La respuesta armada de los gavilleros al Yankee invasor en 1916-1924

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Por Manuel Antonio Vega

La respuesta desaforada desatada por las fuerzas de ocupación militar tras la muerte del oficial estadounidense de la Guardia Nacional Dominicana (GND), el capitán James J. Knox, redundó en un deterioro gravísimo y sin precedentes de las condiciones de vida en la región Este de la República Dominicana en su conjunto durante la ocupación Yankee de 1916-1924. Lo que inicialmente fue catalogado por los estrategas de Washington como un simple asunto de «bandidaje» local, pronto se transformó en una guerra de resistencia rural que puso en jaque el control extranjero y arrastró a la provincia de El Seibo, la común de Hato Mayor y sus comunidades circundantes a un torbellino de violencia y represión sin cuartel.
Los primeros despachos emitidos por las autoridades locales entre los finales de marzo y las primeras semanas de abril de 1918 todavía enfatizaban, con un optimismo que pronto resultaría trágico, el supuesto mantenimiento del orden público y el control de las zonas rurales.

Sin embargo, casi de golpe, comenzaron a sonar con fuerza las alarmas en los cuarteles norteamericanos.
Como un hecho del todo inesperado para el alto mando, los insurgentes locales, denominados despectivamente por los ocupantes como «gavilleros», se extendieron con rapidez hacia la costa norte de la región oriental, una zona geográfica donde la Guardia Nacional Dominicana no tenía los destacamentos ni los medios logísticos mínimos para contenerlos, al huir a las maniguas de la Sierra del Seibo o Cordillera Oriental.

A finales de abril, la situación de seguridad siguió agravándose de manera dramática en todas partes. Uno de los jefes municipales de la zona refirió en sus informes oficiales una frase que retrataba el desespero de la administración: los gavilleros surgían en los campos como si fueran «yerba mala», multiplicándose después de cada ofensiva.

El 15 de abril se efectuó un ataque directo y masivo al ingenio azucarero Las Pajas, ejecutado por un contingente de dieciocho jinetes rebeldes excelentemente coordinados. En el enfrentamiento, un agente de la GND resultó abatido y el administrador extranjero del ingenio, Gaetan Bucher, fue tomado como prisionero por las fuerzas insurrectas, lo que encendió las alertas en el sector azucarero dependiente del capital estadounidense.

Un espectáculo dantesco en El Seibo

En esos mismos días de primavera, se informó que alrededor de la común de El Seibo se presentaba un espectáculo verdaderamente dantesco, pues presos del pánico, la totalidad de los campesinos desertaban en masa de sus conucos y viviendas por el miedo justificado a las represalias sangrientas de las patrullas de los marines.

Los alcaldes pedáneos notificaban con impotencia a sus superiores que no había en los parajes a quién preguntar nada a causa de esta estampida humana; las viviendas rurales quedaban desiertas mientras aparecían cadáveres de paisanos por doquier, víctimas de las ejecuciones sumarias llevada a cabo por los marines.

El primer ataque registrado a inicios de mayo en la localidad de Pedro Sánchez, donde se encontraba acantonado el teniente Ramírez con apenas quince agentes de la GND, dio la señal inequívoca de alarma general.

La vulnerabilidad de las obras de infraestructura civil se hizo evidente cuando el ingeniero Beatty se vio obligado a solicitar protección militar urgente para proseguir la construcción de los caminos públicos con cuadrillas de presidiarios.

Esto contrastaba radicalmente con la absoluta confianza que el técnico estadounidense exhibía de manera pública poco tiempo atrás.

Al retornar a la acción, el coronel William C. Thorpe pretendió restaurar el orden colonial por la vía de la fuerza, pero le resultó una tarea imposible mediante los canales ordinarios.

Ante el fracaso de sus tácticas iniciales, Thorpe tuvo que autorizar de manera formal el despliegue de un terror sin límites ni controles legales. Este alto oficial norteamericano decidió de forma fría que la insurrección en el Este solo podía ser vencida mediante la aplicación sistemática de medidas sancionadoras y de disciplinas extremas.

