Por Manuel Antonio Vega
El caudaloso río de sangre que fluyó por la dictadura de Ulises Heureaux, conocido como Lilís, no respetó geografía ni condición, sembrando el terror, las cruces y el luto en cada rincón del país.
Hato Mayor del Rey, una comunidad de ilustres y valientes, no fue la excepción y aportó su cuota de hijos inquebrantables a la historia de resistencia.
Entre esos desafectos, destacó Don Baldomero Vásquez, un hombre de inteligencia excepcional, popular y profundamente aferrado a su pueblo natal.
Su carácter era ejemplarmente indoblegable, una cualidad que mantuvo incluso frente a la recia figura del General Ulises Heureaux, a quien, en un giro de los acontecimientos, llegó a servir en los últimos días de su vida.
En 1887, se desempeñaba como Inspector General de Agricultura con asiento en Hato Mayor del Rey.
La Petición que selló un destino
Fiel a su conciencia y a los intereses de su pueblo, Baldomero Vásquez decidió enfrentar la autoridad local, sin temer las consecuencias que emanarían del poder central.
Bajo su «propia y expresa responsabilidad personal», elevó una petición sin fecha al Poder Ejecutivo solicitando la sustitución del Jefe Comunal y del Alcalde Constitucional.
Su fundamento era claro: el primero era «enemigo de la situación actual y cometía abusos y excesos de autoridad», y el segundo era «arbitrario e interesado en sus funciones de Juez de Paz».
El documento, una denuncia criminal disfrazada de acto político, llevaba la firma de más de ochenta y cuatro personas, aunque muchas de ellas abjurarían después por la presión ejercida por el Gobernador Provincial.
El enfrentamiento directo con el statu quo no se hizo esperar.
El 28 de noviembre de 1887, el Gobernador Provincial (Civil y Militar) de El Seibo inició el proceso contra Vásquez, remitiendo un oficio al Procurador Fiscal.
La presión del Gobernador sobre el Tribunal Judicial fue intensa, resultando en una condena de dos años de prisión para Baldomero Vásquez.
La Suprema Corte y la «Libertad Prefabricada»
Vásquez apeló ante la Suprema Corte de Justicia.
El Gobernador, según consta en los autos, había dirigido personalmente los interrogatorios a los firmantes del documento de protesta, en un intento por acusar a Baldomero de falsificación de firmas.
Sin embargo, el organismo superior, compuesto por los jueces Manuel de Jesús Galván, José Salado y Manuel Pina y Benítez, y Nicolás Rodríguez, lo descargó.
La Suprema Corte se apoyó en la violación del «artículo 136 del Código de Procedimiento Criminal» debido a una «falsa y errada interpretación de la Ley».
El tribunal consideró la acusación de falsificación como prefabricada y ordenó la inmediata libertad del preso, descargándolo de toda culpa.
La apelación fue diligenciada por el Dr. Félix María Delmonte.
La Sombra del recelo y la tragedia.
El dictador Lilís, cauteloso ante cualquier resentimiento que Baldomero Vásquez pudiera albergar, intentó neutralizarlo, ofreciéndole una casa y un sueldo si se mudaba a la Capital para tenerlo «a su lado».
Vásquez, cortésmente, rechazó la oferta, arguyendo que no podía abandonar sus intereses en Hato Mayor.
Solicitó y obtuvo permiso del Presidente para regresar a su hogar, en Hato Mayor del Rey.
Tras pasar un tiempo con su familia en Las Guáranas, Baldomero se dirigió hacia el pueblo.
Dos hombres desconocidos, forasteros, fueron vistos siguiéndole en el trayecto senagoso y cubierto por un grueso follaje de añosos árboles.
A escaso medio kilómetro del Club Gallístico, por donde vivía Don Etarcilio Báez, se consumó la tragedia.
Un balazo, disparado por la espalda, traspasó el tórax de Baldomero Vásquez. Su cuerpo, en estado agónico, quedó reclinado sobre las crines de su caballo.
El animal, errante, se desvió en el paso del arroyo Paña Paña y tomó el camino hacia la loma de Los Martínez.
Don Pedro García, al avistar la figura, exclamó ante la Mabona (Bonifacia Santana, cuñada de Baldomero): «¡Aquel es Don Baldomero!»
Condujo el cadáver hasta la casa.
El pueblo tembló de indignación. El crimen, ocurrido en el año 1888, dejó viuda y pobre a Doña Mercedes Morales Zayas, quien esperaba en su vientre al último de sus hijos.
Un legado de orfandad y resistencia acompañó a
Baldomero Vásquez, quien a sus 19 años había sido Comandante de Armas en Higüey bajo bandera española (1864), dejó huérfanos a Bruna, Victoriana, Rosenda, Josefa (Doña Fefa Vásquez de Zapata), Eliseo, y Baldomero Vásquez Morales, alias Don Blanco, un gran educador hatero.
También dejó un hijo, Luis, procreado en Higüey con Filomena Villegas.
La viuda quedó desamparada; los documentos que Baldomero había confiado a un compadre le fueron negados, y la finca de la sucesión fue usurpada por otra familia.
Así culminó la vida de Baldomero Vásquez, un hombre popular, inteligente y valiente, que se atrevió a denunciar el abuso de autoridad en la época más oscura del dictador Ulises Heureaux, sellando su destino con el precio más alto por defender la justicia en Hato Mayor del Rey.







