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Antelia Rondón Vilorio, la piadosa y amorosa comerciante de Guayabo Dulce del Siglo XX

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

Prolífica, piadosa y amorosa, están entre las meritísimas cualidades que adornaron la vida de Doña Antelia Rondón Vilorio, hija del respetado General Marcelino Rondón y de Doña Irene Vilorio.

No fue solo una esposa o una madre; fue el corazón palpitante y la brújula moral de una estirpe que dejó una huella imborrable en Guayabo Dulce a principio del siglo XX.

Contrajo nupcias con Ovidio Vásquez Tellerías, Antelia, procreó a 12 hijos, quienes hasta el momento de su fallecimiento habían dejado a
12 hijos, 31 nietos, 62 bisnietos y 31 tataranietos.

El esplendor en Guayabo Dulce, corría sin parar en el año 1914, en el umbral del resurgir de Hato Mayor con la llegada del siglo XX.

Su viaje comenzó modestamente en la sección Los Ranchos, pero pronto encontraron su verdadero asiento en Guayabo Dulce, en el kilómetro 26 de la carretera Mella.

Allá, en una extensa y fértil finca, la familia Vásquez Rondón no solo cultivó la tierra y crió ganado, sino que también sembró un ambiente de amor, integración y trabajo.

Complementó esta labor instalando una gran bodega que sirvió de vital abastecimiento para toda la demarcación.

En este entorno, sus 12 hijos crecieron, bebiendo de una fuente inagotable de valores morales y espirituales que sus padres les inculcaron con solidez.

Buscando nuevos horizontes

​La placidez de Guayabo Dulce enfrentó un desafío en 1944, pues a 30 años de su matrimonio y en el año del Centenario de la Independencia Nacional, la crisis económica que azotaba al país, agravada por los efectos de la Segunda Guerra Mundial, impulsó a la familia a tomar una decisión crucial: trasladarse a Santo Domingo.

​Esta partida, en un camión con todas sus pertenencias, impulsada también por el hermano mayor, Don Tomás, fue un acto de visión y liderazgo.

Más que un escape de la crisis, fue una apuesta por el futuro, abriendo a sus hijos la oportunidad de estudiar y trabajar en un ambiente donde las posibilidades de desarrollo eran mayores que el tercer grado elemental disponible en Guayabo Dulce.

Don Ovidio y Doña Antelia, junto a Don Tomás, se mantuvieron como los faros, líderes y guías de este nuevo capítulo.

​Ya en la capital, a partir de 1945, los hijos prosperaron.

Las hembras se capacitaron en artes manuales y formaron sus hogares; los varones se destacaron en el comercio; y los más pequeños pudieron acceder a una educación formal completa.

Hoy, los integrantes de la familia Vásquez-Rondón son admirados por su exitosa trayectoria en los negocios y diversas profesiones, una reputación moral que es un reflejo directo del hogar que los vio nacer.

​La Fe y la nobleza de Antelia para sus descendientes

«Mamá Antelia» fue un dechado de virtudes. Era una mujer profundamente piadosa, de valores innatos y una devoción cristiana católica que enseñaba con el ejemplo vivo, no solo con palabras.

Su amor se extendía con generosidad: madre amorosa, fiel a su esposo por más de cincuenta años (un hombre de idéntica nobleza), cariñosa con su familia y sus amistades, y siempre dispuesta a socorrer a quien lo necesitara.

Se le atribuía decir qué «Aquel que quería a uno de sus hijos, ella le quería».

Sus enseñanzas, muchas de ellas de raíz bíblica, se convirtieron en las máximas de la familia:
​»Mis hijos a quien ustedes no puedan hacer un bien, no le hagan un mal.»

​En su casa de Guayabo Dulce, el peregrino de la carretera Mella nunca se fue con hambre; la comida siempre se hacía para los de la casa «más dos o tres platos» adicionales.

Administraba a su familia completa con una voz cariñosa, pero recta, pendiente de la educación y la compostura de sus hijos.

Era una mujer noble, afable y amigable, que cuidó a sus hijos como aquella gallina clueca que forma a sus polluelos hasta que pueden volar.

Su respeto por la familia era tal que, cuando tocó recibir una petición de matrimonio para una de sus hijas tras la muerte de Don Ovidio, no dio respuesta sin antes consultar con sus hijos varones, demostrando que su autoridad nunca estuvo por encima del respeto mutuo.

​Doña Antelia Rondón Vilorio encarna la fuerza de la fe, la virtud del amor incondicional y la sabiduría para guiar a doce almas por el camino de la rectitud y el éxito.

Su legado es una bendición que sigue multiplicándose en cada generación de los Vásquez-Rondón.
Nota: Este relato lo hago después de leer el libro «La Familia Rondón y sus Recuerdos», de la autoría del doctor Ruddy Vasquez Rondón.

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