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Doña Tinda, la partera de «manos de seda» que trajo a la vida a más de mil 200 niños/as en Hato Mayor

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

​En el corazón de Hato Mayor del Rey, donde la fe católica y las tradiciones ancestrales se entrelazan, el nombre de Doña Tinda Santana no es solo un recuerdo, es una leyenda institucional.

Casada con Chiquito Martínez y madre de Odaris y Alneris, esta mujer no solo construyó casas en la calle Padre Peña; edificó un santuario para la vida en una época donde los hospitales eran un lujo lejano y la ciencia aún no desplazaba a la vocación.

​Desde 1930, se estima que más de 1,200 niños llegaron al mundo guiados por sus manos.

No era solo una partera; era la arquitecta de las familias hatomayorenses.

​La Clínica de la Calle Padre Peña

​A diferencia de otras comadronas rurales, Doña Tinda profesionalizó su empirismo, pues en las viviendas No. 56 y 58, frente a la parroquia Las Mercedes, habilitó una clínica privada equipada con camillas, bisturís y sábanas siempre blancas.

Allí, el rigor médico se mezclaba con el cuido maternal.

​»Eran sus viviendas, pero también su clínica. Internaba a las mujeres hasta por tres días antes del parto y las despachaba con las reglas estrictas de los 41 días», relata el abogado Héctor Rodríguez Severino (Machales), quien hoy reside en una de aquellas históricas paredes.

Allí, en habitaciones de una pulcritud monacal, las mujeres se internaban tres días antes del gran suceso.

Se entregaban a ella como quien se entrega a una capitana en medio de la tormenta.

​El impacto de su labor se mide en las generaciones que hoy cuentan su historia.

Ingrid Daysi Santana Contreras es una de las miles que pueden decir que «vieron la luz» gracias a ella.

​»Doña Tinda fue la encargada de acompañar a mi mami en el nacimiento de sus 11 hijos. Recuerdo a mami hablar tan hermoso de esa doña; me trae mucha nostalgia ver su rostro. Que Dios las tenga a ambas en un hermoso lugar», comenta Santana Contreras en su cuenta de Facebook, conmovida.

​Para Tinda, no había distinción de clases, pues atendía por igual a la alta sociedad que a los desposeídos.

Aunque su tarifa solía rondar los 20 o 25 pesos —una fortuna para la época—, su verdadera moneda era la solidaridad.

Realizaba hasta seis partos en un solo día y, con frecuencia, su factura terminaba siendo una sonrisa de agradecimiento para quienes no tenían con qué pagar.

​Ciencia empírica y alianzas médicas

​A pesar de no tener un título universitario, su ética era inquebrantable.

Reconocía sus límites y mantenía una alianza estratégica con el Dr. Luis Caram.

Cuando un parto se complicaba, Tinda no dudaba en buscar al profesional, demostrando que su prioridad siempre fue la seguridad de la madre y el infante.

​Curiosamente, esta mujer valiente que no temía a la sangre ni al dolor, guardaba un temor infantil: las luciérnagas.

Por eso, prefería los partos diurnos y evitaba las salidas nocturnas, una de las pocas debilidades de una figura que el pueblo percibía como invencible.

​El iitual del reposo en Los 41 Días

​Doña Tinda era guardiana de «El Reposo» o Riesgo, un periodo sagrado de 41 días (el puerperio) donde la mujer debía seguir reglas estrictas para garantizar su recuperación.

En el Puerperio, la sabía mujer prohibía a las parturientas lavarse la cabeza, no quitarse
tapones de algodón de los oídos, y le restrimgía
frutas como el mamey o la piña.

​Instruía a las parturientas el tratamiento natural del cordón umbilical, dejando que secara por sí solo durante 9 días.

​Su casa era el Santuario de la Vida

​No tenía un título colgado en la pared, pero tenía la ciencia escrita en las yemas de sus dedos.

Sus casas no eran simples viviendas; eran estaciones de paso entre el misterio y el mundo.

​Un Oficio que se Desvanece

​La llegada de la ginecología moderna y el acceso de los hombres a las universidades durante el siglo XX fueron desplazando a estas «doctoras reales».

Lo que antes era un saber transmitido de madres a hijas, fue etiquetado como «brujería» por algunos o simplemente ignorado por la ciencia oficial.

​Sin embargo, en Hato Mayor, el legado de Doña Tinda permanece intacto.

Ella no solo ayudó a nacer a individuos; ayudó a nacer a un pueblo entero.

En un mundo que hoy parece dominado por el egoísmo, su figura se alza como un recordatorio de una época de mayor respeto y entrega.

​Como bien concluye la memoria colectiva del pueblo: «Sus manos pusieron a nacer y también a crecer a Hato Mayor».

Falleció en tercer segundo quinquenio del siglo XX en Hato Mayor, dónde se sepelio comstituyó una manifestación de gratitud, así como recuentos y remembranzas de los hijos de Hato Mayor del Rey.

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