Andrys Gómez: La joven científica que custodia los humedales de RD

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A sus 29 años, esta científica dominicana desafía el miedo para adentrarse en los manglares y lagunas del país, siguiendo el legado de Idelisa Bonnelly, lidera la protección de los Sitios Ramsar.

Por Manuel Antonio Vega

SANTO DOMINGO.- En un mundo que suele caminar de prisa y de espaldas a la naturaleza, existen personas cuyo propósito de vida se escribe con el agua, las raíces del mangle y el canto de las aves nativas. Tienen el superpoder de mirar donde otros temen y de encontrar belleza en la densidad de un pantano.

A sus 29 años, Andrys Margarita Gómez Ovalles, una joven bióloga dominicana a punto de graduarse en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), está transformando la forma en que el país entiende, gestiona y protege sus ecosistemas más vitales.

Desde las aulas de la UASD hasta el fango del Lago Enriquillo, esta joven bióloga pura transforma la gestión de la vida silvestre en la República Dominicana.

Hija de la maestra Ana Victoria Ovalles y oriunda de la histórica provincia Hermanas Mirabal, esta científica personifica el relevo generacional de la conservación ambiental en el país.

Su oficina no está entre paredes de concreto, sino en el fango fértil, las aguas salobres y las lagunas profundas.

Desde su rol como Técnico de Vida Silvestre en el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, su cotidianidad se debate entre el rigor académico y la aventura de campo.
Allí donde la mayoría de los mortales retrocedería por miedo, ella se acerca con reverencia y curiosidad.
Sostiene serpientes con delicadeza, observa lagartos, mima higuamas y estudia de cerca a los imponentes cocodrilos.

No hay temor en sus manos, solo una profunda vocación científica orientada a descifrar los secretos de la fauna silvestre para asegurar su supervivencia.

La chispa de una vocación indomable

La pasión de esta joven por la naturaleza no es un capricho reciente; se sembró en su infancia y floreció en las aulas escolares.

«Siempre fui buena en la asignatura de ciencias naturales y cuando entré a la universidad decidí estudiar algo relacionado a eso, así que terminé estudiando Biología pura», recuerda con una sonrisa.

Su brújula académica y moral estuvo clara desde el principio, inspirada por el legado titánico de la doctora Idelisa Bonnelly, la madre de la conservación marina en el Caribe.

Siguiendo esos pasos, entendió que la biología no se estudia para memorizar libros, sino para defender la vida.

Para ella, estar en el bosque o sumergirse en el humedal es su particular forma de conectar con el mundo.

Su mayor satisfacción va mucho más allá de un título universitario; radica en lograr que las comunidades locales y los ciudadanos de a pie comprendan que los humedales no son terrenos baldíos ni focos de enfermedades, sino ecosistemas esenciales de los cuales dependemos directamente para subsistir.

El escudo global: El Acuerdo Ramsar y los espejos de agua

Para entender la magnitud del trabajo de esta bióloga, es necesario entender el marco internacional que ampara sus esfuerzos: la Convención sobre los Humedales, mejor conocida como el Acuerdo Ramsar. Este tratado internacional nació el 2 de febrero de 1971 en la ciudad costera de Ramsar, en Irán, y entró en vigor en 1975.

Hoy en día, más de 170 países forman una alianza global para proteger estos cuerpos de agua.

Un Sitio Ramsar es una designación otorgada a zonas húmedas o cubiertas de agua que poseen una importancia estratégica para la biodiversidad planetaria.

Lagos, ríos, pantanos, manglares y áreas costeras entran en esta categoría.

Sus objetivos principales son claros:
Cuidar y usar de forma prudente los humedales para detener su alarmante desaparición.
Crear una red global de zonas protegidas.
Fomentar la cooperación internacional entre gobiernos para mitigar los efectos del cambio climático.

Los humedales son verdaderas esponjas naturales.

Son los encargados de purificar el agua potable, actuar como barreras vivas que frenan inundaciones catastróficas y servir de refugio para miles de especies de fauna y flora.

En la República Dominicana, la gestión y el monitoreo de estos sitios internacionales están, en gran medida, bajo la supervisión técnica de esta joven especialista.

Entre el Lago Enriquillo y la vanguardia científica

Uno de los aportes más significativos de su carrera se desarrolla en el sudoeste profundo del país, en el Parque Nacional Lago Enriquillo e Isla Cabritos, un humedal de importancia internacional.

Allí, Andrys Margarita Gómez Ovalles lidera, en una estrecha colaboración con su compañero Ramón Joel Espinal, el Monitoreo del cocodrilo americano (Crocodylus acutus).
Este trabajo no solo alimenta las bases de datos estatales, sino que constituye el núcleo de su investigación de tesis de licenciatura.

Su estudio se enfoca en la ecología de anidamiento de esta especie amenazada.

Con paciencia y minuciosidad, evalúa las variables ambientales, las características de los nidos, el comportamiento de las hembras, el conteo de los huevos y el éxito de eclosión de los neonatos.

Los datos que recoge bajo el sol inclemente del lago son herramientas científicas invaluables para diseñar políticas de conservación basadas en evidencias reales.

Su impacto también vuela alto. Bajo el financiamiento de la prestigiosa organización BirdsCaribbean, coordinó un proyecto de monitoreo de aves terrestres en ecosistemas restaurados, específicamente en el Área Nacional de Recreo Boca de Nigua.

Gracias a esto, hoy se conoce mejor cómo las poblaciones de aves regresan y colonizan los espacios que han sido recuperados por la mano humana.

Sembrando futuro: Juventud y comunidad

El liderazgo de esta bióloga trasciende las fronteras dominicanas.
Como Punto Focal Nacional de Juventud ante la Convención Ramsar, ha alzado la voz de la media isla en escenarios internacionales, destacando su participación en el proyecto regional «Uso racional de los humedales del Caribe», desarrollado junto a otras ocho naciones caribeñas.

Asimismo, lidera la coordinación del Inventario Nacional de Humedales (INH) de la República Dominicana, diseñando las metodologías y criterios técnicos de la mano con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Sin embargo, ella sabe que la ciencia sin comunidad es estéril.
Por eso, dedica gran parte de su energía a la educación ambiental, sensibilización y participación juvenil.

Ha encabezado intensas jornadas de reforestación de manglares y talleres interactivos con escuelas locales.
Su gran sueño a futuro es ambicioso pero urgente: crear una red nacional de jóvenes interesados en proteger los ecosistemas de humedales, asegurando que el amor por el agua no se extinga con su generación.

A sus 29 años, esta científica demuestra que la juventud dominicana no es solo el futuro, sino el presente activo de la resistencia climática.

Con las botas puestas, la mente en los datos y el corazón en el humedal, sigue demostrando que proteger la vida silvestre es, en última instancia, protegernos a nosotros mismos.

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