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Bajo el peso del plomo policial últiman a Fraulin en Higüey

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Por Manuel Antonio Vega

​Las manecillas de los relojes marcaba la tarde de este martes, pero para Fraulin Manuel Santana, el tiempo decidió detenerse de golpe.

En los alrededores del basurero municipal de La Otra Banda, en Higüey, donde el aire se siente espeso y la soledad lacera, el eco de las detonaciones anunció que la muerte había llegado a Higüey con uniforme de reglamento.

​No hubo advertencias suaves.

Dicen las crónicas policiales que Fraulin, un hombre de apenas 32 años con toda la vida por delante en el sector Antonio Guzmán, se enfrentó al acero del DICRIM.

​En ese «intercambio» —ese término tan frío como el metal de una pistola—, el estruendo de los disparos ahogó cualquier grito.

Santana cayó mortalmente herido, su sangre mezclándose con la tierra seca de un paraje que solo conoce de olvido y ahora, de tragedia.

​Una carrera desesperada contra el silencio dieron con la escena siguiente: fue un caos de sirenas y llantas chirriando sobre el asfalto.

Los mismos hombres que repelieron el ataque cargaron con su cuerpo herido, en un intento frenético por arrebatarle una vida que ya se le escapaba entre los dedos.

​Al llegar al Hospital General y de Especialidades Nuestra Señora de La Altagracia (HGENSA), el panorama era desolador.

Los pasillos blancos, acostumbrados al dolor, fueron testigos de los últimos suspiros de Fraulin.

A pesar de las manos médicas que lucharon por retenerlo, las múltiples heridas de bala dictaron la sentencia final.

La muerte ganó la partida en la sala de emergencias.

​Ahora, el silencio ha vuelto a La Otra Banda, pero es un silencio distinto; uno que pesa.

El cuerpo de Fraulin descansa en la penumbra de la morgue, a la espera de que el INACIF diseccione la verdad de su último día.

​Mientras las autoridades redactan informes y analizan casquillos, en el sector Antonio Guzmán queda el vacío de una silla que no volverá a ocuparse y el eco de una tarde donde las balas, más rápidas que los sueños, apagaron una vida bajo el sol de Higüey.

​El hecho dio a entender que el día de hoy no era un martes cualquiera en las inmediaciones del basurero municipal; el aire, viciado por el olor a desechos y el calor sofocante, pronto se cargó con el estruendo metálico de la pólvora.

Lo que comenzó como un despliegue de los agentes del DICRIM (Departamento de Investigaciones Criminales) terminó en un escenario de sangre y sirenas.

​Según el relato oficial, el silencio de la zona se rompió cuando Santana, al verse acorralado por los efectivos de la Dirección Regional La Altagracia, decidió apretar el gatillo.

La respuesta no se hizo esperar. En un rincón olvidado cerca de los depósitos de basura, el intercambio de disparos selló el destino del joven.

​Las balas policiales, descritas por las autoridades como una respuesta «obligatoria» para repeler la agresión, alcanzaron a Fraulin en múltiples ocasiones, dejándolo tendido sobre la tierra caliente.

​El Camino al Hospital

​Entre el polvo del camino y la urgencia del momento, los mismos agentes que minutos antes sostenían sus armas lo subieron a una patrulla.

El trayecto hacia el Hospital General y de Especialidades Nuestra Señora de La Altagracia (HGENSA) fue una carrera contra lo inevitable.

​A pesar de los esfuerzos en la sala de emergencias, los monitores se silenciaron. Fraulin Manuel Santana falleció mientras recibía las primeras atenciones médicas, convirtiéndose en el nombre principal de un nuevo expediente p

​Hoy, el ambiente en el HGENSA es distinto. En la frialdad de la morgue, el cuerpo de Santana espera el traslado hacia el INACIF para la autopsia de ley.

Mientras tanto, en las calles de Higüey, queda la polvareda de las preguntas: las autoridades aseguran investigar las circunstancias exactas, mientras el sector Antonio Guzmán asimila la pérdida de uno de los suyos en un «supuesto intercambio» que ya es parte de la estadística roja de la provincia.

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