Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor ha perdido uno de sus pilares más antiguos.
El libro de la vida de Julio Pacheco Poten se cerró este jueves 1 de enero, tras 93 años de escribir páginas de fe y conocimiento.
No se fue solo un hombre; se marchó un arquitecto de almas que supo dividir su corazón entre el rigor del aula y el consuelo del altar.
El sembrador de dos tierras
Pacheco Poten habitó dos mundos que, en él, fueron uno solo: la educación y el evangelio.
Como uno de los pioneros del pastoreo en el siglo XX, entendió que enseñar a leer era tan sagrado como enseñar a orar.
Su vida fue un ciclo de entrega que comenzó con la tiza y el borrador, para culminar con la Biblia en mano cuando el tiempo y los años le pidieron retirarse de las pizarras.
»Dios mandó a buscar a un hombre que lo dio todo por la formación de su pueblo; un espíritu que poseía la calma de los sabios y la firmeza de los justos.»
Su legado no es solo espiritual, es de concreto y voluntad.
Fue uno de los forjadores de la Escuela Juan Pablo Duarte, junto a Obdulio Pacheco y otros, aquel proyecto que nació en el pasado siglo, bajo el techo prestado de la Iglesia Católica.
Resulta una hermosa ironía de la historia que el pastor Pacheco, con su respeto inquebrantable, ayudara a levantar las primeras columnas del saber en lo que hoy es la parroquia Sagrado Corazón de Jesús.
Allí, donde hoy se eleva el incienso, él sembró parte de las primeras letras del barrio Ondina.
Un adiós de gratitud
A sus 93 años, la salud comenzó a reclamar el desgaste de una vida de servicio, pero su fe permaneció intacta hasta el último suspiro.
Deja tras de sí una estirpe de profesionales: Daisy, Jhon, Dorca y Robert, a quienes, con el celo de un buen padre, no solo les dio el apellido, sino la antorcha del conocimiento.
Hato Mayor se prepara para despedir a su «eminencia».
Este viernes, el aire de la ciudad tendrá un matiz de nostalgia: A las
3:00 PM, su cuerpo será recibido en la Iglesia de Dios de la Profecía; mientras que a las
4:00 PM, partirá el cortejo fúnebre hacia el reposo eterno en el Cementerio Municipal de la comunidad satélite de Los Hatillos, a tres kilómetros al sur de la ciudad.
Se apaga una voz en el púlpito, pero queda el eco de un maestro que enseñó a su pueblo que la educación es la única escalera hacia el cielo.
»¡Hasta luego, mi querido profesor!»







