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Vigao», fue a la peluquería por un corte y le recortaron la vida a plomos

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Por Manuel Antonio Vega

​La peluquería del kilómetro 28 de la Autopista Duarte era, como tantos sábados por la noche, un refugio de la cotidianidad, un pequeño oasis de vanidad y charla.

El aire olía a espuma de afeitar y a los aceites que abrillantan el cabello recién cortado.

De fondo, un merengue ligero se mezclaba con el zumbido constante de las máquinas eléctricas, ese sonido familiar que promete un cambio, una mejora, un nuevo comienzo para la semana.

​Junior Ramírez, «Vigao» para sus conocidos, se había entregado a ese ritual, fue a ponerse bonito para seguir la rutina nocturna del sábado.

Sentado en el sillón tapizado de cuero, con la capa protectora sobre los hombros, quizás pensaba en la noche que le esperaba, en una cerveza fría o en el brillo de su cabello al salir.

Su barbero, concentrado, delineaba con esmero cada contorno, cada detalle, mientras la charla casual se extendía entre quienes esperaban su turno.

Un padre con su hijo pequeño, un joven revisando su teléfono, la abuela que venía a buscar un encargo.

La vida en su flujo más simple y predecible.

​Pero la vida, a veces, es solo una fina capa que esconde el abismo.

Y esa noche, el abismo llegó por la parte trasera, sin una alerta previa, ni un grito que rompiera la calma.

Solo el sigilo de las sombras que se arrastraban entre los patios vecinos, el crujir discreto de unos alambres de púas al ser saltados, la determinación fría de tres hombres –“Miguelito”, “Monedero” y “Tuliles”– que habían venido a cobrar una deuda que no admitía prórrogas.

​Cuando los disparos irrumpieron, el merengue se detuvo, el zumbido de la máquina se ahogó en un estruendo metálico que lo paralizó todo.

Los clientes, antes tranquilos, se convirtieron en figuras petrificadas, sus ojos abiertos, reflejando el horror, se quedaron sellado por tan brutal y repentino ataque.

El padre cubrió a su hijo, el joven dejó caer el teléfono, la abuela soltó su bolso.

Nadie comprendió de inmediato; solo el instinto animal de sobrevivir, de hacerse pequeño ante la furia que de repente lo inundaba todo.

​El silencio después del trueno
​»Vigao» se desplomó del sillón, con la capa todavía puesta, como si el barbero hubiera terminado su trabajo y solo faltara sacudírsela.

Su cuerpo, instantes antes lleno de planes, ahora yacía inerte sobre los mosaicos pulcros, mezclado con los pequeños trozos de cabello que la máquina había ido soltando.

No hubo agonía visible, solo la brusquedad del final.

​Los agresores se esfumaron tan rápido como llegaron, dejando tras de sí un silencio más pesado que el plomo.

En la peluquería, el olor a loción de afeitar fue reemplazado por el acre hedor a pólvora.

Los gritos, las lágrimas, el temblor incontrolable, llenaron el vacío que «Vigao» había dejado.

Un ritual cotidiano, una pequeña pausa para el embellecimiento, se había transformado en el escenario de una tragedia inexplicable.

​El Cuerpo de «Vigao» fue envuelto y llevado al INACIF, dejando la silla vacía, con la capa aún extendida, como un testigo mudo de la fragilidad de la vida.

La noche de sábado en el kilómetro 28 ya no volverá a ser la misma.

El eco de los disparos seguirá resonando en los espejos, y en la memoria de los que, esa noche, vieron cómo la vida puede ser recortada de la manera más cruel e inesperada.

Fue el último corte de «Vigao».

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