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El Rey de la Paila: Mario, el Sazón que marcó a Hato Mayor

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

En Hato Mayor del Rey, el humo de una fritura bien sazonada es capaz de contar la historia de un pueblo.

Durante más de tres décadas, ese aroma tuvo un nombre y un apellido: Mariano Mota Mota, aunque para el mundo y para el hambre de sus compueblanos, siempre fue simplemente Mario.

Un Destino Forjado entre Fuego y Manteca

Nacido el 20 de octubre de 1942, Mario entendió desde la infancia una verdad que muchos tardan años en descubrir: el sustento no cae del cielo, se gana bajo el sol.

Con la disciplina de quien sabe que para sobrevivir hay que estar presente «llueva, truene o ventee», se convirtió en un artesano del sabor popular.

Su historia con el caldero comenzó formalmente en 1970, el mismo año en que unió su vida a la de Juana Santana.

Mientras nacían sus hijos —Ruth Esther, Fior Daliza, Isabel, Rafael y Pedro Julio—, Mario iba cimentando su leyenda en la mítica «Esquina Caliente».

No era solo freír carne; era el ritual del sazón, el punto exacto del crujido y esa forma peculiar de tratar el producto lo que lo diferenciaba de cualquier otro.

Un peregrinaje por las calles del pueblo

La vida de Mario fue también un mapa itinerante de Hato Mayor.

Su fritura no era un lugar estático, sino un destino que la gente seguía con fidelidad casi religiosa. A lo largo de los años, sus mudanzas marcaron épocas:

Los 80: De la Esquina Caliente pasó a la calle Mercedes con Duarte.

Los 85: Se instaló en la Faustino Echavarría, antes de tocar la San Antonio.

Los 90: Llevó su aroma a la Avenida Libertad (hoy Melchor Contín Alfau).

El cierre de ciclo: En 1995, se estableció en la calle Duarte, en un solar cedido por el empresario Mario González.

Cada traslado, forzado por el crecimiento urbano o las leyes municipales, no hacía más que fortalecer su clientela.

No importaba dónde pusiera su fogón, el pueblo llegaba.

La Democracia de la Fritura

Si algo definió la paila de Mario fue su capacidad de reunir a todos los estratos sociales.
En su mostrador ambulante no había rangos, solo comensales esperando el milagro del sazón.

Figuras de la talla de Juanito y Ricardo Barceló, el síndico Reynato Cruz Tineo, y comunicadores como Manuel Antonio Vega, compartieron espacio con abogados, ingenieros y obreros.

Todos buscaban lo mismo: ese sabor que Mariano le imprimía a la carne, un secreto que se llevó consigo en 2005, cuando partió de este mundo.

«Mario no solo vendía comida; vendía identidad.

Su fritura fue el punto de encuentro donde Hato Mayor se sentaba a conversar mientras el aceite burbujeaba.»

El legado de Mariano Mota Mota

Hoy, Mario es recordado como el friturero más emblemático del siglo XX y principios del XXI en su provincia.

Su vida fue el ejemplo perfecto de que el trabajo digno, hecho con maestría, es capaz de alimentar no solo el cuerpo, sino el alma de una comunidad entera.

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