Por Manuel Antonio Vega
Nadie en Sabana de la Mar te dará señas si preguntas por Eduardo Morillo. Es un nombre tan ajeno y desconocido para la mayoría de los nativos como el de un forastero cualquiera.
Pero basta con que asomes la cabeza al pueblo y preguntes por «El Chino», para que las miradas de inmediato te dirijan hacia el lugar correcto: se trata, sin discusión, del friturero más famoso y, quizás, el más icónico del costero municipio.
Por más de 24 años, El Chino ha sido el sabor y el despertar de Sabana de la Mar.
Su cuartel general es un puesto callejero e informal, estratégicamente situado en la famosa Rotonda, justo frente al destacamento de la Armada Dominicana, en la salida que conduce hacia Miches.
Desde allí, con el sol apenas despuntando, comienza a escribir su jornada culinaria.
La Mañana y el Secreto del Sazón
Fiel a su rutina, El Chino se levanta a las 6:00 de la mañana. Una hora después, a las 7:00 en punto, el humilde negocio ya está en plena faena.
Los sartenes y calderos chisporrotean, llenos de la especialidad que lo ha hecho leyenda: fritos de plátano y patata —que él mismo se encarga de pelar y picar—, acompañados de la «metura» perfecta: rodajas de salami, salchicha y longaniza.
Es un artesano de la fritura, pero su verdadero sello distintivo no está en el aceite, sino en el toque final: el «Gutibiris».
Este aderezo casero, una mágica mezcla de vinagre con pimientos y agrio de naranja, es rociado generosamente sobre los alimentos.
Es ese chin de Gutibiris lo que transforma una simple fritura en un manjar que la gente aclama desde que el sol empieza a enfocar el pueblo.
Un corazón grande en un negocio humilde
A pesar de su fama y de vender copiosamente los siete días de la semana, la bonanza material de El Chino es modesta. Su hogar es apenas una casita techada con zinc viejo, evidencia de que trabaja, como tantos, para «comer en el día».
Sin embargo, su verdadera riqueza reside en su generosidad.
Nadie en Sabana de la Mar se va sin probar su fritura. Y no es solo por el delicioso sabor. Es porque Eduardo Morillo, El Chino, ha incorporado la caridad a su menú. A aquel que no tiene dinero, le regala «algunos granos de fritos» o le fía la comida hasta la próxima visita.
Así, este nativo del costero municipio, cuyo nombre legal nadie conoce, se ha ganado la lealtad y el cariño de todo un pueblo.
Él es más que un friturero; es una institución, un punto de referencia y un ejemplo de que en Sabana de la Mar, el corazón del negocio late justo en la Rotonda, al ritmo burbujeante de un caldero y el sabor incomparable del Gutibiris.
Si va a Sabana de la Mar, recuerda pasar por la fritura de El Chino.







