Por Manuel Antonio Vega
En la historia no oficial de Hato Mayor del Rey, los nombres de los grandes comerciantes suelen opacar a los artesanos de a pie.
Sin embargo, pocos personajes resultan tan fascinantes y contradictorios como Anyebavista Lajara, un emprendedor que transformó el desecho de hojalata en piezas imprescindibles para el hogar dominicano, mientras lidiaba con una personalidad tan afilada como sus propios guayos.
Ers un artista de la supervivencia artesanal
Anyebavista no heredó el destino de su hermano, el reconocido comerciante de provisiones Marino Lajara ni del hacendado Tin Lajars.
Él prefirió una máquina de soldar, martillos y un filoso machete para cortar hojalatas, para fabricar anafes.
Instalado en un humilde cuchitril de madera en el traspatio de la familia Rivera, en el sector Villa Canto, Anyé se convirtió en el proveedor principal de las cocinas locales.
Su catálogo era una respuesta directa a las necesidades de la época:
Guayos, anafes, molenillos y coladoras: Confeccionados con telas, alambre y hojalata reciclada de cubos de aceite.
El Molenillos era herramientas rústicas pero precisas para el batido del ponche, utilizado antes de aparecer la licuadora.
Mientras el Salten: Utilizados por las amas de casa para cernir el arroz con exactitud.
A pesar de una marcada dificultad en el habla que lo llevaba a pregonar su mercancía como «coradoras y bolenillos», su voz se impuso en la esquina de la calle Duarte con Padre Meriño.
Su ubicación estratégica frente a la Tienda La Miscelánea de Julio Báez lo consagró como un punto de referencia comercial antes de que el término «emprendedor» estuviera de moda.
El «Pachuché» y la cocina del aislamiento
Quienes lo conocieron recuerdan dos aromas inseparables de su figura: el olor del «pachuché» (tabaco picado envuelto rudimentariamente en papel) que fumaba con voracidad, y el de sus sazones.
Anyebavista era un cocinero de técnica fina; sus vecinos en las calles contiguas podían rastrear su menú diario solo por el rastro del olor que emanaba de su fogón.
Sin embargo, detrás de la fachada del artesano laborioso, habitaba un hombre de un narcisismo desbordante.
Los testimonios de la época lo describen como un ególatra consuetudinario.
Sus conversaciones, lejos de versar sobre el oficio, solían derivar en relatos explícitos sobre su vida sexual y una auto-adoración que rayaba en la arrogancia.
Anyé se sentía superior, un «lacho enamorado» que, irónicamente, vivió aislado de su propia familia.
El ocaso de un enigmático
A pesar de su fama de hombre pudiente entre ciertas esferas —se rumoreaba que pagaba generosamente a trabajadoras sexuales que frecuentaban su hogar—, Anyebavista no dejó descendencia.
El hombre que dedicó días enteros a fabricar utensilios para unir familias en torno a una mesa, terminó sus días en la soledad institucional del Asilo de Ancianos «Romelia Salas de Barceló».
Su muerte cerró un capítulo del Hato Mayor artesanal.
Anyebavista Lajara se llevó a la tumba su egocentrismo, pero dejó tras de sí el recuerdo de un hombre que, con latas de aceite y un pregón defectuoso, construyó una de las marcas personales más memorables del sector Villa Canto.