Para tales fines, instruyó de forma severa a los comandantes de las compañías bajo su mando. Estas órdenes draconianas coincidieron con el suicidio del capitán George Merkel, un oficial que fue utilizado por el alto mando como un chivo expiatorio para ocultar los desmanes y los fracasos militares de la ocupación en la región.

Por breves momentos, las autoridades consideraban que retornaba cierta tranquilidad cuando los insurgentes se desplazaban temporalmente a otras secciones; pero a los pocos días, de nuevo sonaban las alarmas coloniales al reiniciarse los asaltos.

El desmantelamiento de la autoridad local

Los agentes gubernamentales y las estructuras del Estado interino fueron neutralizados por los rebeldes con mucha mayor fuerza y efectividad que en los meses atrás.

Varias secciones rurales quedaron completamente huérfanas de autoridad tras el asesinato selectivo de algunos alcaldes por parte de las guerrillas.

El alcalde de la sección de Las Yayas, José Santana, quien pereció en una emboscada junto con Carlos Alarcón, hermano del inspector de Agricultura de la zona.
A 20 días después, en el paraje de Los Cerritos, las fuerzas rebeldes tomaron prisioneros tanto al inspector de Agricultura como al alcalde pedáneo del lugar, desmantelando el control civil de la dictadura militar.

La base social de la insurrección se amplió a niveles alarmantes para los extranjeros. Se reportaron en los partes de guerra que incluso niños de apenas catorce años de edad se unían voluntariamente a las filas de la rebelión armada.

Paralelamente, los jefes de las distintas guerrillas asumían posturas de ejercicio formal de la autoridad gubernamental en los territorios bajo su dominio, dictando normas, cobrando contribuciones y administrando una justicia rústica.

Ante esta inaudita situación, el alto mando norteamericano, incapaz de entender el descontento social dominicano, comenzó a sospechar que detrás de los campesinos alzados operaban secretamente agentes del Imperio Alemán, combinados con los viejos caudillos de los partidos políticos tradicionales y líderes descontentos de las urbes.

Esta paranoia bélica, permitió que varios ciudadanos destacados fueron detenidos a pesar de no tener ninguna relación real con la insurgencia del Este, como fue el caso emblemático de Manuel Mercedes, conocido popularmente en la sociedad seibana como «Chiquito».

Las teorías conspirativas de la ocupación

La desaforada imaginación de la inteligencia militar estadounidense no tardó en agregar nuevos actores a su lista de conspiradores imaginarios. Se sindicó a los partidarios del líder político Horacio Vásquez como unos de los peores y más peligrosos enemigos detrás del movimiento.

Todavía más sorprendente resultó la teoría oficial que sugería la presencia de supuestos agentes e infiltrados de los combatientes «cacos» haitianos en el Este.

Respecto a esto último, las patrullas notificaron la supuesta presencia de ciudadanos haitianos en las cuadrillas alzadas, un dato que no cuadraba con la realidad histórica y social en lo fundamental.

El mando militar dio pábulo y credibilidad a rumores sobre misteriosos enviados del doctor Rosalvo Bobo y otros líderes de la resistencia haitiana. Más la hipótesis que cobró mayor fuerza en los despachos oficiales fue la ratificación delirante de una activa participación alemana en el suministro de armas y estrategias en el contexto de la Primera Guerra Mundial.

Se reportaba con insistencia que habían llegado conspiradores políticos desde la norteña región del Cibao, los cuales supuestamente actuaban bajo el financiamiento de casas comerciales alemanas.

Estas conclusiones absurdas e infundadas se derivaban de la convicción racista y clasista de los oficiales extranjeros de que los campesinos y «gavilleros» carecían por completo de condiciones intelectuales y organizativas para montar una resistencia de tal magnitud por cuenta propia.

Bajo este prejuicio, se reforzaron las sospechas sobre líderes insurgentes previos a la ocupación de 1916, como fue el caso del general Emiliano Rojas, quien junto a sus allegados fue encarcelado preventivamente. Las autoridades tomaron como referencia e indicio para esta conclusión el ingreso a la guerrilla del oficial Tomás Marte, sin que los analistas militares pudieran captar que, en realidad, este militar nativo lo hizo bajo una presión terminante y bajo amenaza de muerte por parte del jefe guerrillero Martín Peguero.

