Por Manuel Antonio Vega
En Villa Canto, cuando la tierra se resistía y el trabajo exigía pulmón y hierro, solo un nombre acudía a la memoria de los vecinos: Caonabo Peguero.
No era solo un hombre; era una fuerza de la naturaleza dedicada a horadar el suelo.
Si había que abrir una zanja para un séptico o enterrar tuberías, la «psicorigidez» de sus brazos era la única garantía.
La aritmética del alcohol
Hijo de Eloy y Doña Herminia, Caonabo vivía bajo sus propias reglas, una lógica donde el sustento no se medía en proteínas, sino en grados de alcohol.
Su vecino, Rafael Mejía, aún recuerda las mañanas de debate frente a la pulpería de Don Pedro Díaz, en Villa Canto:
— “Caonabo, ¿ya va a beber sin desayunar?” —le cuestionó Rafael una vez.
— “¿Cuánto vale una libra de carne, Rafael?” —preguntó el hoyador.
— “Quince pesos”.
— “¿Y cuánto vale una chata de ron? ¡Diez! Pues prefiero el ron”.
Para Caonabo, la elección era simple: el Brugal Blanco alimentaba el espíritu más de lo que la carne podía alimentar el cuerpo.
El rugido de la «Parigüela»
Su vida de bohemio y su entrega absoluta a la botella lo mantuvieron al margen de la familia tradicional; no dejó descendencia, pero dejó cicatrices, literales y figuradas.
Se recuerda aquella «juma» legendaria donde el cuerpo ya no le obedecía y tuvieron que cargarlo en una parigüela de regreso a su casa en la calle Pedro Guillermo.
En el trayecto, entre los tumbos de los cargadores, solo repetía un mantra de identidad: «¡Yo soy Caonabo!».
Fue en ese delirio donde Livio Mejía, intentando acomodarlo, recibió un mordisco tan feroz que, al día de hoy, la marca de los dientes de Caonabo sigue impresa en su mano como un tatuaje del pasado.
El final de un hoyador
Con su bigote extendido hacia los lados, al estilo rudo de los hombres de antes, Caonabo era una figura icónica frente a la fábrica de Queso Hatuey.
Sin embargo, el mismo alcohol que le daba su filosofía terminó por cobrarle la factura.
A principios de los 90, el silencio se apoderó de su hogar.
Lo encontraron sobre el cuchitril que le servía de cama; el alcohol finalmente lo había aniquilado.
Se fue el hombre, pero quedó el mito del hoyador que prefería un trago a un bocado y que, hasta el último aliento, no olvidó quién era.







