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Cacón Amparo, entre el manubrio y la lealtad de motoconchar

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Por Manuel Antonio Vega

​El sol de Hato Mayor siempre ha tenido un brillo distinto sobre los cascos de los motoconchistas, pero esta mañana de miércoles, el calor era pesado, mudo.

En la parada de Vicentillo, donde las risas suelen ganarle al ruido de los motores, hoy hay un silencio que lastima.

Falta Ramón Enrique Amparo Fulgencio, pero para todos, desde el hacendado hasta el billetero, simplemente falta «Cacón».

​Un eredero que eligió la calle

​Cacón no era un hombre de oficina, ni siquiera de los que se quedan mirando cómo crece el cacao bajo la sombra.

Hijo del reconocido hacendado Pimpín Amparo y de doña Nélida Fulgencio, cargaba en sus hombros la promesa de una vida cómoda.

Recibió en herencia 113 tareas de tierra, un pedazo de patria fértil donde el ganado pastaba y el cacao maduraba al ritmo de la lluvia.

​Sin embargo, Cacón tenía un romance con el motor.

Había algo en la libertad de la ruta, en el saludo constante de la gente y en el servicio humilde que lo sedujo más que la posesión de la tierra.

Vendió sus parcelas, se despojó del traje de terrateniente y se abrazó definitivamente al motoconcho.

No era falta de ambición; era exceso de vocación.

​El guardián de los sacos de arroz

​En Hato Mayor, la confianza no se compra, se suda. Y Cacón la sudó por décadas.

Se convirtió en el mensajero de confianza de los grandes empresarios locales. Era el hombre que cargaba fortunas en su moto sin que le temblara el pulso.

​Cuentan las anécdotas en las esquinas de la calle Miches que, cuando a Cacón le daba por «abrazarse a la botella» y se perdía en la ingesta de alcohol por un par de días, el comercio se detenía.

Los ricos del pueblo preferían:
​Guardar el dinero entre los sacos de harina y arroz, esperar hasta tres días sin ir al banco.

​Retener depósitos millonarios antes que confiarle el efectivo a otro que no fuera él.

​»Si no es Cacón, no sale el dinero», decían.

Así de inquebrantable era su palabra, incluso cuando el ron le nublaba el paso pero nunca la decencia.

​Nadie lo hubiese imaginado ayer. Estaba ahí, en la parada de siempre, repartiendo esa forma jocosa de hablar que le servía de escudo y bandera.

Compartió anécdotas, rió con sus compañeros y se retiró a su casa en la calle Miches con la misma humildad con la que vivió.

​Pero en la soledad de la madrugada, su corazón, ese que latió con la fuerza de un motor de dos tiempos, decidió detenerse.

Un infarto fulminante lo encontró en el silencio de su habitación.

​El adiós de un hombre serio
​hoy, la Funeraria del Pueblo no solo recibe un cuerpo; recibe una leyenda del día a día.

Sus hijos, sus amigos de la parada y aquellos comerciantes que guardaron sus ahorros bajo sacos de arroz esperando por él, hoy lloran al hombre, no al oficio.

​Mañana, a las 3:00 de la tarde, el sepelio marcará la última ruta de Cacón.

Hato Mayor se prepara para despedir a un hombre que, teniendo la posibilidad de ser patrón, prefirió ser el servidor más fiel de su pueblo sobre dos ruedas.

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