El misterio del «bandidaje»

El enconado debate al respecto se extendió rápidamente a las autoridades civiles locales y a la oficialidad de la GND, quienes no lograban ponerse de acuerdo acerca de lo que se percibía en las altas esferas como el gran «secreto» de la insurrección oriental.

El gobernador civil de El Seibo, en coordinación con otros funcionarios, decidió emprender investigaciones secretas acerca de quiénes eran los verdaderos cerebros intelectuales que operaban detrás de los que consideraban «ignorantes gavilleros». Las sospechas de los oficiales alcanzaron incluso a citadinos prestigiosos, intelectuales de pueblo y a ciudadanos pretendidos como honrados y pacíficos terratenientes.

Resulta sintomático de la crisis ideológica de la ocupación que ya no era suficiente la cómoda atribución del fenómeno del «bandidaje» a la supuesta ignorancia y la vagancia natural del campesinado dominicano, aunque este prejuicio supremacista nunca se abandonó del todo en la retórica de Washington.

Lo que verdaderamente llamó a alarma generalizada en el ejército de ocupación fue la creciente tendencia de los grupos guerrilleros a coordinar operaciones conjuntas a gran escala.

Por ejemplo, a inicios del mes de julio, se notificó una audaz excursión de más de treinta gavilleros a caballo nada menos que en las afueras periféricas de la estratégica ciudad portuaria de San Pedro de Macorís.

En las semanas sucesivas de julio, los servicios de exploración constataban con asombro que los grupos rebeldes a veces pasaban de ciento cincuenta integrantes unificados bajo un solo mando táctico. Era una situación sorprendente que contrastaba de forma radical con la realidad de poco tiempo atrás, en que los manuales de los marines aseguraban con suficiencia que cada «típica banda» forajida oscilaba apenas entre ocho y diez seguidores rezagados.

Las redadas masivas que intentaban las tropas norteamericanas en los montes tenían efectos irrisorios y nulos resultados prácticos. Al término del 30 de septiembre, mes y medio después de haberse iniciado de manera formal la política criminal de la reconcentración general, las autoridades notificaron apenas la captura de sesenta y dos supuestos gavilleros en toda la región.

De este grupo tan reducido, tan solo veintiuno eran originarios de la provincia de El Seibo y su municipio Hato Mayor del Rey, y veintiséis procedían de las agrestes comunes del Nordeste, lo que demostraba la ineficacia de las movilizaciones de tropas regulares frente a la guerra de guerrillas.

La gran asamblea guerrillera en Las Guajabas

El día 10 de julio de 1918 se notificó una histórica reunión de todos los altos jefes de la insurrección en la sección de Las Guajabas. En esta asamblea militar de la resistencia participaron los influyentes hermanos Vicente y Ramón Batia, el emblemático general Eustaquio «Chacha» Natera, Martín Peguero, el aguerrido Llillo Ferrer y el oficial Tomás Marte.

Se aclaró en el informe de inteligencia correspondiente que en dicho punto geográfico confluyeron más de cuatrocientos combatientes campesinos armados, una cifra sin precedentes que sembró la alarma definitiva en el gobierno militar de Santo Domingo.

Nadie se atrevía ya a perseguirlos en el corazón de los montes orientales, con la única excepción de las compañías de marines estadounidenses, cuyas unidades de infantería, sin embargo, desconocían por completo la topografía del terreno, carecían de guías locales confiables y se movían por la manigua con una lentitud que los convertía en blancos fáciles para las emboscadas.

Este hecho del aislamiento y poderío rebelde en las zonas altas fue confirmado posteriormente en las declaraciones obtenidas en las entrevistas realizadas al propio Tomás Marte tras su captura.

Esta situación de máxima tensión militar pretendió ser resuelta, por iniciativa directa del coronel Thorpe, mediante el espantoso e inhumano procedimiento de las reconcentraciones forzadas, obligando a miles de familias campesinas a dejar sus animales y cultivos para agruparse en los pueblos controlados por las tropas, provocando hambrunas y epidemias.

