?







