La aldea y ahora ciudad de Hato Mayor del Rey , dedicada desde 1520 a la crianza de
animales y a la labranza, y que siglos después sobresale en las
actividades comerciales e industriales, no conocía de los beneficios
que se obtienen del servicio bancario hasta el año 1973, que se establece la sucursal del Banco Popular Dominicano.
Antes de establecerse aquí, contadas personas de clase alta, tenían cuentas bancarias en San Pedro de Macoris y en Santo Domingo; sin olvidar los riesgos
personales, gastos de transporte, viáticos, y pérdida de tiempo.
Cuando llegó el Banco Popular, el progreso llamó a la puerta en Hato Mayor
El tiempo de las botijuelas y el misterio en
Hato Mayor del Rey no siempre fue el bullicio de motores y comercio que es hoy.
Desde 1520, la vida aquí transcurría al ritmo del ganado y el arado.
Pero en el siglo XIX y principios del XX, el dinero era un fantasma que se enterraba.
Imaginen las noches de luna en los campos de Los Jíbaros o El Coco.
Allí, hombres como Valentín Pacheco o Pantaleón Payano no confiaban en nadie.
El ahorro era una botijuela de barro cocido enterrada en el patio, bajo el secreto más absoluto.
Se decía que para proteger el oro de las «morocotas», el dueño pactaba con el mismo Lucifer.
La riqueza era un misterio que a veces el dueño olvidaba o que la muerte se llevaba a la tumba, dejando tras de sí leyendas de «almas» que custodiaban el tesoro y el miedo de los vivos a desenterrarlo.
La quimera de la chequera,
para el año 1970, la pirámide social de Hato Mayor estaba marcada por la distancia.
Si alguien necesitaba un banco, el camino era largo: había que viajar a San Pedro de Macorís o a Santo Domingo.
Los riesgos de asaltos en los caminos, el costo del transporte y la pérdida de tiempo hacían de la banca un privilegio exclusivo de la clase alta.
Para el hombre de a pie, la realidad era más cruda: el «San» familiar, que a menudo terminaba en engaño, o la alcancía que se rompía antes de tiempo para comprar un kilo de azúcar.
Y en el peor de los casos, el usurero.
Familias enteras, como la de «Popón el Billetero», vieron cómo sus hogares se esfumaban por préstamos al 240% anual.
La pobreza no perdonaba la falta de un «padrino» financiero.
La chispa del cambio comenzó
en 1972, un hombre llamado Toribio recorría las calles de El Seibo y Hato Mayor. El reto era enorme: se necesitaban 100 mil pesos en acciones para abrir una sucursal.
En El Seibo, un solo hombre ofrecía el dinero, pero en Hato Mayor, el progreso nació de la unión.
Hombres como Diomedes de los Santos, Bonifacio Canto, y Sabino Mota no solo pusieron su capital; pusieron su fe en un pueblo que otros bancos ignoraban por no ser capital de provincia.
Se gestaba una revolución silenciosa contra el modelo bancario tradicional.
Aquel 20 de mayo de 1973, nos cuenta Sabino Mota,
el sol de mayo brillaba diferente ese día.
El edificio moderno, levantado por las manos del maestro Domingo Montás en apenas seis meses, abría sus puertas.
Estaba allí Don Alejandro Grullón Espaillat, un visionario que una vez, siendo joven, recibió un «no» por respuesta de un gerente extranjero y juró fundar su propio banco.
Ese día, la historia de Hato Mayor se dividió en dos.
El «cheque» dejó de ser una palabra extraña del inglés para convertirse en una realidad local.
»Lléveme al Banco»
Han pasado las décadas, y aunque hoy Hato Mayor tiene múltiples instituciones bancarias y financieras, en el subconsciente del pueblo, cuando alguien se monta en un motoconcho y dice simplemente «Lléveme al banco», el destino es inevitable: el Banco Popular o el Nanreservas.
Es más que una oficina; es el recuerdo de cómo la confianza de unos pocos fundadores y el trabajo de gerentes como Abel Comprés o Belkys Nova, transformaron una aldea de labranza en el motor económico que es hoy.
