Por Manuel Antonio Vega
El orgullo de ser hatomayorense no nace de la casualidad; se hereda en cada esquina y se respira en las profundas raíces de una tradición que ya supera los cinco siglos de historia. Desde que Francisco Dávila delineara sus contornos ganaderos allá por 1520, Hato Mayor del Rey ha sido escenario de transformaciones profundas, pero ninguna tan íntima y definitoria como la que se vivió a comienzos del siglo XX. Aquella fue la era de los pioneros: el tiempo en que los maestros rurales desafiaban la distancia, las parteras tradicionales se convertían en las guardianas de la vida y las autoridades locales defendían con celo cada centavo del tesoro público.
Adentrarse en los apuntes históricos de ese Hato Mayor de principios de siglo es hacer un viaje al corazón mismo de nuestra identidad, redescubriendo a los hombres y mujeres que, con faroles de queroseno y un profundo sentido del deber, esculpieron el alma de este pueblo soberano.
Esta localidad nació como un vasto territorio ganadero que, con el devenir de los siglos, se transformó en un dinámico epicentro social y cultural en la región este de la República Dominicana.
Aunque su historia está plagada de gestas heroicas y transformaciones estructurales, fue a principios del siglo XX cuando la comunidad experimentó un florecimiento municipal sin precedentes.
Aquellos años, marcados por el orden institucional, el despertar educativo y la consolidación de la salud pública, sentaron las bases de la sociedad hatomayorense contemporánea.
El Despertar Institucional y los Servicios Públicos (1910-1911)
La transición hacia la modernidad en Hato Mayor del Rey se hizo evidente en la organización de sus servicios básicos e infraestructura.
Para el año 1910, la gestión municipal ya mostraba un firme compromiso con el bienestar común.
Muestra de ello fue la iniciativa de Jaime Rodríguez, quien desde la sindicatura lideró la modernización del entorno urbano al rematar el suministro del alumbrado público.
El pueblo, que hasta entonces dependía de la oscuridad de la noche, pasó a contar con sus primeros 15 faroles por una suma de 77.00 pesos oro, transformando por completo la vida nocturna y la seguridad de sus habitantes.
El año 1911 consolidó este impulso estatal.
La puesta en vigor de la Ley de Caminos abrió las puertas a una mejor conectividad rural, vital para una economía que dependía de la ganadería y la agricultura.
Paralelamente, la infraestructura comunitaria recibió un impulso histórico: el 10 de julio de ese año se contrató a Rafael Calcagno y José Arturo Santana para la urgente reparación del cementerio municipal, con una inversión de 100.00 pesos. Apenas unas semanas después, el 30 de julio de 1911, la comunidad celebró la entrega de la nueva Casa Consistorial, una imponente obra civil edificada por el constructor Ángel Ramírez, popularmente conocido como «Lito».
Este edificio no solo representaba el poder civil, sino el orgullo de un pueblo que crecía con pasos firmes.
El dinamismo de 1911 también abarcó la comunicación y la salud.
Fue en este período cuando se instaló el servicio telefónico, un hito que conectó a Hato Mayor con el resto del país.
En el ámbito sanitario, en mayo de ese mismo año se otorgó el permiso formal al señor Federico Rodríguez para abrir las puertas de una farmacia, respondiendo a la creciente demanda de medicamentos en la demarcación.
Educación, Cultura y Sanidad: El Corazón de la Comunidad (1911-1912)
La verdadera riqueza de Hato Mayor del Rey siempre ha residido en su capital humano.
El florecimiento educativo de la época quedó sellado en las elecciones municipales celebradas el 1 y 2 de octubre de 1911.
De aquellos comicios emanó el Ayuntamiento que regiría el bienio 1912-1913, presidido por Alejandro Zapata e integrado por figuras notables como el presbítero Melchor Mejía y el regidor Agapito José. Bajo su tutela, la educación pública se convirtió en un pilar institucional.
Hacia finales de 1911, las aulas hatomayorenses contaban con un cuerpo docente memorable.
Juan Rijo impartía saberes en las aulas comunes, mientras que el respetado profesor Juan Francisco Febrillet se desempeñaba como director de la escuela de varones, apoyado por el educador Elio Contín Brea. Las niñas también recibieron una educación esmerada bajo la dirección de Lucinda Lluberes de Vélez y su ayudante Elisa Chávez.
Incluso las zonas rurales se beneficiaron de esta cruzada alfabética, destacando la labor del maestro Pedro Bernal en la sección de Dos Ríos.
Al iniciar 1912, la efervescencia cultural era innegable.
La sociedad civil se agrupaba en entidades como la prestigiosa sociedad «Amantes del Bien», un faro de civismo y tertulias literarias.
En el ámbito musical, el 12 de enero de 1912 se designó formalmente al maestro José Frías para dirigir la escuela de música local, sembrando la semilla artística en la juventud. Poco después, en marzo de ese año, el incansable profesor Juan Francisco Febrillet y Sarda asumía las riendas de una nueva escuela nocturna, permitiendo que los trabajadores adultos completaran su formación académica.
Desafíos Administrativos y la Consolidación Civil (1912-1913)
El crecimiento de la ciudad trajo consigo importantes retos sanitarios y políticos. El 3 de julio de 1912, ante la amenaza internacional de la peste bubónica, el Ayuntamiento aprobó rigurosas medidas preventivas para blindar la salud de la población.
La atención médica de la época estaba liderada por el doctor E. Leonor Emeterio, único médico autorizado en el casco urbano, apoyado en las zonas rurales por prácticos como Guillermo Sánchez y Toribio de la Cruz.
En una era donde la medicina científica coexistía con los saberes tradicionales, el rol de las comadronas resultaba vital; nombres como Telesfora Gatón, Felicia de Sosa, Segura Reyes, Petronila Margarita y Bonifacia Santana quedaron grabados en la memoria colectiva como las guardianas del nacimiento de generaciones enteras.
La política local también vivió momentos de intensa reestructuración.
El historiador y exsíndico Melchor Contín Alfau rescata en su célebre obra, Hato Mayor del Rey, que el 30 de julio de 1912, Elio Contín Brea renunció a la secretaría municipal.
El puesto fue asumido por Horacio María Núñez, un hombre de Estado que años más tarde, durante el primer quinquenio de la década de 1930, ocuparía la alcaldía municipal.
Núñez demostró su versatilidad al ser nombrado comisario municipal en septiembre de ese año, días antes de que José Vélez García asumiera la sindicatura en reemplazo de Bernabé Castillo.
Los registros de la época demuestran la rigurosidad con la que el cabildo fiscalizaba los fondos públicos.
El 27 de agosto de 1912, el Ayuntamiento sentó un precedente de transparencia al negar la ratificación de 100.00 pesos que el jefe de operaciones militares, Manuel Santana, había tomado de la Tesorería sin autorización previa.
La seguridad y el orden público continuaron bajo la estricta mirada de las autoridades de la época; en diciembre de 1912, el jefe comunal, general Basilio Güero, gestionó recursos para remozar la comandancia de armas, y para marzo de 1913, el reconocido notario público Pedro Edilberto Dalmau asumía oficialmente como comisario municipal con un salario de 10.00 pesos mensuales.
Cada uno de estos acontecimientos, rescatados del polvo de los archivos institucionales, demuestra que Hato Mayor del Rey no se construyó de la noche a la mañana.
Su identidad es el resultado directo de la visión, el trabajo y la resiliencia de aquellos hombres y mujeres de principios del siglo XX, quienes con faroles, escuelas, leyes y un profundo sentido del deber, esculpieron las primeras páginas doradas de este municipio soberano.







