Duarte y Bobadilla: la diferencia entre servir a la patria y servir al poder

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POR FARID KURY

Acabo de participar en una tertulia donde de repente se introdujo un tema sobre Tomás Bobadilla. En él, un amigo, gran admirador de Bobadilla, intentó reivindicar, con buenos argumentos, su figura. Hasta ahí, el ejercicio es legítimo. Lo que resultó difícil de compartir es que, para exaltar a Bobadilla, el amigo sienta la necesidad de disminuir la grandeza de Juan Pablo Duarte, el hombre que tuvo la visión extraordinaria de que los dominicanos podían ser libres, no solo de Haití, sino de cualquier potencia extranjera.

Coincido en reconocer que Tomás Bobadilla tuvo aciertos. Sería injusto negarlos. Tampoco hay necesidad de hacerlo. Fue un hombre inteligente, con capacidad jurídica y política, que desempeñó un papel importante en momentos decisivos de nuestra historia. Pero esos méritos no cambian el rasgo esencial de su trayectoria: Bobadilla fue, ante todo, un hombre del poder. Duarte, en cambio, fue un hombre de la patria.

La diferencia parece sutil, pero es enorme. El hombre del poder adapta sus principios para conservar o alcanzar posiciones de mando. El hombre de la patria utiliza la política como instrumento para servir a un ideal superior.

Esa misma diferencia puede apreciarse al comparar a Ulises Heureaux con Gregorio Luperón. Lilís vivía para el poder; por él fue capaz de perseguir, traicionar y eliminar incluso a antiguos compañeros, a amigos y enemigos. Luperón, por el contrario, consagró su vida a la defensa de la nación: luchó en la Guerra Restauradora, combatió durante la Guerra de los Seis Años contra las pretensiones anexionistas de Buenaventura Báez y, ya enfermo y agotado, volvió a empuñar la bandera de la libertad para enfrentar la dictadura de quien había sido su protegido: Ulises Heureaux.

También la historia dominicana ofrece otro contraste semejante: Juan Bosch y Joaquín Balaguer. Bosch hizo de la democracia y de la dignidad nacional el centro de su acción política. Balaguer convirtió la conservación del poder en el eje de su vida pública, aun cuando ello implicara convivir con la represión, la sangre y la impunidad.

Ahora bien, afirmar que Duarte, Luperón o Bosch fueron hombres de la patria no significa desconocer que fueron también políticos. Los tres comprendieron que la política exige organización, estrategia y alianzas. Duarte fundó la Trinitaria, organizó el movimiento independentista y entendió, con admirable lucidez, que era necesario establecer alianzas tanto con los reformistas haitianos como con los hateros encabezados por Pedro Santana y el propio Tomás Bobadilla para hacer viable primero la separación y luego la independencia.

Ahí radica una de sus mayores virtudes políticas. Duarte jamás confundió la táctica con la estrategia. Supo pactar sin renunciar al objetivo fundamental: la independencia absoluta de la República Dominicana. Esa capacidad para combinar principios firmes con flexibilidad táctica desmiente la imagen de un soñador ingenuo, que el tertuliano quiso dibujar de Duarte. Cierto, Duarte fue un idealista, todo revolucionario lo es, pero no en el sentido peyorativo que a veces se le quiere etiquetar. Porque también fue un estratega de extraordinaria inteligencia.

La independencia nacional fue concebida, organizada y puesta en marcha por Duarte y los trinitarios. Bobadilla se incorporó cuando las circunstancias políticas habían cambiado, especialmente tras la caída de Boyer, y el proyecto separatista aparecía con mayores posibilidades de éxito. Su participación fue importante, pero no fundacional.

Por eso, defender los méritos de Tomás Bobadilla no exige disminuir la figura de Juan Pablo Duarte. La historia admite matices y reconoce aportes diversos. Pero también establece jerarquías. Y en la historia dominicana, Duarte ocupa un lugar que ninguna reinterpretación puede desplazar: fue el arquitecto de la nación, el primer Padre de la Patria y el hombre que concibió una República libre, soberana e independiente.

Su grandeza histórica resiste cualquier intento de descalificación, porque descansa en la magnitud de su obra. Su figura histórica ha resistido más de siglo y medio de debates, críticas e intentos de reinterpretación porque está sostenida por la fuerza de los hechos. Duarte no fue simplemente uno de los fundadores de la República. Fue su alma, su conciencia y su principal constructor.

Y esa condición histórica permanece inalterable frente a cualquier intento de reducir su grandeza.

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