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El Cine Rex: Donde Hato Mayor aprendió a soñar despierto

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Por Manuel Antonio Vega

​El Cine Rex no es solo hoy un esqueleto de bloques y zinc envejecido por el sol de Hato Mayor; es la caja de resonancia de una época en la que el amor se confirmaba en la penumbra y escenario para condenar con obras de Teatro y poesías el régimen de los 12 años de Joaquín Balaguer.

Construido en 1963 por el visionario de origen Venezolano, Aquiles Álvarez Saviñón, el edificio nació para ser más que una pantalla: fue el refugio de los que buscaban escape.

Ha decir verdad, llenó una época romántica en Hato Mayor

El Teatro «REX», hoy una antigua e histórica construcción en blocks y techado de zinc, fue construido en el año 1963 por el señor Aquiles Álvarez Saviñón, quien se lo vendió al señor Gregorio Carrero (Goyo), que al fallecer fue manejado por su hijo Julio Carrero.

Más tarde Julio que era uno de los herederos vendió a su hermano Arismendy Carrero (Aris)

Al fallecer Aris, la administración pasó a mano de su esposa Yolanda de la Rosa Vda. Carrero, y sus hijos, quienes luego emigraron a Estados Unidos, donde reside.

Tras radicarse la familia de Aris Carrero en Estados Unidos, el edificio fue alquilado a un señor conocido como Pablo Espinal, que operaba un cine en El Seibo.

Recuerdo que los filmes que se pasaban en el Rex, luego eran llevado al Cine Minerva en El Seibo, y viceversa.

Recuerdo, además que cuando se partían las películas, mientras eran empatadas con Teipe, los muchachos vociferávamos «Devuélveme mis cuartos, esto es un clavo».

Fue una époco de pura vivencia pueblerina.

El lugar no solo se veía la técnica y el arte de proyectar imágenes en movimiento para contar historias o representar eventos, sino que el lugar tambien se convirtió en lugar de escape para novios y enamorados poder conocerse y hablar amenamente.

El Rex logró no sólo apreciar los elementos visuales, auditivos y narrativos, porque además era un espacio para un primer besos o aprestón de manos, entre enamorados.

El pedido de muchas féminas, a sus padres era que la dejaran ir al cine a ver las películas, que los fines de semanas se presentaba en en dos tandas.

Era la excusa para alojarse o acaramelarse en los brazos del novio.

Hato Mayor con el pasar de los días se fue convirtiendo en «cinéfilo», aficionado al cine.

Eran empleados: José Reyes (José Guanuma), Fefelo Mercedes, Niño Rosa, alias «Niño el Águila» , Francisco Carrero, Antonio de Jesús Carrero (Coro), y otros que iban llegando con el devenir del tiempo.

En la estructura, ahora alquilada a la Agencia Viomar, se conservan los proyectores en su lugar, en una pequeña oficina en el segundo nivel.

Las carteleras se anunciaban con equipos de sonidos y el perifoneo con una potente bocina, instalada en lo alto de la parte frontal del viejo e histórico edificio, ubicado en la calle Arzobispo Meriño (Padre Meriño), en el centro de la ciudad.

En los años de 1970, se celebró El Primer Festival de la Voz y se presentaban espectáculos y artistas.

Fue escenarios para la presentación de poesías coreadas y obras teatrales, que eran aprovechada para protestar contra el régimen sanguinario de los 12 años de Joaquín Balaguer.

ANTECEDENTES

El industrioso Jaime Rodríguez, de origen Cubano, instaló un salón de cine mudo en la calle Mercedes, local actualmente ocupado por restaurante «El Campito de Mois».

Esto ocurrió cuando se desempeñaba como alcalde del municipio en 1910.

Jaime también en 1921, construye el primer teatro en la calle Padre Peña a esquina Faustino Echavarría, convertido después en el local que ocupó la administración de Correos y
Telecomunicaciones y ahora está la Plaza Galería.

Después de emigrar Jaime Rodríguez a Higüey y permanecer Hato Mayor varios años sin teatro, el empresario Julio Lluberes construyó, para el año 1926, en el local marcado
con el No. 45 de la calle Mercedes, donde operó por varios años un salón de cine y se ofrecían otros espectáculos a la población.

Los cines antiguos utilizaban paredes de color blanco, dónde proyectaban las películas y comedias.

Ell miedo de los niños y el Perifoneo

Los niños de entonces, con los ojos bien abiertos, vivían el terror más puro cuando los caballos de los vaqueros galopaban hacia la pantalla: juraban que los animales romperían el lienzo para arrollarlos en el los bancos.

El Hombre de Hierro

​Hubo una noche en que el Rex no necesitó de proyectores para dejar al público sin aliento.

El espectáculo no venía en rollos de película de 35mm, sino en la carne y el músculo de un fisiculturista llegado de la capital.

​El escenario, acostumbrado a los dramas de ficción, se convirtió en una arena de asombro.

Allí, el atleta se tendió de espaldas, convirtiendo su torso en un yunque humano.

La tensión en la sala era tal que podía cortarse con un cuchillo.

Ramón Yita y Muela, los conocidos fritureros del pueblo, subieron al tabloncillo cargando una piedra colosal, un pedazo de montaña que depositaron con cuidado —y un peso aterrador— sobre el pecho del hombre.

​Lo que siguió fue un acto de fe y resistencia, pues no fueron otros atletas quienes empuñaron la mandaria, sino los «carga sacos» de Hato Mayor, hombres cuyos brazos estaban forjados en el trabajo duro del mercado y los almacenes del pueblo.

Cada golpe de mazo contra la roca resonaba en las paredes y el techo de zinc como un trueno.

Por un segundo, el pueblo contuvo la respiración: era el choque del acero contra la piedra, y de la piedra contra la voluntad humana.

​Al final, cuando la roca se partió en pedazos y el fornido actor se puso de pie, ileso y triunfante, el Rex estalló en un aplauso que fue más fuerte que cualquier estruendo de mandaria.

Aquella noche, la realidad superó a la fantasía de Hollywood.

Podemos hacer esta historia más fascinante con la ayuda de nuestros lectores.

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