Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor del Rey es de esos pocos pueblos que se resisten al olvido, rescatando a diario del anonimato a sus personajes más pintorescos.
Son estas figuras, mezcla de ingenio y desparpajo, las que terminan alimentando el acervo cultural de una comunidad que se reconoce en sus locuras.
Si usted pregunta por Domingo Andrés Mota, es muy probable que reciba una mirada de extrañeza.
Pero si menciona a «Caco Feo», la sonrisa del interlocutor será inmediata.
Hablar de él es hablar del hombre que elevó el «hacer cuentos» a la categoría de oficio y que demostró que, a veces, el ingenio es el mejor sustituto del trabajo duro.
Entre Llaves y quimeras
Hijo de doña María Francisca Mota (Doña Negra) y Don Andrés Sosa, Domingo llegó al mundo un 10 de febrero de 1947, y aunque la vida lo llevó por el camino de la mecánica y la cerrajería, su verdadera maestría no estaba en las herramientas, sino en la lengua.
Fue un experto en abrir puertas de vehículos y arreglar frenos, ganando fama bajo la tutela de figuras como Ruddy Haché y «Nene el Artista».
Sin embargo, su mayor habilidad era «abrir» la imaginación de quienes lo escuchaban.
»Esta Capital sí está dura», solía decir con un suspiro de cansancio fingido, mientras se bajaba del carro de Amaury Medina tras recorrer apenas dos esquinas, convenciendo a medio mundo de que venía llegando de un agotador viaje desde la metrópoli.
El Banquete del Vertedero
Uno de los episodios que mejor define su audacia ocurrió el día que un toro mató a un caballo, pues el animal terminó en el vertedero, pero para Caco Feo, aquello no era desperdicio, sino oportunidad.
Sin que nadie lo viera, se llevó un muslo del animal, lo sazonó con maestría en su casa y lo condujo al taller de Nene el Artista.
Allí, el olor de la carne al fuego atrajo a todos. Caco Feo, con la generosidad que solo tiene un buen narrador, alimentó a la cuadrilla entera.
No fue sino hasta que todos terminaron de degustar el «manjar» que llegó la noticia del caballo muerto en el vertedero, revelando el origen de la cena y dejando a más de uno con el estómago revuelto y la risa en los labios.
Hay muchas más anedoctas que contar en otro capítulo del ministro Caco Feo.
Padre de cinco hijos (Jenny, Francis y Yesenia con su primera esposa; Yohani y Elizabeth con su segunda pareja), Caco Feo llenó las esquinas de Villa Canto con historias que solo él sabía de dónde venían, pero que todos necesitaban escuchar para matar el tiempo.
Partió el 6 de abril de 2002, a los 56 años, dejando a Hato Mayor con una cerrajería menos, pero con mil historias más.
Porque al final, Domingo Andrés Mota no solo arreglaba candados; él tenía la llave para hacer que la realidad, por un momento, fuera mucho más divertida de lo que realmente era.
Hacía travesuras inverosímiles para quienes lo conocíqn, pero era honrado, trabajador y honesto.
Estás virtudes, decíaa heredó de su madre Negra de la Cruz, que debió hablar orejas y dar cantinazos ena cocina, para que se hiciera un hombre de bien.
Importunaban a las féminas con décimas y piropos angelicales, que ahogaban los versos con la razón.
En su barrio, Villa Canto, es recordado con profesión eterna, por su peculiar forma de operar frente a los demás chicos de aquella demarcación.







