Por Manuel Antonio Vega
En el submundo de la delincuencia dominicana, existen nombres que se olvidan y otros que se graban a punta de puñal.
El de Danny 45 pertenece a los segundos. No era un simple reo; era el dueño de la voluntad ajena en un lugar donde la piedad no tiene espacio.
Juan Francisco de los Santos, apodado «Radamés» por su círculo íntimo, era la personificación del desafío.
Se decía que no conocía el miedo, una cualidad que en La Victoria es más valiosa que el oro.
Su apodo, «45», arrastraba dos leyendas: la de una condena sumada de 45 años tras una fuga audaz, y su obsesión casi religiosa por las pistolas de calibre 45, llegando al extremo de desarmar a oficiales para sentir el peso de ese acero en sus manos.
En su época delincuencial, ya dentro del penal alcanzó ascenso en la Celda de Castigo, llegando a obstentar el «Poder Absoluto».
Su dominio no nació de la suerte, sino del caos, pues durante el régimen de hierro del Coronel Díaz Pérez, Danny soportó los «dobletazos» y «tripletazos» (palizas sistemáticas) con una indiferencia que aterraba a los guardias.
El dolor parecía no tener efecto sobre él.
Cuando el penal estalló en motín y el régimen de Díaz Pérez cayó, Danny fue liberado de una celda de castigo por sus propios compañeros.
Ese fue el error de muchos: liberar al depredador alfa.
Cuentan que en poco tiempo, Danny 45 no solo era un preso; era el «Control».
Bajo su mando, La Victoria se convirtió en un feudo personal.
Danny instauró un sistema de impuestos donde cada respiro dentro del penal tenía un precio, pues acomtecía que mientras otros morían de hambre, él vivía como un rey, teniendo caja fuerte con dinero, producto de los impuestos cobrados los reos; alcanzó riqueza.
Era el único reo del penal que lucía cadenas de oro grueso y manejaba fajos de billetes que superaban el sueldo de cualquier alcaide en el penal.
Sobrevivientes aseguran que desde su celda, financió y dirigió la construcción de la casa de su madre, un monumento a su poder fuera de los muros.
Entre las paredes creó a especie de nau «Guardia Pretoriana», al rodearse de un escuadrón de reos leales que ejecutaban sus órdenes sin cuestionar, desplazando y humillando a cualquiera que le hiciera sombra.
Usó su insaciable poder no solo para controlar el penal, sino que a los presos que llegaban nuevos, lo violaba analmente.
Luego de abusar sexualmente de los reos, a quienes llamaba «carne fresca», ordenaba ndarlenunancamisa de palos; en algunos de los casos su seguidores también probaban analmente a los presos abusados por Dany 45.
El día que le llegó el fin de su reinado, se armó una poblada en el penal en contra de los abusos que practicaba en contra de los campañerosmde cárcel.
Unas 90 puñaladas atrevesaron su pequeña anatomía.
Fue un final de Leyenda, pues el poder absoluto llegó ancultivar un resentimiento absoluto en su contra.
El plan en contra de su existencia fue planificado por aquellos que Danny expulsó de su territorio.
Se agruparon bajo el mando de Aquilito, un reo que fue venado, humillado por Dany 45, después nde haberle sido fiel y ayudarlo a tener control del penal.
El penal se dividió en dos ejércitos invisibles hasta que la tensión rompió el dique, alcanzando la peor pero parte el psicopata.
El 10 de mayo de 1995, el destino le cobró la factura y de mala manera.
Cuentan que, al verse rodeado, sus lugartenientes lo abandonaron, dejándolo solo frente a una horda sedienta de venganza.
Danny 45 no suplicó, peleó como el «varón» que sus amigos describían, enfrentando a una multitud armada de chuzos y machetes.
El que no pegaba una puñalada o una trompada, pegaba una patada, hasta derribarle al suelo.
El legista que partició en el levantamiento dee cuerpo, certificó que recibió más de 90 puñaladas.
Fue un final frenético, una carnicería que cerró el capítulo del que muchos consideran el bandido más temido de la historia dominicana, superando en mística incluso a figuras como Florián Félix.
¿Por qué su nombre sigue vivo?
A casi 31 años de su muerte, Danny 45 es un mencionado por encabezar una época en la que las prisiones dominicanas eran «estados dentro del Estado».
Su historia es la de un hombre que, incluso encadenado, logró que el mundo exterior le temiera.
Se llegó a especular que a operar células o grupos de delincuentes que operaban como sicarios en los barrios capitalinos..