Ya no hay botijuelas bajo tierra, porque el progreso encontró su hogar en la esquina de la calle Las Mercedes con Duarte, a la vista de todos.
En 1990, fue gerente
Ramón Amauris Medina Rosario, quien
ingresó como auxiliar en San Juan de la Maguana en 1975
siendo ascendido a subcontador; Mario Moñoz Mojica, llegó como auxiliar y luego subió a subgerente.
Los ascensos escalonados le llegaron como del cielo, ocupó la misión de
Encargado de Pruebas hasta alcanzar el puesto de Encargado de
Negocios hasta llegar a ser Gerente de la entidad.
Entre los primeros empleados del Banco recordamos Rosa María de la Cruz. Conserje, desde 1977;
Agustín Enrique Soto Céspedes, fue considerado como el mejor cajero del Este, por lo que fue
premiado en 1990; Magalys Robles de Soto 1978), fue Gerente de Operaciones;
Virginia Rijo de Santana, Subcontadora;
Luz Altageacia Mota 1986, Encargada de Pruebas; Miledys Upia Bonett , llegó ser Oficial III Dpto. Préstamos;
Carlos A. Sepuilveda 1978, Oficial de Caja.
Tambien Mercedes M. Rosario 1986, Encargada de
Contabilidad;
Juan Dionisio Mota en 1985, Encargado de Cuentas
Corrientes;
César Julio Liriano en 1989, Auxiliar de Cuentas
Corrientes;
Juan Daniel Hazim Albuerme en 1987 entró como Digitador;
Manuel Zacarias Nolasco en 1988, Auxiliar
Vacaciones; Frank M. Guerrero 1987, Cajero Categoria ⅡI; Magalys Altagracia Ramirez 1988, Cajera Categoría ⅡI;
Adelfa Maldonado de la Cruz 1989, Cajera; Santa Maria Vásquez 1988, Cajera III; Yolanda Rosa de Sosa, Secretaria de Plataforma; Ana Betania Cáceres 1989, Secretaria Ejecutiva;
Livonia Obadia de la Cruz 1989, Secretaria de
Plataforma; Angela C. Diaz de León de 1986, Auxiliar de Préstamos;
Luis Antonio Pozo 1988, Mensajero motorizado.
Así mismo Máximo Pacheco 1990, Cajero III; Alexander Espaillat 1990, Cajero Categoria II,;
Maribel Mateo Bautista (11-VI-1990, Secretaria de
Plataforma.
La empresa pionera (BPD), al motorizar el auge económico,
despertó el interés de otras instituciones que se decidieron a abrir
sus filiales, ya no con la incertidumbre, sino con la seguridad del
éxito.
Al inicio, sólamente los de gran capital
podían ostentar la posesión de una chequera, documento que
prestigiaba al poseedor; pero que era una quimera para los
estratos medio y bajo en la pirámide social.
Es el Banco Popular Dominicano la institución que
confiando en el ancestral movimiento económico y en el espíritu
de trabajo dignificador de los hatomayorenses, rompe con este modelo de la banca nacional e internacional.
Además, las
empresas bancarias tenían por norma invariable el no instalar
filiales en los municipios que no fueran capital de provincia.
Comenzando con las actividades existenciales
(desde los días de la colonia), eran costumbres forzadas por las
circunstancias:
Las botijuelas, sistema de ahorro personal no confiado
a segundas personas; a grado tal que en caso de muerte nadie
podía heredar los bienes enterrados.
La Botijuela consiste en
una especie de tinaja o tinajón de barro cocido o de metal,
normalmente con dos asas y su tapa.
Contenía las llamadas
«Morocotas», que comsistían en monedas de oro, plata, joyas; producto de la suerte
y/o habilidad del tenedor; que bajo tierra quedaban para siempre,
y en muchos casos porque aún en vida su dueño perdía la certera
ubicación.
Es creencia muy enraizada iy folklórica! el pacto exorcista o
diabólico del botijero, segun el cual hace invocación satánica para
guardar sus caudales.
Por lo que «para conseguir la botijuela es
necesario invocar al alma del difunto, quien nunca delató su negocio con Lucifer; por lo que Luisito El Alzao siempre mata el menor de los tres que deben dar con el desenterramiento».
