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El Dulce aroma de la entrega: Cristobal Castillo y el ritual de la Esperanza

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​El sol de marzo ya se apagaba ayer jueves sobre Hato Mayor con esa intensidad que anuncia la tregua de la Semana Mayor.

No era un día cualquiera; en el aire ya flotaba el perfume imaginario de la canela y el clavo dulce. Cristóbal Castillo, con el paso pausado de quien conoce cada rincón de su tierra, no solo llevaba insumos en las manos, sino que cargaba con una tradición que se niega a morir en el fogón de los más humildes.

​El Camino de la Tradición

​La travesía comenzó donde el mar besa la costa y el verde se vuelve espeso.

En Sabana de la Mar y El Valle, el senador se confundió con su gente. Allí, entre sonrisas curtidas por el trabajo, aparecía el gesto que completaba el milagro: el «sobresito», ese alivio de papel que aseguraba que al caldero no le faltara fuego ni alegría.

​»La política es un servicio, pero la tradición es un lazo que nos une el alma», parecía decir cada apretón de manos dado a los beneficiarios.

​Un Desfile de Voluntades

​Al llegar el jueves, la caravana de la solidaridad surcó los caminos de Los Hatillos y se internó en la quietud de Guayabo Dulce.

En Yerba Buena y Mata Palacio, las mujeres recibían los kits como quien recibe una semilla de paz.

A su lado, su hija Crisel actuaba como el relevo de una sensibilidad que se hereda, tejiendo juntas la red de apoyo de la Oficina Senatorial.

​En el municipio cabecera, la escena cobró una magnitud épica.

Cientos de rostros, una sola esperanza: asegurar que el Viernes Santo no fuera un día de carencias, sino el epicentro del sabor dominicano.

Las habichuelas con dulce, más que un postre, se convertían bajo la gestión de Castillo en un símbolo de resistencia cultural.

​La Palabra y el Reposo
​»Nuestro compromiso es estar donde late la necesidad», expresó el legislador, mientras el bullicio de la entrega se transformaba en un murmullo de agradecimiento.

Pero tras el reparto, vino la advertencia del padre, del vecino, del líder: prudencia.

​Mientras las familias regresaban a sus hogares con el combo bajo el brazo, Cristóbal Castillo dejaba tras de sí algo más que provisiones.

Dejaba la certeza de que, en Hato Mayor, la fe se cocina a fuego lento, con reflexión y con la mano amiga de un senador que entiende que gobernar es, ante todo, compartir el pan (y el dulce) con su pueblo.

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