En los primeros meses de 1961, un informe llegó a manos del Jefe del Servicio de Inteligencia Militar, Johnny Abbes García. El documento daba cuenta que en la finca de Juan Tomás Díaz se estaban reuniendo hombres que conspiraban contra el Generalísimo. Abbes le presentó el informe a Héctor Bienvenido (Negro) Trujillo. Este, sin prestarle mucha atención, le ordenó llevarlo al Jefe. La respuesta fue desconcertante: ya se lo había presentado, pero Trujillo apenas le había prestado atención. Negro, que sabía respetar como pocos las decisiones del Jefe, se limitó a decirle que él entonces no podía hacer nada.
Esa conversación resume como pocas escenas el mayor error de cálculo del dictador. Trujillo podía imaginar a cualquiera conspirando en su contra, menos a los hijos de Lucas Díaz, uno de sus viejos y queridos amigos de San Cristóbal.
Hay otro importante testimonio que fortalece lo anterior. Lo relata nada menos que Virgilio Álvarez Pina, don Cucho, en sus Memorias. Dice don Cucho que en abril de 1961
viajó al Sur acompañando al “Jefe”, y que éste en un momento se reunió a solas con el general García Urbáez (Billia) y que en el camino, Trujillo informó a Alvarez Pina y Paíno Pichardo:
«-Saben ustedes lo que me dijo Billía?
-No Jefe, no oímos nada, contestamos al mismo tiempo.
-Pues me sale con el cuento de que Modesto y Juan Tomás están metidos en un complot en contra mía.
-¿Y usted qué le contestó?, Preguntó Paíno.
-¡Que le iba a contestar¡ que un hijo del viejo Lucas Diaz no me traiciona nunca».
Más claro ni el agua. Los informes de que los hermanos Díaz conspiraban en su contra los calificaba de cuentos.
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Juan Tomás y Modesto Díaz eran hombres de la dictadura, y de manera concreta, de Trujillo. Sancristobalenses como él, habían crecido en un ambiente de cercanía con quien, años después, se convertiría en el dueño absoluto de la República Dominicana. Su padre, Lucas Díaz, mantenía una vieja amistad con Trujillo, una relación que abrió de par en par las puertas del poder a toda la familia. Juan Tomás llegó al rango de general, y Modesto, ocupó diversas posiciones en el Estado. Nadie tenía razones para sospechar que aquellas relaciones terminarían convertidas en una conspiración.
Pero las grandes rupturas se tejen casi siempre en silencio.
Muchos historiadores sitúan el primer distanciamiento entre Juan Tomás y el régimen durante las expediciones de junio de 1959. Otros sitúan el disgusto incluso antes. Como autoridad militar en La Vega, Juan Tomás tuvo un papel en la respuesta gubernamental frente a los expedicionarios, que no satisfizo del todo al régimen ni al propio Trujillo. Algunos testimonios sostienen que había actuado con demasiada moderación frente a algunos de los combatientes capturados, como fue el caso de Mayobanex Vargas y del comandante cubano Delio Ochoa. Ambos en diferentes ocasiones relataron el buen trato recibido por el general. No era que simpatizara con la acción guerrillera, pero en una dictadura donde la menor duda podía interpretarse como deslealtad, aquella percepción bastó para que la confianza comenzara a deteriorarse.
La ruptura se hizo más profunda poco después. Entre los familiares de los hermanos Díaz que buscaron asilo en 1960 en la Embajada de Brasil se encontraban su sobrino Nabú Henríquez Díaz y la madre de éste, doña Gracita. Trujillo ordenó a Juan Tomás y a Modesto, por el ascendiente que tenían sobre su familia, convencerlos de abandonar la protección diplomática. Ambos acudieron a la embajada, pero no fueron recibidos por Nabú ni por su madre. Aquel fracaso, obviamente, enfureció a Trujillo.
Después llegó el incidente del Palacio Nacional. Durante años se difundió la versión, falsa, de que Trujillo había abofeteado a Juan Tomás en uno de los tradicionales almuerzos dominicales. Obviamente se trata de las tantas leyendas en torno a Trujillo. Lo que sí parece firmemente establecido es que el dictador lo humilló públicamente delante de ministros, militares y funcionarios. En la cultura política del trujillismo, una humillación pública de esa naturaleza era devastadora. Y más para un hombre del carácter de Juan Tomás.
Modesto Díaz también fue alejándose del régimen. Algunos testimonios sostienen que Trujillo prácticamente lo obligó a venderle dos valiosas fincas en Hacienda Estrella, un episodio que habría dejado una profunda amargura en él. Lo que sí parece indiscutible es que, para entonces, la confianza entre los Díaz y el Jefe ya pertenecía al pasado, aunque Trujillo pensara que eso no llegaría al grado de la conspiración. Tremendo error.
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Mientras Trujillo comenzaba a desconfiar de algunos de sus colaboradores, los hermanos Díaz daban un paso del que ya no habría regreso. La finca, pero sobre todo la residencia, de Juan Tomás se convirtieron discretamente en lugares de encuentro de los conjurados. Allí se reunían civiles y militares, se intercambiaban informaciones, se medían riesgos y se preparaba un proyecto que iba mucho más allá de matar al dictador.
Porque Juan Tomás y Modesto no fueron hombres destinados a disparar en la Avenida George Washington la noche del 30 de mayo de 1961. Su misión era distinta y quizás más compleja. Eran parte del componente político de la conspiración. Gracias a sus relaciones con el general José René «Pupo» Román Fernández y con otros oficiales de alta graduación, trabajaban para asegurar que, una vez muerto Trujillo, las Fuerzas Armadas respaldaran un cambio de poder e impidieran que el aparato del régimen reaccionara.
Aquella era la segunda fase del plan, la fase política. Los disparos que acabaron con la vida del dictador eran apenas el comienzo. Después vendría la verdadera batalla: controlar el Estado, neutralizar al Servicio de Inteligencia Militar y evitar que el trujillismo sobreviviera sin Trujillo. Obviamente, aquello era más fácil planificarlo que ejecutarlo.
En los hechos, las.cosas tomaron otro rumbo. El atentado militar tuvo éxito. El plan político fracasó. Las vacilaciones de Pupo Román, la rapidez con que reaccionaron primero Johnny Abbes, y luego Ramfis y la capacidad del régimen para reorganizarse condenaron a casi todos los conspiradores.
Vista desde la distancia, la historia de los hermanos Díaz contiene una ironía difícil de igualar. Trujillo dedicó treinta y un años a perseguir enemigos declarados. Sin embargo, el golpe definitivo no nació entre quienes siempre lo combatieron. Comenzó a gestarse en el círculo de hombres a quienes había distinguido con su amistad y su confianza. Pero que también habían sido desconsiderados por él.
Tal vez por eso no prestó mucha atención al informe que señalaba a Juan Tomás y a Modesto. Y ese fue, probablemente, uno de sus mayores errores de cálculos, que se tradujo en su mayor derrota.







