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Criseida Brea, desafió a los hombres para convertirse en la primera y única alcaldesa de Hato Mayor del Rey en 1970

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Fue un mazo que aún hace ecos en las memorias de los mortales que la conocimos y tratamos

Por Manuel Antonio Vega

​En las calles de Hato Mayor del Rey, donde el sol de la tarde suele bañar con nostalgia las fachadas antiguas, el nombre de Criseida Elizabeth Brea Álvarez no es solo un dato en un registro civil; es un perfume de dignidad que se resiste a la desmemoria.

​Todo comenzó con el rítmico golpeteo de una máquina de escribir.

Una joven, Criseida Brea, de apenas diecisiete años traducía en letras los destinos del pueblo.

Aquella muchacha, nacida en el febrero de 1925, no sabía entonces que sus manos, que organizaban cédulas y estadísticas, terminarían por moldear el rumbo de su tierra.

Durante décadas, fue el alma silenciosa detrás del escritorio, la mujer que conocía cada rincón del catastro y cada suspiro de la tesorería.

​El estallido de la primavera en 1970, fue un año, sin embargo, en que el silencio se convirtió en proclama.

En 1970, cuando el mundo era un mapa trazado por hombres, Criseida se irguió como una ceiba solitaria en medio de la llanura.

Contra los vaticinios y el rancio murmullo de una sociedad que no concebía el mando en voz de mujer, ella ascendió al Solio Municipal.

​No fue una conquista de seda, fue una batalla contra el tabú, y al sentarse en aquel sillón, las paredes del Ayuntamiento de Hato Mayor del Rey, acostumbradas al humo del tabaco y a las decisiones de bota, tuvieron que aprender la elegancia de la justicia y la firmeza del servicio.

Durante su gestión, el sector Ondima nació a la modernidad, y algunas de las aceras que hoy caminamos se tendieron como cintas de progreso bajo su mirada vigilante.

​Dicen que el poder suele ser solitario, pero Criseida lo habitó con la calidez de una madre y la sagacidad de una estratega.

Fue la brújula de los hombres que la sucedieron; alcaldes que acudían a ella buscando la luz que solo da la experiencia pura.

Era la memoria viva de un municipio que nació bajo la ocupación haitiana y que encontró en ella su voz más coherente.

​»Fue la primera en cruzar el umbral, dejando una huella tan profunda que, medio siglo después, la tierra todavía espera otra planta femenina que se atreva a calzar sus zapatos de charol».

​Hoy, cuando el sol se oculta tras los campos de cítricos, y los pastizales, el viento parece traer el eco de su nombre.

Criseida Brea de González sigue siendo el faro que recuerda a las hijas de esta tierra que el poder no es un privilegio de género, sino una ofrenda de amor al pueblo.

Fue la Dama que desafió el tiempo y logró llegar al Solio Municipal.

​Tenemos que recordar, que en el Hato Mayor de 1970 no era un lugar para los pasos suaves de una mujer en los pasillos del poder.

En una sociedad donde el liderazgo se escribía con voz gruesa, de hombre, una mujer de principios inquebrantables, Criseida Elizabeth Brea Álvarez, decidió que cincuenta años de servicio no eran suficientes desde la sombra; era momento de tomar el mazo de la justicia municipal.

​Nacida un 18 de febrero de 1925, Criseida no fue una improvisada de la política.

Su romance con la municipalidad comenzó a la temprana edad de 17 años, cuando el papel carbón y las teclas de las máquinas de escribir eran sus herramientas como secretaria de Melchor Contin Alfau, el alcalde que permaneció 19 años en el Solio Municipal.

​Mientras el municipio crecía —aquel Hato Mayor que recordaba sus raíces de 1843— ella escalaba peldaño a peldaño:

​De auxiliar de estadística en el 1945, pasó a la meticulosa secretaría municipal durante dos décadas (1950-1970).

​Hasta convertirse en la memoria viva de un ayuntamiento que parecía no poder respirar sin su asesoría.

​1970, l año en que se rompió el cristal y los hombres aspirantes colgaron sus anhelos para dar paso a la Dama de Hierro de la Municipalidad.

​Cuando Criseida asumió la sindicatura en 1970, no solo asumió un cargo; desafió un tabú. En una época de fuertes matices machistas, su elección fue un terremoto silencioso.

No llegó para ser una figura decorativa, pues bajo su gestión, el sector Ondima vio sus primeras luces y el progreso se hizo concreto en aceras y contenes que hoy todavía sostienen los pasos de los hatomayorenses.

​Su hogar, formado junto a Julio César González Contin, fue el refugio donde crió a hijos que hoy honran su apellido, como la magistrada Virginia González Brea.

Debo decirlo con justicia en este escrito, Criseida demostró que se podía ser el pilar de una familia y, al mismo tiempo, la brújula de una ciudad.

​Lo que hace la historia de «Doña Criseyda» algo extraordinario es, lamentablemente, la soledad de su hito.

Desde que entregó el mando aquel 16 de agosto de 1974, el sillón municipal ha extrañado la presencia femenina.

Han pasado más de 50 años y, aunque las mujeres han conquistado concejalías, ninguna ha vuelto a portar la banda de alcaldesa.

​»Escribió su página en la historia al romper con los tabúes de que los cargos electivos eran cosas de hombres».

​Fallecida en agosto de 2015, su sombra sigue proyectándose sobre el ayuntamiento.

Fue la asesora de los grandes nombres: desde Francisco Ramírez (Curro) hasta «Ramón Benjamín O’biren (Ramón Colchón).

Todos buscaban en ella la sabiduría que solo dan cinco décadas de conocer cada rincón del catastro y cada necesidad del pueblo.

​Criseida Brea de González no fue solo la primera; hoy, por el peso del tiempo y la falta de relevo en su cargo, sigue siendo la única.

​En agosto de 2015, Criseida cerró sus ojos al tiempo, pero dejó su esencia sembrada en sus hijos, como Virginia, que hoy imparte ley con la misma pulcritud que heredó de su madre.

Se fue la mujer, pero se quedó el mito: la única que ha logrado que el bastón de mando en Hato Mayor huela a flores y a hierro.

Su vida es un recordatorio de que el servicio público no es cuestión de género, sino de vocación y entereza.

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