Por Manuel Antonio Vega
El sol apenas despunta en las escarpadas montañas de la cordillera, pero el crujir de las hojas de cacao seco y el aroma a fango acumulado ya marcan el inicio de la jornada. En las comunidades asentadas a lo largo de la carretera Naranjo Dulce-Río Boba, el amanecer no trae optimismo, sino la amarga certeza de una batalla diaria contra el terreno.
Cansados de promesas que se disuelven con la primera lluvia y de esperar una respuesta de las autoridades que nunca llega, los productores agrícolas de la zona han decidido decir «basta».
Ante la inacción gubernamental, han tomado una decisión histórica y desesperada: financiar y ejecutar, con sus propios recursos, la rehabilitación de la vía que los conecta con el resto del país.
La indignación se ha transformado en organización. Hombres de la tierra como César Taveras, Alex Peralta, Rafael Durán y Francisco Ovalle (mejor conocido como «El Chino»), entre muchos otros, han tenido que dar un paso al frente.
No visten de traje ni tienen despachos públicos, pero han asumido con una transparencia intachable la coordinación de las ayudas económicas, cargando sobre sus hombros una responsabilidad que, por mandato constitucional, le corresponde exclusivamente al Estado dominicano.
A través de colectas públicas, grupos de mensajería instantánea y aportes directos de los propietarios de parcelas, la comunidad ha comenzado a reunir peso a peso los fondos necesarios. El objetivo es titánico: intervenir 15 kilómetros de un camino vecinal que se ha convertido en una trampa de lodo, zanjas e intransitabilidad.
»A diario se publica una extensa lista de aportaciones económicas. Ver a un pequeño productor dar lo poco que tiene para comprar un saco de cemento o pagar una hora de greda te rompe el alma, pero también te llena de orgullo», comentó uno de los coordinadores del movimiento comunitario.
Un éxodo de alimentos que se pudren en el origen
Esta iniciativa no nace del capricho, sino del instinto de supervivencia. Las montañas de Naranjo Dulce y Río Boba son tierras benditas, con una producción de rubros agrícolas, cacao y frutos menores que podría abastecer a grandes mercados nacionales.
Sin embargo, la riqueza se descompone en el origen.
Debido a las precarias condiciones del terreno, los camiones distribuidores se niegan a subir.
Los caballos y mulos ya no dan abasto, y los motoconchos arriesgan la vida en cada viaje. Como consecuencia directa, toneladas de alimentos terminan pudriéndose en las fincas, sepultando el sudor y la inversión de meses de trabajo de familias enteras.
El colapso vial ha estrangulado la economía local. Los agricultores expresan con amargura que, a pesar de ser propietarios de tierras productivas y de contribuir activamente a la seguridad alimentaria y al Producto Interno Bruto (PIB) del país, el progreso parece haberse detenido en seco justo antes de tocar sus montañas.
»No nos ha quedado otro camino que hacer la carretera nosotros mismos con nuestro propio esfuerzo. Si esperamos por el gobierno, nos moriremos de hambre viendo cómo se pudre la comida en los árboles», manifestó con impotencia un comunitario, reflejando el profundo sentimiento de desamparo que impera en la zona.
Un clamor que busca retumbar en el Palacio Nacional
Mientras los hombres palean grava, rellenan badenes y compactan la tierra con herramientas rudimentarias, el descontento social sigue creciendo.
En estas remotas cumbres, el clamor es unánime y tiene un destino claro: el despacho presidencial en Santo Domingo.
Los residentes, comerciantes y productores exigen que el presidente Luis Abinader escuche el grito de una comunidad que se niega a ser borrada del mapa del desarrollo.
Exigen que el Ministerio de Obras Públicas disponga, de una vez por todas, la construcción definitiva y asfaltado de la vía.
»Señores autoridades, nosotros también somos dominicanos; hágannos la carretera», sentencian las voces curtidas por el sol y el trabajo duro.
Mientras la respuesta oficial sigue brillando por su ausencia, los habitantes de Naranjo Dulce y Río Boba continúan demostrando con el bolsillo vacío, pero el corazón lleno, que su deseo de trabajar y progresar es infinitamente más fuerte que la indiferencia institucional del gobierno.






