Por Manuel Antonio Vega
En las tierras altas de la Cordillera Oriental, donde las nubes suelen enredarse en las copas de los cacaotales, el aire hoy se siente distinto.
Se ha marchado Doña Aurora Vilorio, y con ella se va un pedazo de la historia viva de Vicentillo, esa «Capital del Cacao» que la vio nacer, crecer y convertirse en la raíz de una familia inmensa.
Fue un corazón que cuidó a la Sierra de El Seibo, ayudando a la germinación del bosque de cacao y en el pastoreo de animales.
Doña Aurora no fue una mujer de ciudad; fue una mujer de montaña y de río.
Se formó entre los pastizales empinados y el perfume del grano aromático que define al Este.
Allí, en medio del verdor, levantó una prole que es hoy su mayor legado: Grecia, Kenia, Rafael (el popular Chibobo, cuya labor como carnicero y concejal es sello de orgullo en San Francisco-Vicentillo), Jarme, Diomedes, Beatriz, Raysa, Leidiana, Julinin y Aracelis.
Los hijos que fueron sus razones para luchar, y a quienes enseñó que la riqueza no estaba en los bolsillos, sino en la sapiencia y el amor compartido.
El café no se enfriaba en su casa, pues en sus últimos años, Doña Aurora se mudó al sector Villa Ortega, en Hato Mayor.
Allí vivía con su hija Grecia y su nieto Wilson, pero aunque cambió de paisaje, nunca cambió su esencia.
Su casa era una embajada de hospitalidad.
»Vengan a tomarse un cafecito», era su frase de batalla.
Repartió cariño «a pipá». No había vecino que pasara frente a su puerta sin recibir una sonrisa o una de esas anécdotas campesinas que ella sabía hilar con la maestría de quien ha vivido ocho décadas viendo salir el sol tras la Sierra.
Entre sus afectos más profundos destacaba su vecino Vladimir Vega, a quien quería como a un hijo y cuya compañía era uno de sus mayores consuelos.
La Partida Repentina
La noche de ayer domingo, 28 de diciembre, el corazón de Doña Aurora, ese que latió con fuerza durante 83 años, decidió que era hora de descansar.
Un infarto repentino la sorprendió.
A pesar del esfuerzo de los médicos en la emergencia a la clinica Las Mercedes, de Hato Mayor por devolverle el aliento, pero la «Dama del Cacao» expiró, dejando un silencio hondo en el barrio.
Hoy, Hato Mayor y Vicentillo lloran a una mujer que fue todo amor.
Se ha ido la narradora de historias, la madre de cariñosos hijos, la vecina predilecta.
Pero mientras quede una taza de café caliente y un árbol de cacao en la montaña, el recuerdo de Aurora Vilorio seguirá floreciendo.
Será sepultada este lunes a la 10:00 de la mañana en la comunidad de El Rancho, de Vicentillo, dónde guardan los restos de otros familiares.
Paz a su alma.







