Llegó montada en las herraduras de los caballos
Manuel Antonio Vega
El aire de noviembre de 1808 todavía olía a pólvora tras la sangrienta y heroica Batalla de Palo Hincado.
En aquel Hato Mayor del Rey, que apenas despertaba entre llanuras y ganado, la vida dependía de un jinete.
El primer reporte del correo hatero no llegó en papel timbrado, sino en las herraduras de caballos que unían a Santo Domingo con El Seibo.
Imaginen el paraje de Dos Ríos: cuatro policías urbanos y un cabo vigilaban el paso de las valijas.
Eran tiempos donde la correspondencia no era un derecho, sino una operación militar.
El correo era «Extraordinario»si la urgencia lo mandaba, u «Ordinario» si se ajustaba al rigor del reloj: los jueves a las cuatro de la mañana, cuando el rocío aún empapaba la hierba, el posta partía de Hato Mayor hacia El Seibo.
Para 1851, la administración de Hato Mayor era «subalterna» a la de El Seibo.
No había sellos de goma ni tecnología; el decreto era claro: «mientras no haya sellos, se pondrá con la pluma».
Andrés P. Pérez y luego Juan Santini firmaban a pulso cada sobre, sabiendo que el Tesoro Nacional, desangrado por las guerras contra Haití, rara vez tenía para pagarles a tiempo sus 80 pesos mensuales.
Aun así, los «Postas» —soldados robustos y ágiles— desafiaban las leguas por una gratificación de 15 pesos por viaje a Los Llanos.
Si no había dinero, la promesa se anotaba en una libreta personal, sellada con la esperanza de que el Tesoro algún día despertara.
El Trueno del Telégrafo y el Drama de «Hichi»
El siglo XX trajo consigo el zumbido de la electricidad.
En 1910, el telégrafo llegó para acortar las distancias, pero también trajo tragedia.
El primer liniero, un moreno alto llamado Chichín «Hichi» Sepúlveda, se convirtió en leyenda y mártir: en 1913, una bala atravesó las tablas de palma de la oficina en la calle Las Mercedes, silenciando su labor para siempre.
A pesar de la violencia de la época, la red creció.
Para 1918, Sabana de la Mar ya escuchaba el «clic-clic» de las teclas telegráficas, y nombres como Bernabé «Beleco» Castillo y José A. Mañaná se volvieron los guardianes de las noticias del pueblo.
Del Teléfono de Manigueta al Satélite
El 7 de julio de 1923, la urbe hatera se vistió de gala.
Por 820.52 pesos, José Antonio Pérez instaló el primer servicio telefónico.
Pero el verdadero cambio de la era llegó en 1949 con TELERAN, que se instaló en la calle Padre Meriño No. 11, doña Lucinda Silvestre, mujer de sacrificios y honestidad inquebrantable, operaba el tablero.
Eran tiempos de «manigueta»: había que girar la manivela para despertar a la central y esperar que la operadora clavara la clavija en el tablero.
Solo había 42 teléfonos en 1956; tener uno era un lujo de pocos, como los Nova Hermanos o Abraham Hoffiz.
La Conquista del Cielo y las Ondas Hertzianas
La modernidad no pidió permiso, pues en los años 80, la tecnología japonesa trajo el teléfono rural, y para 1988, el ingeniero hatomayorense, Miguel Andrés Berroa Reyes levantaba en Peña Alta una antena de microondas que parecía tocar el cielo.
Mientras tanto, en 1963, un hijo del pueblo graduado en Estados Unidos, Eliseo Astacio Rondón, hacía algo casi mágico: capturaba el aire.
Con sus propias manos construyó y fundó Radio Maguá. El río que bordea la ciudad por el occidente ya no solo llevaba agua, ahora prestaba su nombre para que la voz de Hato Mayor volara por las ondas hertzianas hacia el mundo entero.
La Compañía Claro llegó para quedarse, ahora se instalan fibras ópticas para mejorar los servicios de internet y el teléfono.







