Por Manuel Antonio Vega
En La Venta de Manoguayabo se tiñó de sangre. Joel Ramírez, un hombre de 43 años cuya vida oscilaba entre el ritmo de los platos de DJ y el rugido de su motocicleta, buscaba el descanso tras una jornada de trabajo.
No sabía que, al cruzar la puerta trasera del billar, se encontraría de frente con la muerte vestida de vecino.
Dentro del establecimiento, los ánimos se habían caldeado. Un incidente entre mujeres rompió la armonía de la noche, pero Joel, ajeno al conflicto, decidió retirarse.
Fue en ese callejón de salida donde la sombra de Lenny de Jesús (alias «Iguana») se materializó.
Testigos relatan una escena surrealista: Lenny empuñaba una pistola, el metal brillando bajo la escasa luz pública. Joel, con la confianza que dan los años de vecindad y la nobleza de quien solo quiere evitar una tragedia, soltó un consejo: «Guarda eso».
No hubo respuesta verbal.
Solo el seco estruendo de tres disparos que silenciaron el consejo y la vida de Joel.
Sin mediar palabra, el victimario se fundió en la oscuridad, convirtiéndose en un fantasma que hoy huye de la justicia.
Un vacío que no se llena con justicia
Joel no era solo el DJ del barrio; era el motor de una familia.
Al salir del billar, solía cambiar la consola por el manubrio, trabajando como motoconcho para llevar el pan a sus siete hijos.
Su ausencia hoy se siente en la parada vacía y en el silencio de su hogar.
La desesperación de la familia Ramírez aumenta con el rastro borrado del asesino.
En un acto calculado, «Iguana» eliminó su rastro digital, borrando fotos y perfiles de redes sociales en un intento de volverse invisible.
El rastro de la huida
Estado del agresor: Prófugo y sin rastro en redes sociales.
La víctima era te ida como hombre trabajador, padre de 7 hijos.
Clamor popular: Justicia inmediata y localización del responsable.







