Por Manuel Antonio Vega
HATO MAYOR.- El sol mañanero del martes 10 de diciembre de 2025 ya empezaba a calentar las calles de Hato Mayor del Rey, pintando de oro el sector Las Guamas.
Frente a la activa bomba Texaco, en la calle San Antonio, la boutique Chio Glam de Rocío Fabiana Javier Cordones abría sus puertas a un día que prometía ser como cualquier otro.
Dentro, entre maniquíes esbeltos y perchas repletas de moda, Franyelis Robles, la empleada, se afanaba en los preparativos.
Los pantalones de alta calidad, a RD$2,200 la pieza, brillaban, esperando a sus dueñas.
El aire olía a tela nueva y a los efluvios de combustible de la estación de enfrente.
A eso de las 10:25 a.m., el portal se abrió, anunciando la llegada de dos clientas inusuales.
Eran Daiana y «La Negra», según se sabría después.
La atmósfera de Chio Glam se volvió, imperceptiblemente, un escenario.
«La Negra» tomó el papel de distracción, envolviendo a Franyelis en una conversación trivial o una consulta sobre un artículo, mientras Daiana se movía con una calma estudiada entre los displays de pantalones.
El truco era simple, pero audaz: Daiana vestía una falda amplia, prenda que se convirtió en una bolsa oculta, una caverna para la mercancía.
Con una habilidad pulida, tomaba los pantalones de las perchas y, discretamente, los deslizaba bajo la tela holgada de su falda.
No fue un asalto relámpago, sino una coreografía de paciencia y repetición, entre el mirar y seleccionar de cada piezas hurradas.
Las mujeres salían, cargadas en silencio, y regresaban una y otra vez.
Entraron y salieron de Chio Glam en al menos cinco ocasiones, y en cada visita, cargaban con una cosecha de pantalones, cada despedida un adiós silencioso al dinero de Rocío.
Nadie sospechó la amplitud de la falda, la calma de los movimientos, ni el sigilo de las idas y venidas de las arpías.
Cuando el mediodía se acercaba y las siluetas de Daiana y «La Negra» desaparecieron por última vez, se esfumaron en un vehículo Daihatsu color gris, placa AA92473.
Se llevaron consigo el equivalente a más de cincuenta piezas de inventario, dejando un vacío en las perchas que se traduciría en una pérdida total de RD$114,000 pesos.
El descubrimiento del desfalco golpeó a Rocío Fabiana Javier Cordones con la amargura de un robo silenciado.
Las perchas vacías eran la prueba de una astucia criminal que había operado bajo sus propias narices.
Las cámaras de seguridad del negocio y las adyacentes desenredaron el hurto, realizado con asechanzas, ñremeditaciony y alevosía.
Si no existieran esos artefactos con la magia de registrar en movimientos e imagen que se producen dónde están instaladas, se podría calificar el robo «como perfecto».
La mañana tranquila se había transformado en un incidente que ahora esperaba la intervención de la Procuraduría Fiscal, mientras la comerciante de Hato Mayor clama por justicia y el paradero de las ladronas de las faldas anchas.







