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Capelao, «El Peje Silencioso» de Villa Canto

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

En las entrañas de Hato Mayor del Rey, específicamente en el barrio de Villa Canto, moran las memorias de hombres sencillos cuya huella es más profunda que cualquier monumento.

Uno de ellos, indiscutiblemente, fue Máximo Antonio Torres Flores, conocido por todos como «Capelao», un apodo que, con el tiempo, se convirtió en sinónimo de una risa de rememoranza y una sabiduría ganada fuera de las aulas.

​Nacido en 1951, bajo la sombra omnipresente de la dictadura de Trujillo, Capelao vino al mundo con un destino humilde. Vivió en la calle Eugenio Miches No. 20, un punto silencioso desde donde este hombre, a pesar de su poca escuela, irradiaba un amplio nivel de cultura general.

​Capelao era, en la jerga popular de su barrio, un «peje silencioso» que se movía preferentemente en las horas nocturnas.

Su tiempo de ocio era escaso, pues su vida se la comía el sol y el sudor.

​Pasó gran parte de sus años como cargador y desmontador de camiones, una labor que exigía la fuerza bruta y el esfuerzo constante en los centros comerciales y en la Asociación de Ganaderos de Hato Mayor.

Era el pan ganado con la honradez y el sudor; una economía que, al principio, se veía amenazada por la distracción de los carrandales de la ciudad.

​Fue allí donde su vida encontró anclaje. Gloria Navarro Peguero fue la única capaz de atarlo, de corregir y encauzar las andanzas de aquel hombre trabajador.

De ese amor eterno, fiel y profundo, nacieron sus hijos: Critisen Maxgrey, María Cristina, Claudia y Francia.

​Estefanía y el Alma de Vaquero

​La verdadera escuela de Capelao no fue el aula, sino la casa. Su madre, María Flores, le inculcó desde pequeño el amor por la lectura.

Fue esta pasión la que lo moldeó como narrador y conversador.

​Capelao era un adicto de la famosa novela de vaqueros: Estefanía.

Durante las décadas de 1960, 1970 y 1980, mientras el mundo se sumergía en su lectura popular, Capelao no solo leía; él absorbía. De allí venían sus historias inauditas de vaqueros, narraciones que ejercitaban su comprensión lectora y su destreza para contar.

Para él, la lectura no era un escape, sino un entrenamiento para el alma.

​Tras el fallecimiento de su padre, Senestrí Torres, Capelao asumió la sobria labor de portero en el liceo, llevando su ética de trabajo y su silencio observador a un nuevo escenario.

​Máximo Antonio Torres Flores, «Capelao», fue un hombre de moral intachable.

En los registros de su vida no hay problemas, ni delitos, ni apresamientos.

Su mayor tesoro era su honradez, la cual cuidaba más que de comer.

Se ganó a su pueblo no con grandes discursos ni riquezas, sino con el silencio de su esfuerzo, la decencia de su proceder y las inauditas historias que nacieron en las páginas de una novela de vaqueros.

​Él fue el peje silencioso de Villa Canto, cuya memoria, para quienes lo conocieron, es una fuente inagotable de sapiencia, conocimiento y, sobre todo, una franca y sonora risa de rememoranza.

Capelao, Dios te tenga en una habitación en el cielo, hasta que llegue la anunciada resurrección.

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