Por Manuel Antonio Vega
Aquí le traigo la historia de un hombre que aunque lleva de mote «Chiquito», sigue siendo el ritmo de la aguja al cumplir 56 años de hilvanando hilos e historias en mi amado Hato Mayor del Rey.
En el número 17 de la calle Padre Meriño, el tiempo parece medirse en yardas y no en horas. Allí, entre el rítmico traqueteo de las máquinas de coser y el aroma nostálgico del casimir, habita Juan Antonio Santana Morales, a quien todos en Hato Mayor conocen simplemente como “Chiquito”.
No es solo un sastre; es un cronista que, mientras ajusta un ruedo, teje con palabras la memoria de un pueblo que lo ha visto crecer frente al pedal.
De los «Pininos» a la Medida
La historia de Chiquito con la costura no nació por hobby, sino por la temprana necesidad de «hacerse un hombre».
Tras la muerte de su padre, el sastre Ramón María Santana, en 1969, un niño de apenas 12 años cambió los cuadernos del Liceo César Nicolás Penson por los retazos de tela en el taller de Pedro López.
»Apenas era un jovencito cuando decidí que mi futuro estaba entre costuras», recuerda con esa jovialidad que lo caracteriza.
Sus inicios fueron los pantalones «pacostilla»: piezas hechas «al ojo», sin el rigor de la cinta métrica, que se vendían en las tiendas de Rafael Acevedo y Doña Elena Paulino.
Eran tiempos donde el cliente elegía el pantalón que mejor se adaptara a su anatomía, en una dinámica casi de azar que duró cuatro años, hasta que la precisión tocó a su puerta de la mano de Julio Cano.
Con él, Chiquito descubrió el arte de la cinta métrica estirada y el corte exacto.
La Época de Oro y el peso de la tradición
Hato Mayor ha cambiado, pero el pulso de Chiquito sigue firme.
Pasó por los talleres del veterano Rubén Calderón hasta que, en 2002, decidió izar su propia bandera de tela y botones.
En su memoria guarda un archivo de precios que hoy parecen cuentos de hadas:
1 peso: El costo de confeccionar un pantalón en sus inicios.
5 pesos: Lo que costaba un corte de yarda y cuarta cuando el casimir se puso de moda.
Por sus manos han pasado las cinturas de grandes figuras de la zona, desde empresarios como Frank Nova y Juan Santana, hasta el hacendado Papucho Polanco.
Todos buscaban lo mismo: la exclusividad de una prenda que no nace en una fábrica, sino de un patronaje artesanal.
Mucho más que Hilo y Aguja
Entrar al taller de Chiquito es asistir a un espectáculo de testigo de excepción.
Mientras repara una cintura o adapta un pantalón femenino —un área que domina, aunque su fuerte sea el caballero—, Chiquito narra sucesos históricos de la ciudad con la misma destreza con la que desliza la tiza y pone a correr la aguja con hilo sobre la tela.
Hoy, a sus 68 años, sigue demostrando que la sastrería es un acto de resistencia frente a la moda industrial.
Cada dobladillo y cada manga acortada es un recordatorio de que las prendas, al igual que las personas, merecen un ajuste perfecto para seguir caminando la vida.
Vivió la época de los pantalones ‘pacostilla’ al casimir, llevando 56 años de tijeras, tiza y tradición
»Más que ruedos y costuras, Chiquito es el hombre de las mil historias en su taller de la calle Padre Meriño, en Hato Mayor.
Juan Antonio Santana es el último artesano de la elegancia a la medida
Este hombre era de la época cuando hacer un pantalón costaba un peso, y el se ganaba la vida entre puntadas y recuerdos.







