Por Manuel Antonio Vega
Tras acceder al poder en 1966, Joaquín Balaguer se enfrentó a un escenario político convulso y profundamente polarizado. Para consolidar su proyecto de gobierno y mantener bajo control a la disidencia, el mandatario optó por rearmar y estructurar los cuerpos castrenses apoyándose de manera directa en los generales y altos oficiales que le habían servido fielmente al sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina. Esta alianza estratégica no solo definió la naturaleza represiva de sus primeros doce años de gobierno, sino que perpetuó una cultura militar basada en la lealtad personal, el anticomunismo visceral y la incompetencia profesional.
La llegada de Balaguer a la Presidencia significó la inmediata reivindicación de los grupos militares que habían combatido a los constitucionalistas en la guerra civil de 1965.
Los núcleos de poder castrense vinculados al trujillismo militante, especialmente los influyentes grupos de San Cristóbal, el Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA) y la Base Aérea de San Isidro, regresaron al centro de la toma de decisiones.
Aunque figuras clave como Elías Wessin y Rivera o el almirante Francisco Javier Rivera Caminero salieron temporalmente del país por presiones políticas, la oficialidad que los secundó durante la Revolución se mantuvo ocupando roles estelares.
En esta nueva etapa militarista promovida por Balaguer, nombres como Enrique Pérez y Pérez, Neit Nivar Seijas, Ramón Emilio Jiménez (Milo), René Beauchamps Javier, Salvador Lluberes Montás (Chinino), y Valdez Vidaurre acapararon el mando superior de las instituciones armadas, desde donde continuaron la dictadura sin Trujillo.
Casos emblemáticos de este sector son los de Juan René Beauchamps Javier y Salvador Lluberes Montás, que durante la contienda de 1965, ostentando apenas los rangos de coronel y mayor respectivamente, impusieron sus ímpetus y presionaron enérgicamente a la cúpula militar para ordenar los brutales bombardeos contra la población civil a partir del 25 de abril.
Aquellos ataques causaron medio centenar de muertos en el puente Duarte y en diversos sectores de Santo Domingo.
Lejos de ser sancionados, Balaguer premió su participación: Beauchamps Javier fue designado secretario de Estado de las Fuerzas Armadas (1975-1978) y Lluberes Montás asumió como jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea Dominicana (FAD) en el mismo período.
Balaguer y los herederos de Trujillo
Para Balaguer, los militares trujillistas representaban una herramienta idónea que le venía «como anillo al dedo». A pesar de los rumores sobre los intentos de Ramfis Trujillo por atentar contra su vida antes de salir del país, Balaguer nunca mantuvo una postura antitrujillista genuina; había servido al dictador como presidente títere y encontró en sus antiguos subalternos la sustitución más ventajosa del régimen anterior.
Esta relación se fundamentó en una estricta conveniencia mutua: los generales obtenían la libertad de actuar como pequeños caudillos incontrolados, con cuotas de poder y disposición para la corrupción y la represión, mientras que Balaguer aseguraba el blindaje político y militar de su administración sin la sombra de un «generalísimo» que le disputara el liderazgo absoluto.
El mandatario no se limitó a utilizar a los oficiales destacados en San Isidro durante la revolución, sino que rescató de la retaguardia a conspicuos operadores del régimen trujillista.
Entre ellos destacan:
Santo Mélido Marte: Exsecretario de las Fuerzas Armadas y exjefe de Estado Mayor del Ejército durante la Era, reintegrado en 1971 como jefe de la seguridad personal de Balaguer.
César A. Oliva García: Con un historial tenebroso vinculado a muertes y torturas como jefe de la Policía Nacional (1953-1954), fue nombrado en 1972 al frente de la Dirección General de Migración.
Roberto Oscar Figueroa Carrión: Antiguo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), reactivado en las filas del Ejército Nacional.
Leoncio García: Exguardaespaldas de Trujillo, elevado a general y colocado por Balaguer en importantes funciones públicas, como la administración del Aeropuerto Internacional de Punta Caucedo (1966) y la Dirección de Telecomunicaciones (1973).
El mayor Zacarías de la Cruz: Chofer y hombre de absoluta lealtad al dictador, sobreviviente al ajusticiamiento de mayo de 1961, quien fue reintegrado discretamente al Ejército Nacional hasta el fin de sus días.