Ahora bien, el dispositivo criminal de los oficiales norteamericanos no se detuvo con los trágicos fusilamientos de civiles en el poblado de El Asomante, ni con los pacíficos peregrinos ultimados en los caminos, ni con las sangrientas giras terroristas ejecutadas por las patrullas en los días subsiguientes.

El pulseo siniestro de la violencia

Cuando el mando extranjero constató que la respuesta inevitable de la población rural consistía precisamente en lo inverso a la sumisión esperada, es decir, en el engrosamiento masivo y diario de las filas de los rebeldes en las montañas, los oficiales redoblaron de inmediato los actos punitivos y las torturas extremas.

Sobrevino entonces un pulseo siniestro en la geografía oriental: frente a las altivas expectativas del invasor de que la criminalidad despiadada y la quema de aldeas lograse subyugar la rebelión nacionalista, se obtenía sistemáticamente el efecto contrario, lo que de nuevo exacerbaba la escalada de violencia institucional en un círculo vicioso e interminable.

Si bien esta ola de violencia se hizo sentir con crudeza en todas las provincias del Este, se concentró con especial saña en las secciones rurales con anterioridad más afectadas por la presencia de la insurgencia.

En estos parajes, el movimiento contaba con una sólida base de apoyo familiar y comunitario que, al ser atacada con dureza por los militares extranjeros, respondía de forma cada vez más beligerante, patriótica y decidida.

La máxima intensidad de la represión militar extranjera se registró en las secciones rurales próximas a la común de Hato Mayor del Rey. Esta comunidad constituyó, por su ubicación geográfica y la firmeza de sus pobladores, el verdadero epicentro histórico de la rebelión armada, así como el eje central de las operaciones punitivas en su contra.

También es cierto que la violencia generalizada se extendió rápidamente a las comarcas urbanas circundantes y dejó de ser una dura realidad privativa de las áreas puramente rurales del Este.

Se implantó de facto un estado de excepción militar en el que estaba en juego constante la vida de cualquier ciudadano dominicano, incluidos aquellos pertenecientes a los sectores urbanos prestigiosos, comerciantes y profesionales de las ciudades.

En Hato Mayor y en otras poblaciones orientales, todo el mundo se veía forzado por el toque de queda a recluirse en el interior de sus hogares mucho antes de la caída del sol; lo mismo estaba sobreentendido cuando las patrullas combinadas de marines procedían a realizar ejecuciones sumarias o abusos físicos en las calles principales.

La represión espantosa en Los Llanos

Desde aquellos fatídicos meses, la población civil de la común de San José de los Llanos quedó catalogada en pleno por el contraespionaje norteamericano como «enemiga jurada» de la ocupación militar. Esto motivó una secuencia ininterrumpida de castigos colectivos, requisas violentas, incendios selectivos de propiedades y bloqueos de suministros alimenticios indispensables.
Se contaron por centenares las víctimas mortales directas de esta represión espantosa, la cual tuvo su punto más álgido histórico entre los meses de abril y septiembre de 1918.

Sin duda alguna, numerosos hombres jóvenes y adolescentes trabajadores fueron ejecutados extrajudicialmente por las tropas de ocupación extranjera. Unos fueron fríamente ultimados durante las batidas de cerco y quema en los campos; otros resultaron asesinados inmediatamente después de caer prisioneros en los campamentos improvisados, aun cuando nunca se comprobara de manera fehaciente que hubieran pertenecido o colaborado con las guerrillas del monte.

Los demás fueron apresados en sus propios hogares y posteriormente asesinados en la clandestinidad de las prisiones militares, algunos de ellos tras sufrir torturas físicas sistemáticas.

Los métodos aberrantes de tortura practicados de forma regular por los oficiales y soldados estadounidenses en los campos de concentración del Este resultaban del todo inimaginables y monstruosos para la sociedad dominicana de la época.

Torturas sumsrias

Métodos como el «truco del agua» (ahogamiento simulado), las quemaduras con linternas, los azotes colgados de árboles y las ejecuciones simuladas marcaron para siempre la memoria colectiva de la región oriental, dejando una huella profunda de dolor, pero también de dignidad histórica frente a la prepotencia del invasor extranjero.
El este marcó a los interventores quienes llegaron a recular a los ataque de la resistencia que no se detenía entre las maniguas ni para coger impulso.

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