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Trump y la peligrosa apuesta por la fuerza en Irán

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Por Manuel Antonio Vega

La historia de Estados Unidos en Medio Oriente es un catálogo de intervenciones que, con el pretexto de la estabilidad, han terminado en el derribo de líderes, guerras interminables y vacíos de poder.

Desde el derrocamiento de Sadam Hussein hasta el caos en Libia y Siria, la región ha sido el tablero de ajedrez de una potencia que a menudo olvida las consecuencias a largo plazo de sus movimientos.

Hoy, con la tensión entre Israel e Irán en un punto de ebullición, la postura de Donald Trump parece ignorar estas lecciones, optando por una intransigencia que amenaza con repetir los errores más costosos del siglo XXI.

La infraestructura civil como botín de guerra

Las recientes noticias sobre los ataques de las fuerzas de Israel a infraestructuras críticas en Irán —puentes, vías férreas y transporte— marcan un precedente peligroso.

Benjamin Netanyahu celebra la destrucción de activos de la Guardia Revolucionaria, pero los informes de víctimas civiles en Kashan revelan la verdadera cara de esta estrategia: cuando se destruyen los puentes de un país, se fractura la vida de su gente.

En este contexto, la retórica agresiva de Trump no hace sino alimentar el fuego.

Al mostrarse inflexible y beligerante contra Teherán, el expresidente parece olvidar que Estados Unidos ya ha transitado por este camino y que los resultados han sido, casi siempre, el aumento de la inestabilidad global y un sufrimiento humano incalculable.

El llamado al diálogo: Una urgencia, no una opción

Como bien ha señalado el secretario general de la ONU, António Guterres, no existe objetivo militar que justifique la destrucción masiva de la infraestructura de una sociedad.

La advertencia de Guterres es clara: la opción del diálogo sigue existiendo y debe ejercerse ahora.

«Cuando se estrangula el estrecho de Ormuz, los más pobres y vulnerables del mundo no pueden respirar».

Esta frase resume la interconectividad del conflicto.

Un error de cálculo en Irán, alentado por una política exterior estadounidense basada en la presión máxima y la falta de mesura, no solo afectaría a las potencias involucradas, sino que provocaría una asfixia económica global que pagarían quienes menos tienen.

La necesidad de «enfriar la cabeza»

Donald Trump se nota muy intransigente contra Irán, incluso cuando la evidencia histórica muestra que la soberbia militar rara vez ha traído la paz a esa región.

En política exterior, la fuerza sin diplomacia es simplemente una invitación al caos.

Lo factible, lo racional y lo urgente es actuar con mesura.

Antes de que el estrecho de Ormuz se cierre o de que las vías del tren se conviertan en escombros permanentes, los líderes deben dejar enfriar la cabeza.

La historia ya nos ha enseñado que es más fácil iniciar una guerra que encontrar la salida entre sus ruinas.

¿Estamos dispuestos a ignorar la lección una vez más?

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