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Juan Bosch: Memorias del Golpe (11/11)

Fecha:

«POR FARID KURY

«Hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar»
Jorge Luis Borges

Todavía conservo grabada en mi memoria la tristeza que destrozaba mi alma aquella noche cuando abordé desterrado la Fragata Mella, la misma que por años y años sirvió de desahogo para las bajas pasiones del tirano. Llevaba el corazón desgarrado y desfallecido. Pocas veces he sentido tanto dolor y tanta decepción. Me acompañaba mi inseparable esposa, Carmen Quidiello. La había conocido en la década de los cuarenta en Cuba en un autobús cuando era, como diría mi amigo Gabriel García Márquez, un feliz perseguido. Conquisté su corazón y ella el mío, y desde entonces decidimos compartir el destino en unión matrimonial. Todas las amarguras del exilio y todo el trajinar, de país en país, los sufrió sin quejarse y sin amilanarse. Con estoicismo admirable asimilaba su papel de Eva al lado del insoportable Adán.

Ella también iba con su corazón y su alma apagados. Habíamos regresado a la patria llenos de gozo y con sueños. Soñábamos con empujar las ruedas de la democracia. Con ponerlas a rodar, a correr, a alta velocidad. Soñábamos con crecer en libertad y justicia social. Pero ahora nos íbamos con el alma afligida y con los sueños desparramados. Nos forzaban a marcharnos derrotados, dejando en el poder supremo de la nación, a unos lobos hambrientos y devoradores. Ahora nos íbamos, ultrajados y decepcionados, como un día hubo de marcharse, ofendido y maltratado, el más puro dominicano, el que todo lo sacrificó por nuestra independencia, Juan Pablo Duarte. Y como un día también, antes de Duarte, hubo de marcharse, enfermo, enflaquecido, tuberculoso, ultrajado, y vilipendiado, el Gran Libertador, el de las Guerras Portentosas, Simón Bolívar. De sólo mencionar el nombre de aquel que a lomo de caballo cruzó varias veces Los Andes y liberó del dominio español a cinco naciones, toda una corriente estremece mi cuerpo y me siento empequeñecido. Y reflexiono en silencio: Si así han tratado a esos grandes hombres, ¿Qué no harán conmigo si ni siquiera colindo con la estatura de esos dos adalides de la libertad de América?

Yo conocía bien la Fragata. Como presidente, de cuando en cuando, me había reunido en ella con los propios militares que ahora manchaban sus uniformes y su honor al irrespetar y violar el juramento de defender el poder civil libremente elegido. Nos acompañaba Antonio Imbert Barrera. El prestigio del general, ganado por su participación en el ajusticiamiento del tirano y por sobrevivir a la persecución mortal desatada por Johnny Abbes y Ramfis Trujillo, lo convertía de hecho en jefe y responsable de lo que pudiera acontecer a bordo. En realidad, era una manera de garantizar que Carmen y yo llegáramos a nuestro destino sanos y salvos. No fue por casualidad que le pidiera que nos acompañara. Pero en aquellas horas ni siquiera con él me interesaba hablar. Prefería encerrarme en mi camarote y allí entregarme al silencio de mis pensamientos. En Santo Domingo mi voz de demócrata la conocían hasta las piedras. Nadie había hablado y predicado con más pasión y devoción que yo. Entonces ¿Qué podía hablar ahora si el crimen había sido consumado con la mayor indiferencia, alevosía, acechanza y complicidad? El silencio también es una forma de hablar, y a veces, cuando el dolor es muy intenso, resulta más elocuente.

La dominicana era una sociedad agonizante, pero con deseos de empujar, avanzar, progresar. Le hacía falta un presidente que no se entregase a la maldad, a la acumulación de riquezas, a la indiferencia y al sólo deseo de gobernar y satisfacer su vanidad. Un presidente también con sensibilidad humana y con visión de águila. Ese presidente era yo. Lo digo sin demagogia y sin falsa modestia. Así lo entendió mi pueblo. A mí me habían elegido los hambrientos de mi país, los que nacían y morían descalzos y analfabetos. Los que les faltaba el pan de cada día. Llevaré siempre orgulloso el que fuesen los pobres de mi país los responsables de mi triunfo. Para ellos goberné y para ellos iba a seguir gobernando. Yo pude gobernar tranquilo, sin tropiezos, sin tensiones ni sobresaltos. Pude completar mi período y otro período y quizás más períodos. Sólo tenía que darle la espalda a esos sectores, traicionarlos. En América Latina, los presidentes muchas veces sufren una metamorfosis crónica. Enarbolando discursos altisonantes y revolucionarios conquistan los corazones del pueblo, pero ya en el poder se entregan arrodillados en los brazos de la oligarquía y jamás se acuerdan de los pobres. Pude asumir esa conducta y dedicarme a disfrutar de las mieles del poder. Pero me negaba a ser ese clásico gobernante de América. Así actúan los políticos torcidos y oportunistas, y por fortuna no era yo una cosa ni la otra. Prefería el destierro a traicionar mi pueblo.

Aquí en Santo Domingo estábamos construyendo un hermoso proceso donde por vez primera los intereses de los de abajo eran valorados. Aquí estábamos construyendo una sociedad justa, sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo, de nuestros héroes, de nuestros valores y de nuestra cultura. De nuestro lado estaba el derecho, la justicia y la razón. Del lado de ellos sólo estaba la fuerza. Y se impuso la fuerza. Pero yo visualizaba que ese gobierno de facto no se sostendría mucho tiempo. Días vendrán en que el pueblo sublevado se haga respetar y les haga pagar a los traidores su traición. Y entonces estaré al frente de mi gente, de mi pueblo, enarbolando como siempre mi canto, el canto de la esperanza de los humildes. Por ahora sólo me queda hacer mía una hermosa y conmovedora frase de nuestro poeta Pablo Neruda, cuando huyendo a la persecución política, atravesó las montañas de Los Andes y cruzó la frontera con Argentina y en una choza abandonada y desvencijada dejó grabado ese grito: “Hasta luego, patria mía. Me voy pero te llevo conmigo”.

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