El último suspiro de Gusmary Payano
Por Manuel Antonio Vega
Hay tardes en las que el sol de San Francisco de Macorís no calienta, solo alumbra el dolor.
Este domingo 28 de diciembre, la ciudad no despertó con su habitual ímpetu comercial; despertó con un nudo en la garganta.
El camino hacia el camposanto no fue una simple marcha fúnebre, fue una procesión de almas rotas que caminaron para devolver a la tierra a una de sus hijas más brillantes: Gusmary Payano Sánchez.
En la Funeraria San Francisco, el silencio era casi sólido.
Solo se quebraba por el susurro de los rosarios y el llanto ahogado de quienes aún buscaban respuestas ante lo inexplicable.
Un accidente cerebrovascular, frío y repentino, apagó la chispa de una mujer que, hasta hace poco, era el rostro del dinamismo en la calle Billini.
Gusmary no solo construyó un negocio; construyó una esperanza.
Al pasar frente a Gusmary Brows, el moderno centro que inauguró con tanta ilusión en julio de 2024, era imposible no sentir el peso de la ausencia.
Allí, donde antes habitaba la estética y el perfeccionismo de la micropigmentación, hoy solo queda el eco de una visión que en apenas un año se convirtió en el estándar de la excelencia local.
Más allá de los titulares de «joven empresaria», la crónica más desgarradora se escribía en el rostro de los presentes al pensar en el pequeño Alan López.
Con apenas cinco años, Alan es hoy el heredero de un legado de lucha, pero también el recordatorio viviente de una madre soñadora que se marchó antes de tiempo.
La tragedia familiar añade una nota de melancolía profunda: Gusmary era una flor que creció con fuerza a pesar de la ausencia de sus padres, Maribel y Gustavo, quienes la esperaban ya en la eternidad.
El cielo se tiñó de blanco y rosa
El clímax del adiós ocurrió en el Cementerio Las Mercedes.
No hubo palabras que pudieran llenar el vacío, así que la juventud francomacorisana optó por el simbolismo.
En un instante que detuvo el tiempo, cientos de globos blancos y rosados fueron liberados.
El rosa, por su esencia femenina y delicada; el blanco, por la pureza de sus valores.
La multitud levantó la mirada mientras las esferas de colores se perdían en el azul infinito, como si fueran los últimos pensamientos de una comunidad que se resistía a dejarla ir.
Gusmary Payano Sánchez no se va del todo.
Se queda en el mapa comercial de su ciudad, en el ejemplo de superación que dejó a los jóvenes y, sobre todo, en la memoria de un pueblo que hoy llora la partida de una mujer que, en muy poco tiempo, enseñó a todos cómo brillar con luz propia.
Paz a su alma







