Por Manuel Antonio Vega
Torturas, persecución y muerte
Los invasores de 1916-1924 sometieron a los insurrectos de Hato Mayor del Rey a crueles torturas que terminaban con la muerte de aquellos que ellos denominaban «Gavilleros» o que, por sospecha, los protegían.
A muchos menores de edad, delante de sus padres, les implementaban el método de «El Aparao», que consistía en lanzar a los niños al aire para que quedaran enganchados en las bayonetas que los esperaban.
Eso era horrible. Así le hicieron al hijo de un agricultor de Los Gíbaros por haber denunciado a su padre, quien estaba escondido entre unos paquetes de yagua en el patio; murieron los dos.
Los relatos aparecidos en el libro «Hato Mayor del Rey» del asesinado historiador, Manuel Antonio Sosa Jiménez (Boby), San cuentas de actrices y salvajes métodos de torturas implementados por el Invasor Yankee. En ningún otro pueblo del Este Dominicano fue más sacrificado con las vidas de los insurrectos que Hato Mayor.
El método de «El Baquereo», instalado en los campos, consistía en enlazar a los insurrectos y sospechosos para arrastrarlos hasta morir contra las piedras de los caminos.
Muchos infelices campesinos fueron «baqueteados» por los soldados yanquis; operación que consistía en introducirles por la garganta una estaca de madera de una o dos pulgadas de diámetro hasta destruirles el esófago, según narraciones de Manuel Antonio Vega (abuelo del asesinado periodista Marcelino Vega) aparecidas en el libro Hato Mayor del Rey, de la autoría de Manuel Antonio Sosa Jiménez (Boby).
»La Inanición» fue una tortura lenta y desesperante que producía daños psicológicos, desnutrición aguda, deshidratación, pérdida del conocimiento y, finalmente, la muerte. Es como amarrar a un animal en lo pelado, sin agua, asogado muy cortamente y a la intemperie.
El Embudo
Los métodos de tortura eran crueles, pero la colocación de un embudo en la garganta era aterradora: le llenaban el estómago de agua a la víctima hasta no resistir más; ya tenso el vientre (al punto de reventar), lo vaciaban colocándose sobre la víctima y saltando sobre ella con persistencia. La operación, repetida a discreción, producía hidropesía y la muerte.
En el método de la «Cola de Caballo», escogían un caballo salvaje y espantadizo; ataban a la víctima por el cuello y, en veloz carrera, el cuerpo era arrastrado. Se recuerdan los casos de Juan María Rincón (fallecido en 1918) y Blanco Mota.
El Tasajo
Descripción de Emilio Suárez: «Cogió un palo grueso, acostó al herido (hallado en El Salto) boca abajo y le dio muchos golpes en sus manos y en todo el cuerpo; cortó las orejas e hirió el pecho en dos partes en cruz con un cuchillo y le echó sal y agrio de naranja en las heridas, mientras preguntaba por sus compañeros de armas, los Gavilleros».
Con la tortura del Ladrillo, habilitaban dos estibas de ladrillos distanciadas al antojo y dos presos debían permutarlas de un sitio a otro sin dejar terminar ninguna, bajo presión psicológica y golpes del gendarme.
El método de la «Intensidad Luminosa», según lo narra el médico Alejandro Coradín: «Cuando se lleva a un individuo de la oscuridad a la luz improvisadamente, este sufre una impresión por el choque de los rayos en los ojos. A los individuos los mantenían en la oscuridad y los llevaban a cuartos donde un marino con un foco eléctrico se lo pegaba a la frente; el individuo se impresionaba y, por este solo hecho (cuando no se conocía la luz eléctrica), era considerado malo».
La «Segueta» consistía en cortar la mano por la muñeca a quienes eran sorprendidos o acusados de fabricar o reparar armas de fuego para los enemigos de los yanquis.
En «El Rututeo», las víctimas eran tendidas a lo largo, pateadas y empujadas con un garabato o punta de bayoneta, obligándolas a rodar como una rueda hasta dejarlas inconscientes o sin piel.
La Horca
Aún están en pie tres árboles famosos donde los yanquis ahorcaron a centenares de infelices:
La Ceiba del cruce de Las Tunas/Las Guajabas.
El Tamarindo, km 3 vía El Seibo.
El Cajuil del camino a La Matica.
Las víctimas eran descarnadas por aves de rapiña y gusanos, pues nadie corría el riesgo de bajar los cuerpos por temor a las acechanzas de los soldados.
La Descuartizá: Este método era una muerte horripilante mediante un corte profundo desde la garganta hasta el ano con una daga o bayoneta.
Contexto Histórico
La intervención militar norteamericana fue un proceso que duró 8 años. La causa principal fue el incumplimiento de pagos y de la Convención Dominico-Americana de 1907. Sin embargo, antes de su retirada, los intervencionistas rompieron récords en atropellos, no solo contra los guerrilleros, sino contra la población civil.
Muchos eran asociados por sospecha de ser adeptos a los insurrectos que se fueron a «la manigua» en protesta por la apropiación de sus tierras para entregarlas a los emporios azucareros y por la soberanía arrebatada por la bota yanqui.
Se recuerda que los intervencionistas, con el pretexto del desarme preventivo, peinaron los campos y la ciudad. Penetraban en las viviendas violando el fuero domiciliario y ultrajaban a ciudadanos incluso en el lecho conyugal, desprendiendo puertas con el ímpetu salvaje de los fusiles.
El 4 de diciembre de 1916, el coronel T. P. Kane lanzó una proclama desde Santiago dando un plazo de cinco días para la entrega de armas, o de lo contrario serían embargadas. El temor de una población armada queda manifestado en el criterio imperialista de que la remoción de esta «ferretería letal» constituía el primer paso hacia el orden público.
Incluso desarmaban a autoridades municipales que no eran de su confianza. El 11 de agosto de 1921, el Ayuntamiento de Hato Mayor del Rey remitió un oficio al Capitán R. E. Messersmith relativo al porte de armas del Comisario Municipal. Messer contestó secamente que «no será intentada ninguna acción en el presente caso».







