La rebelión de los pilotos a los Trujillo

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Por Manuel Antonio Vega

La férrea dictadura de Rafael Leónidas Trujillo no terminó con su ajusticiamiento el 30 de mayo de 1961. Sus remanentes y familiares se aferraron al poder para seguir dirigiendo los destinos del país, obviamente a sus antojos y bajo decisiones personalistas. La muerte del tirano no significó la inmediata desaparición del régimen. Según pasaban los días, Ramfis Trujillo, junto a sus tíos y otros familiares beneficiados por la tiranía, intentaban sostener un sistema que se tambaleaba sin la presencia física de su mentor y guía.

Tras el magnicidio, se armó un pandemónium de persecuciones para localizar a los autores de la emboscada a Trujillo, cuyo cuerpo recibió ráfagas de disparos que deshicieron su anatomía.

Las ejecuciones y los apresamientos no pararon. El punto crítico llegó el 19 de noviembre de 1961, cuando se silenció la vida de seis de los principales conjurados en la Hacienda María, en San Cristóbal, una propiedad de la familia dictatorial.

Los relatos históricos apuntan a que estas ejecuciones sumarias fueron llevadas a cabo directamente por Ramfis Trujillo y sus colaboradores más cercanos, quienes obedecían como perros sabuesos al primogénito del sátrapa, heredero del arte de asesinar a mansalva.

Para encubrir el crimen ante la fuerte presión internacional, los remanentes del régimen utilizaron la argucia de que los revolucionarios habían asaltado y asesinado a sus custodios en el trayecto hacia el penal.

«Para preparar la escena, asesinaron antes a otros presos políticos, quienes supuestamente serían los custodios asesinados», relata Eurípides Uribe Peguero en su reciente libro «Coroneles».

Con esa estratagema criminal buscaban tender un manto negro sobre el asesinato de los ajusticiadores, pero a la población ya nadie la engañaba con las escaramuzas de Ramfis.

El complot contra Balaguer y la disidencia militar

Consumada la matanza de la Hacienda María, Ramfis corrió a la Base Aérea de San Isidro en compañía de su tío Petán (José Arismendy Trujillo) y de los jefes militares que se mantenían leales.

Allí planearon un complot para eliminar al doctor Joaquín Balaguer, a quien consideraban un traidor por presidir el Consejo de Estado tras la desaparición de Trujillo y por poner en marcha medidas que desmontaban el régimen.

«También planearon asesinar a Viriato Fiallo, a dirigentes del Movimiento Popular Dominicano, del 14 de Junio y a otros connotados líderes antitrujillistas, para reinstaurar el régimen del dictador», escribe Uribe Peguero.

Para asegurar el control, los Trujillo ordenaron dispersar el grueso de los aviones de la Aviación Militar Dominicana (AMD) a distintos puntos del país.

Con esta orden expresa instruyeron al general de brigada Tunti Sánchez, jefe de Estado Mayor de la AMD, buscando evitar la concentración de aeronaves en la base principal. Sin embargo, excluyeron deliberadamente de estas decisiones al general de brigada piloto Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría.

Lo que la tiranía no previó fue la valentía de un grupo de oficiales.

Los pilotos se pusieron de acuerdo y, en vez de acatar la dispersión dictada por los Trujillo, volaron en rebeldía hacia la base aérea de Santiago, poniéndose bajo las órdenes del general Rodríguez Echavarría para hacer frente a la tiranía.

Los protagonistas de la hazaña

Los pilotos comprometidos en esta histórica acción militar fueron piezas clave para el desmoronamiento definitivo del régimen trujillista.

El grupo estuvo liderado por el general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría (Chavá), único oficial de ese rango en la operación y comandante de la base de Santiago.

Junto a él actuó su hermano, el piloto Pedro Santiago Rodríguez Echavarría (Chaguito).

La estrategia militar fue ideada por el teniente coronel piloto Manuel Durán Guzmán, quien consiguió la adhesión de sus compañeros y del propio general Rodríguez Echavarría.

A ellos se sumó el teniente coronel piloto Raymundo Polanco Alegría, un experimentado oficial que comandaba el Escuadrón de Caza Ramfis, y el teniente coronel piloto Federico Fernández Smester, quien timoneó la Escuadrilla Aérea Acrobática y comandó el ataque directo contra las instalaciones del batallón blindado y la artillería en San Isidro.

Finalmente, el teniente coronel piloto Nelton González Pomares dirigió el Grupo de Caza Bombardero, liderando una de las escuadrillas que doblegaron a las tropas remanentes de los Trujillo.

La herencia de la resistencia

Décadas después, los ecos de esta búsqueda de libertad resonaron en la política dominicana.

En los textos históricos se recoge la postura de José Francisco Peña Gómez, quien entendía que Joaquín Balaguer recurriría a la violencia armada antes de entregar el poder. Peña Gómez asumía la célebre frase de José Martí: «Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan».

Consideraba que del caudillo reformista no se podía esperar un traspaso pacífico que respetara la voluntad popular, sino que había que «arrancarle» el poder mediante la lucha cívica.

Esa misma búsqueda de un estamento militar digno se concretizó el 24 de abril de 1965, cuando los coroneles y oficiales constitucionalistas «se casaron con la gloria» al exigir el retorno a la constitucionalidad y, posteriormente, combatir a las fuerzas de ocupación extranjera.

Peña Gómez inmortalizó la expresión sobre aquellos militares pundonorosos, usándola no solo en la gesta de 1965, sino de forma constante durante el régimen de los Doce Años de Balaguer.

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