Por Manuel Antonio Vega
HATO MAYOR, República Dominicana.– Las manecillas del reloj marcaron las 10:00 de la mañana de este martes, y lo que debió ser un riguroso ejercicio preventivo de ingeniería civil se transformó, en los barrios de la zona norte de este municipio, en una estampida humana impulsada por un pánico muy distinto al de un sismo: el temor a la Dirección General de Migración (DGM).
Mientras en la capital del país el Simulacro Nacional de Evacuación interrumpía la cotidianidad institucional, paralizando desde los tribunales de la Jurisdicción Inmobiliaria hasta la audiencia de apelación del sonado caso Antipulpo, en la provincia oriental de Hato Mayor las potentes alarmas provocaron escenas de absoluto caos entre la comunidad inmigrante.
El rugido de los celulares y el fantasma de «La Camiona»
El detonante principal no provino del subsuelo, sino de las pantallas.
Por primera vez en la historia del país, las autoridades pusieron a prueba el sistema de mensajería masiva Cell Broadcast. De manera simultánea, miles de teléfonos celulares en todo el territorio nacional comenzaron a emitir un pitido ensordecedor y estridente, acompañado de vibraciones prolongadas y textos de alerta en pantalla.
Para los cientos de nacionales haitianos que residen en los vulnerables sectores de la parte norte de Hato Mayor, aquel sonido apocalíptico, sumado a las sirenas de los cuerpos de bomberos y ambulancias que comenzaron a rodar por las calles, no significó «terremoto».
Significó «redada».
¡A correr fanático, que viene Migración!— fue el grito de alerta que corrió como pólvora de patio en patio, de callejón en callejón.
Ropa en sacos y huida hacia el monte
La confusión borró de golpe cualquier intento de explicación institucional.
Al no estar al tanto de que se trataba de un ejercicio preventivo coordinado por los organismos de socorro, las familias haitianas interpretaron el despliegue sonoro y civil como el anuncio de un operativo de repatriación masiva a gran escala.
En cuestión de minutos, la rutina laboral y doméstica de estos sectores populares se quebró.
Hombres que laboraban en la construcción o el comercio informal soltaron sus herramientas.
Madres de familia, con el eco de los silbatos y altavoces retumbando en sus oídos, se apresuraron a meter mudas de ropa en sacos y bultos improvisados.
Las escenas de desesperación se repetían por doquier: niños tomados de la mano corriendo junto a sus padres, jóvenes saltando empalizadas y rústicas viviendas quedando con las puertas abiertas de par en par.
La consigna era una sola: evacuar los barrios antes de que las «camionas» de la DGM bloquearan las salidas.
Un país en dos realidades
Mientras los callejones de Hato Mayor se vaciaban en una huida despavorida hacia zonas boscosas y fincas aledañas, en Santo Domingo el simulacro transcurría bajo el guion oficial.
En la sede de la Jurisdicción Inmobiliaria, jueces, abogados, empleados y usuarios desalojaban pacientemente las instalaciones bajo las directrices del personal de emergencias.
Aunque allí también el factor sorpresa provocó tensión y rostros de nerviosismo entre quienes desconocían el ejercicio, el orden civil prevaleció y, tras constatarse que todos estaban a salvo en los puntos de encuentro, las labores y los juicios se reanudaron de forma progresiva.
Al final de la jornada, el Simulacro Nacional cumplió su cometido técnico de medir la capacidad de respuesta del Estado ante un eventual cataclismo.
Sin embargo, en el tejido social de Hato Mayor, el ejercicio dejó una postal imprevista y cruda: la evidencia de que, para una parte de su población, el sonido de una alarma de emergencia es mucho más aterrador por sus implicaciones migratorias que por la mismísima fuerza de la naturaleza.