Marcos Jorge Moreno: Exedecán de Trujillo y jefe policial al momento del ajusticiamiento, convertido en hombre de confianza de Balaguer.
El freno a la profesionalización y el choque generacional
Paralelamente a la reinstalación de la vieja guardia, los Estados Unidos, a través del Grupo de Asesores Militares (MAAG) y el Programa de Ayuda Militar (MAP), impulsaron un ambicioso plan para modernizar y profesionalizar las fuerzas castrenses dominicanas, bajo el pretexto de contener la «amenaza comunista» en el marco de la Guerra Fría.
Jóvenes oficiales dominicanos fueron enviados a formarse en academias y centros de adiestramiento en la Zona del Canal de Panamá, Fort Leavenworth, Fort Benning, West Point y bases de la Fuerza Aérea y Naval estadounidense. Sin embargo, este esfuerzo reformista tropezó constantemente con un muro interno: la resistencia de los viejos oficiales trujillistas en el mando superior.
Temerosos de perder el control institucional y arraigados en su cultura pretoriana, los altos mandos pusieron obstáculos sistemáticos a la superación académica del personal.
En múltiples ocasiones, las becas anuales ofrecidas por agencias norteamericanas quedaban desiertas.
A los nuevos oficiales y tropas de ingreso reciente se les marginaba o se les dificultaba aplicar criterios renovadores.
La cúpula militar priorizaba el fanatismo anticomunista como doctrina de supervivencia política. Para ellos, mantener la ortodoxia trujillista y el perfil represivo garantizaba la persecución implacable contra militantes y dirigentes de izquierda que amenazaban el orden conservador, alineándose perfectamente con los intereses de Washington de evitar un régimen socialista en el Caribe.
Mientras tanto, militares demócratas y apartidistas, como los capitanes de navío César A. Gil García y Rolando A. Polanco y Polanco en la Marina de Guerra, vieron sus carreras truncadas por la subestimación y la marginación sistemática debido a su escasa identificación con el balaguerismo o con el fanatismo anticomunista.
Vocación represiva
Los cuerpos armados concebidos para sostener un Estado despótico demostraron graves deficiencias operativas cuando se enfrentaron a desafíos tácticos reales, supliendo su precariedad profesional con un abrumador poder numérico y una desmedida violencia estatal.
La impericia de esta cúpula militar quedó al descubierto en episodios críticos de la historia dominicana posterior:
El caso de «Los Palmeros» (1972): A las fuerzas combinadas del Ejército, la Marina y la Aviación les tomó casi un día completo aniquilar a un reducido núcleo guerrillero de apenas una docena de hombres liderados por Amaury Germán Aristy en la autopista Las Américas, sufriendo una considerable cantidad de bajas.
El desembarco de Caracoles (1973): La torpeza demostrada por la infantería del Ejército en la persecución del grupo comandado por Francisco Alberto Caamaño Deñó, sumada a la incapacidad operativa de la Marina para evitar el desembarco a menos de cinco millas de la Base Naval de Las Calderas.
La crisis del buque «Capitán Teo» (1977): Ante el apresamiento de la embarcación cubana en Puerto Plata y la subsecuente orden del gobierno de Fidel Castro de enviar un escuadrón de cazas MIG-21 a sobrevolar amenazantemente la ciudad, las Fuerzas Armadas dominicanas exhibieron una absoluta carencia de respuesta disuasiva o capacidad de reacción defensiva ante una provocación extranjera.
A Joaquín Balaguer le importaba muy poco guardar distancia de la Era de Trujillo, pues al rodearse y empoderar a los generales y oficiales formados bajo la férula de la dictadura, configuró unas Fuerzas Armadas carentes de honor militar genuino, pero sumamente eficientes en la represión interna, la persecución política, los crímenes de Estado, como los perpetrados durante sus doce años, y la intromisión en los procesos democráticos, tal como ocurrió en el controvertido freno al escrutinio electoral de 1978.
El resultado final fue una institución castrense dirigida por mandos bravucones y corruptos que, a pesar de los intentos de modernización de la Guerra Fría, perpetuaron los vicios del pasado y marginaron el talento de las nuevas generaciones.
El legado y poder de la vieja guardia trujillista en el balaguerismo hicieron de los 12 años de Balaguer una dictadura más corta pero llena de muertes y represión por doquier. Balaguer replicó las acciones brutales y genocida de Trujillo.







