Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor, RD.- Corría el año 2009 cuando el nombre de «Rosita» empezó a saltar de boca en boca, no como el de una vecina del pueblo, sino como el de una celebridad de cuatro patas.
En la hacienda de Luis Castro, ubicada en la comunidad de El Mamón, a unos 14 kilómetros de Hato Mayor del Rey, una vaca de la raza Holstein desafiaba las estadísticas: había parido dos becerros de un solo vientre.
Un Milagro en la Hacienda
Aunque para los humanos los partos múltiples son comunes, en el mundo bovino la llegada de gemelos es una rareza que ocurre pocas veces en la vida de un ganadero.
Pedro Guillermo Pacheco, administrador de la finca, lo confirma con la autoridad de los años: en 36 años de oficio, solo había visto algo similar una vez, allá por 1973.
»La gente iba para conocer a la vaca, a los terneros y hasta al toro, que aunque no tenía nombre, también era un Holstein de pura cepa», comentaba Pacheco mientras vigilaba el rebaño de 86 reses.
Cuidados de Realeza
La fama de Rosita cambió la rutina en las 600 tareas de la hacienda.
Sus crías no caminaban solas al encuentro de la madre; eran cargadas y mimadas como si fueran recién nacidos humanos.
Mientras se amamantan, los trabajadores las custodian como si protegieran a un rey.
Este trato preferencial no solo atraía a cientos de curiosos que desafíaban el deplorable estado de los caminos para llegar a verlas, sino que se rumoraba, entre risas, que había despertado los celos de las demás vacas del corral.
Productividad y Alegría a Distancia
Rosita no era solo una «madre prolífica»; es una trabajadora incansable que producía 12 botellas de leche al día, asegurando la rentabilidad de la inversión de su dueño.
Desde la distancia, en la ciudad de Nueva York, Luis Castro —propietario de la finca y joven nativo de Hato Mayor— recibió la noticia con tal júbilo que decidió adelantar su viaje a la República Dominicana. Para él, Rosita era el símbolo del éxito de su apuesta por la producción pecuaria en su lar nativo.
Un Paseo entre Mangos y Curiosos
La visita a El Mamón se convirtieron en un ritual. Los parroquianos llegaban movidos por la publicidad y, tras conocer a la «vaca prodigiosa», aprovechan la temporada para degustar mangos algarrobos y jobos bajo la sombra de los árboles.
Al final del día, entre el verdor de los pastos y el aroma a campo, queda claro que Rosita no era solo una vaca Holstein; fue el orgullo de una comunidad y el recordatorio de que la naturaleza, de vez en cuando, decide regalarnos un milagro doble.