Fueron Botijeros inolvidables: Valentín Pacheco, quien era dueño de Los
Jibaros; Pantaleón Payano, del paraje El Coco; María
Ignacia Hernández Arache, (esposa de Federico
Montaño); Pedro Alejandro Reyes Mercedes, 2do. en
riqueza de Hato Mayor en el Siglo XIX.
Fue muy conocido el caso de Desideria (Cerica) Hernández,
esposa del mencionado Pedro Reyes; «ella le confió a su criada y
trabajadora, una joven de San Valerio, el lugar exacto de la botijuela, y cuando vino a notar el robo ya era tarde; pues, aunque
la sometió ante la alcaldía, no pudo recuperar la fortuna»
LOS TIMADORES
Muchas riquezas tienen su
origen en la traicionada confanza que depositaran ingenuos
acaudalados en personas intimas.
Hay incontables casos de titulos
de tierras y de bienes muebles y de dineros que fueron negados no
solamente a los sucesores, sino también al mismo depositante, «en
su propia cara, sin importar testigos».
Casos notables
Los sucesores de Baldomero Vásquez en 1889, de María de Salas.
Las oficinas recaudadoras gubernamentales, municipales y privadas, depositaban el dinero en
manos de personas solventes, y de trayectoria confiable, como Antonio
Nova, Augusto Betancourt, José Rosa, Alejandro Laureano
Molina, Abraham Hoffiz Nauffer, Andrés Sosa, Alejandro
Laureano Ramírez…».
Por la falta de financiamientos muchos perdieron oportunidades
de realizar jugosos negocios.
Otros quedaron en la pobreza
porque «no hallaron un padrino o fiador que les salvara la finca o
casa hipotecada al módico 20% mensual; o sea, al
usurero 240% anual».
En Hato Mayor se recordó por muchos tiempos el sufrimiento de la sucesión
de Ramón Mota,»alias Popón el Billetero, quien falleció
dejando su casa hipotecada a Pedro (Putún) Reyes; por lo cual la
viuda fue conminada a desalojar su vivienda al no tener los $500
(y los réditos acumulativos en 15 meses de atraso), estando
valorado el inmueble en unos
RD$16, 000.00 ; en la calle Palo Hincado
No.18.
Antes de llegar el Banco Popular existieron otras modalidades de ahorros.
En el ahorro personal y familiar predominaba «El San», ya que el
primer aporte es «del cabeza de San, y nadie podia cobrar sino
luego de vencido su plazo o turno (si había fondos para ello).
Pocos escaparon del engaño; y a principios del 1970 un timador
sorprendió a decenas de ingenuos con los «$500 del primer
número; y jamás se le vio la placa».
La alcancía predominaba en los hogares humildes; pero si no era robada o hurtada, raras veces cumplia con su función de ahorrar, ya que al tenerla al alcance de la mano, el usuario la
violaba constantemente «hasta pa’ comprá azúcar».
El Vale y el Pagaré
Estos servían para el desenvolvimiento
comercial o interempresarial, sin ningún asidero juridico
establecido, por lo cual carecían de «la fuerza compulsiva
intrinseca en un cheque bancario sin fondo; y además como
comprobante de pago».
El anecdotario hatomayorense es rico en
hechos relacionados a los «vales entre compadres».
El cheque o Chek, como lo llamaron al
comienzo, obtenido por cita documental, data del 1918; aunque
desde unos ocho años atrás, ya en San Pedro de Macoris estaba la filial de Royal Bank of Canada.
E1 14 de agosto de 1921 «ingresó a
la Tesorería Municipal de Hato Mayor» un Check por la suma de US$ 13,076.13, proveniente del 50% del Impuesto a la Propiedad
Territorial, cobrada compulsivamente por el Gobierno Militar
yanqui, correspondiente al año 1919; el que fuera retenido por la
hostilidad guerrillera y la actitud patriótica de los municipes
Bernabé (Beleco) Castillo era el gerente de la filial del
International Banking Company, con sede en Macorís; pero como
representante local.
