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El rugido del agua y el silencio de la desidia

Fecha:

Manuel Antonio Vega

El cielo de Santo Domingo no avisó; simplemente se desplomó en agua.

Desde la madrugada del miércoles, las nubes, cargadas con el peso de seis meses de sequía comprimida en pocas horas, se rompieron sobre una metrópoli que, bajo su maquillaje de rascacielos y asfalto, esconde una osamenta de tuberías obsoletas y olvido.

No es solo lluvia. Es el recordatorio líquido de una deuda que las autoridades arrastran por décadas.

Mientras el agua subía en el Kilómetro 12 de Haina y las cañadas de Guajimía reclamaban su espacio con un rugido de lodo y desperdicios, se hacía evidente que el Gran Santo Domingo no es más que una escenografía frágil cuando la naturaleza decide pasar balance.

Un diseño para un ayer que ya no existe

Los expertos lo gritan en cada foro, pero sus voces se ahogan en el chaparrón.

Estamos intentando drenar una furia de 300 milímetros con un sistema diseñado hace medio siglo, cuando el cambio climático era apenas una teoría lejana.

Hoy, el geólogo Osiris de León lo advierte con crudeza: la capacidad de desagüe debe multiplicarse.

Sin embargo, la inversión parece haberse quedado estancada en el mismo lodo que hoy cubre los ajuares en Villa Mella y Los Alcarrizos.

La realidad es amarga: el drenaje no da votos porque no se ve. Es una obra enterrada, invisible al lente de la propaganda política, y por eso se posterga.

Se prefiere el asfalto que brilla al sol que la alcantarilla que salva vidas en la tormenta.

Pero hoy, ese «orgullo» urbanístico es una trampa. La avenida Luperón y la John F. Kennedy no eran vías de tránsito; eran ríos de impotencia donde los vehículos flotaban como barcos de papel a la deriva.

El costo humano de la negligencia va
más allá de las cifras de Indomet, está el drama de «Las 800» y de Arroyo Hondo.

Allí, donde la lluvia no pide permiso, el saneamiento ausente se traduce en llanto.

Es la madre que ve cómo el agua sucia invade su cama; es el trabajador que contempla su vehículo —su herramienta de vida— sumergido hasta el techo.

No es un accidente, es una consecuencia.

Es el resultado de permitir que Santo Domingo Oeste creciera sobre cañadas sepultadas, de ignorar que el suelo tiene memoria y de mantener una gestión reactiva que solo aparece cuando el desastre ya es portada de periódico.

El veredicto de la tormenta

Las autoridades no pueden seguir escudándose en la «excepcionalidad» del clima.

Si sabemos que el cielo ha cambiado sus reglas, es criminal seguir jugando con las mismas piezas del pasado.

El saneamiento pluvial no es un lujo técnico, es un imperativo ético.

Mientras el sol vuelve a salir tímidamente tras la vaguada, queda en el aire una pregunta espesa como el lodo que aún ensucia nuestras calles: ