Por Manuel Antonio Vega
En los pasillos del tribunal de Hato Mayor, el aire ayer martes cambió más de lo normal.
Para Elisabeth Marte, la sentencia de cinco años de prisión contra su hija, Yokayra, no se sintió como una victoria de la justicia, sino como el capítulo más amargo de una tragedia que comenzó mucho antes de entrar a la sala de audiencias.
Elisabeth habla de su hija con una dualidad que desgarra. «Ella es una hija buena», repite, aferrándose al recuerdo de la niña que fue.
Pero esa imagen se desvanece cuando aparece la sombra de las sustancias alucinógenas.
En ese instante, la hija desaparece y surge una extraña que «se transforma», una mujer que ya no reconoce a su madre y que, cegada por el vicio, ha intentado borrarla de la faz de la tierra.
«Los vicios la ponen loca… viene a la casa a quererme matar», confiesa Elisabeth entre sollozos que resumen años de noches sin dormir y sobresaltos al menor ruido en la puerta.
Una condena que no era el plan
El drama de Elisabeth es ahora el de la madre que busca auxilio y encuentra un mazo de juez.
Ella no pedía una celda en la cárcel de mujeres de Anamuya; ella buscaba una orden de alejamiento, un escudo invisible que la protegiera sin encerrar a su sangre.
Sin embargo, la ley, fría y contundente ante la agresión, dictó cinco años de prisión, que purgará en la Cárcel Mujeres de Anamuya en Higüey.
Ahora, Elisabeth se enfrenta a una paradoja cruel,
el alivio de saber que su vida y la de sus nietos ya no corren peligro inmediato.
Paro la carga de criar a los dos hijos de Yokayra, quienes ahora crecen con una madre tras las rejas y una abuela que debe ser, a la vez, proveedora de la presa y refugio de sus nietos.
La fe contra el abismo
Mientras Yokayra se aferra a la Biblia en su encierro, Elisabeth se queda fuera, cargando con el peso de una familia rota.
Su llamado no es de odio, sino de advertencia.
Su voz es el eco de cientos de padres en República Dominicana que ven cómo los vicios les arrebatan a sus hijos vivos, convirtiéndolos en fantasmas violentos.
Al final, la sentencia marca una fecha en el calendario —el 10 de febrero para la lectura formal—, pero para Elisabeth no hay fecha de término.
Ella seguirá esperando que su hija «busque a Cristo de corazón», mientras intenta explicarle a dos niños por qué mamá no volverá a casa esta noche, ni las próximas mil setecientas noches que están por venir.
La sentencia dictada en Hato Mayor contra Yokayra Nivar Marte no es solo un fallo judicial; es la radiografía de una sociedad que no encuentra más respuesta para la adicción que el encierro. En el centro de este huracán está Elisabeth, una madre que hoy personifica la tragedia silenciosa de miles de hogares dominicanos.
Ella es la madre que debe elegir entre su seguridad o la libertad de su hija.
Para Elisabeth, no existe una sola Yokcayra. Existe la hija «buena», la que habita en sus recuerdos y en los momentos de sobriedad, y existe «el monstruo» que emerge bajo el efecto de los alucinógenos.
Esta dualidad es el martirio de Elisabeth. El drama no es solo la agresión física, sino el duelo en vida: ver cómo la sustancia borra la identidad de quien dio a luz, hasta convertirla en una amenaza mortal.
El caso pone de relieve una falla sistémica. Elisabeth acudió a la justicia buscando una orden de alejamiento, un grito de auxilio para establecer un límite que la droga le impedía poner a su hija. Sin embargo, el sistema, carente de redes de rehabilitación efectivas o protocolos de salud mental para estos casos, aplicó la solución más drástica: cinco años de cárcel.
«Yo no quería eso para ella», reitera Elisabeth.
Sus palabras revelan el vacío legal y social: ante la falta de centros de desintoxicación accesibles, la cárcel de Anamuya se convierte en el destino final de un problema que empezó en una jeringa o una pipa.
El llamado de Elisabeth al final de la audiencia no fue de rencor, sino de supervivencia comunitaria. Su advertencia a la juventud es el resumen de su propio naufragio.
Ella es el espejo de muchos padres que, en los barrios de Hato Mayor y de todo el país, ven cómo el microtráfico les arrebata a sus hijos, transformándolos en extraños violentos que terminan o en el cementerio o, como en este caso, tras los barrotes de una celda.
Elisabeth se marchó del tribunal con el corazón dividido: con la paz de saber que podrá dormir sin miedo a ser asesinada, pero con el dolor de saber que su hija es ahora un número más en el sistema penitenciario, esperando que un milagro de fe logre lo que el entorno social no pudo evitar.
Esta historia la escribí después de ver y analizar un video realizado en el Tribunal de Hato Mayor por el comunicador Willy Peguero