Antecedentes del Banco Popular
Entre los antecedentes relacionados con el establecimiento de la
sucursal del Banco Popular Dominicano, hacemos
resaltar los siguientes datos:
IEstudios de Factibilidad, hacia septiembre de 1972, «el señor
Toribio, Comisionado para hacer un Estudio de Factibilidad
entre los municipios de El Seibo y Hato Mayor del Rey, nos confió
que era fundamental el reunir un minimo de 100 mil pesos en acciones para establecerse en uno de los dos pueblos.
Los hatomayorenses se llenaron de entusiasmos, pero de pronto se encontraron con dos
problemas: Quienes podían disponer de esa suma se opusieron a
ello; y en El Seibo, ya Félix W. Bernardino prometía que él sólo daba los cien mil pesos en acciones.
Fue entonces, cuando con postura del Ayuntamiento y adoptando una actitud progresista, esta
institución inició reuniones y visitas a potenciales inversionistas
dándose de fiadora; comprometiéndose formalmente al traslado
desde Macorís de sus cuentas de ahorros y corriente; poniendo
énfasis en lo promisorio que era el asunto.
Fundadores
Los accionistas, los que establecieron los fondos primarios requeridos
«no éran más de cinco, entre los que se citan DIiomedes de los Santos Céspedes, quien propuso que «juntaran lo más que pudieran; que él completaba la suma». Y lo
cumplió, aportando unos 30 mil pesos faltantes.
También fue accionista Bonifacio Canto (Bony), que dispuso de «unos 25 mil pesos, que
tenía depositados en otro banco»; Sabino Mota Sosa , quien diligenció un préstamo «en
una financiera, respaldado por la Gulf And Western de La
Romana». Sabino Mota, además propugnó porque sus colegas del comercio
mayoristas cadyuvaran al proyecto; Martín de los Santos Paniagua, quien además de sus
acciones en la naciente empresa, atrajo a muchos ganaderos como
clientes potenciales; y Eurispides Aquino García.
La inauguración
E1 20 de mayo de 1973 fue la histórica fecha de la inauguración del Banco Popular Dominicano
en Hato Mayor del Rey,
partiendo como pionera con el impulso extraordinario y potente
de la banca comercial y financiera de la zona; facilitando servicios
más cercanos y opcionales a los pueblos vecinos.
Al acto asistieron las principales personalidades bancarias y
público en general, destacándose la presencia de Don Alejandro Grullón Espaillat,
fundador-Presidente del
Banco Popular matriz; doña Mariana Bobadilla de Jacobo,
gobernadora provincial; don Pedro Rodriguez Echavarria,
vicepresidente del BPD; José Altagracia Núñez Silvestre,
presidente del Ayuntamiento; Criseida Brea de González, sindico
municipal; los regidores: Dr. Pulio Santamaria, Dr. Máximo
Antonio Nova Zapata, Dra. Serafina Reyes de Berroa, y José
Vásquez.
El moderno edificio fue construido por la firma Asencio &
Calcagno. El maestro constructor: Domingo Montás. «Duraron
unos seis meses».
El primer gerente lo fue 1973-89) Abel Comprés; seguido de Jorge de la Cruz , Mocano; Miguel Ferry, Macorisano
Rafael Bibiano Sánchez; Pablo Andrés Comprés Brito,
Mocano;
Belkis Nova de Haché, natural de Hato Mayor; Mario Mena García , de San Francisco de Macoris;
José Adriano Santana Peguero, Hato Mayor.
Además Ramón Amauris Medina Rosario, desde el 23 de octubre de 1990, natural de San Juan de la Maguana; seguido por
Mario Muñoz Mojica, que entró en 1994, que fue promovido de Gerente de Negocios a Gerente Titular. Muñoz fue el gerente que más tiempo oermaneció al frente de la entidad bancaria; Iris Geovanna Severino Rodríguez, permaneció por espacio de dos años; Aleyda Gerónimo, natural de San Pedro de Macorís sólo duró meses.
Jéssica de los Santos González, hija de la jueza Virginia González Brea y Juanito de los Santos, es la actual gerente y ha hecho una excelente gestión al frente de la institución bancaria
A Don Alejandro Grullón habrá de reconocer con el
devenir de las generaciones sus aportes al desarrollo económico de Hato Mayor.







