Por Manuel Antonio Vega
HATO MAYOR.- Dicen que veinte años no son nada. Pero para Fermín Mota, haber pasado cincuenta y cinco años empuñando la cuchilla, calibrando la balanza y sirviendo la mesa de su comunidad, es una hazaña que solo puede calificarse de titánica.
En el vibrante corazón del Mercado Municipal de Hato Mayor, Fermín es más que un carnicero; es una institución.
El reconocimiento más reciente a esta duradera labor no fue en el ruidoso ambiente de la Carnicería La Ponderosa, sino bajo los focos de la UASD.
En la inauguración de Expo Carne, el Clúster Ecoturístico Hato Mayor detuvo el tiempo para honrar al hombre nacido en el paraje Los Jíbaros, sección El Manchado.
Con la emoción a flor de piel, Fermín tomó el micrófono. «Llevo 55 años dando corte a los distintos tipos de carne, y prometo seguir picando hasta que Dios me lleve de este mundo,» expresó con una voz cargada de historia.
La exactitud del hombre tranquilo, lo representa
Fermín Mota, porque es de esa estirpe de tablajeros que no le regatean al tiempo.
En La Ponderosa, su labor diaria es una liturgia de precisión, rompiendo reses y fileteando porciones con la maestría forjada a través de décadas.
Entre Fermín y la balanza, hay una semejanza profunda: son exactos en la forma de medir y actuar.
No es ruidoso, ni amigo de la ostentación, quizás esa serenidad inusual es lo que ha cimentado una clientela tan fiel.
Es un maestro de la empatía, con esa rara capacidad de identificarse con su cliente, de compartir un sentimiento mientras corta y envuelve la carne.
La placa recibida, confesó, no lo hace «más grande, ni poseer riqueza,» pero sí lo «estimula a seguir trabajando y ser honrado en la sociedad de Hato Mayor del Rey.»
El Abrazo del Pueblo
El delirante aplauso que siguió a sus palabras fue el verdadero premio, una atronadora ovación que denotaba el cariño y la admiración profunda que su pueblo siente por el hombre de trabajo.
Cuando descendió de la tarima, las palabras y los abrazos se multiplicaron, pues la gente lo detenía en el campus universitario para estrecharle la mano, darle muestras de respeto, y felicitarlo por su honestidad y la asombrosa duración de su trayectoria.
»Tengo 55 años y seguiré cortando carne,» repitió, pero esta vez la emoción lo superó. La voz se le escuchó entrecortada y por sus mejillas, curtidas por el tiempo, se mojaron con lágrimas que lo dejaron casi mudo, un testimonio mudo del profundo impacto que tuvo en él el reconocimiento público a una vida dedicada a un oficio.
Fermín Mota, el carnicero de 55 años de servicio, se retiró esa noche sabiendo que había cortado mucho más que carne: había forjado una leyenda de trabajo y honradez en Hato Mayor.
Te admiro y respeto viejo Fermín.







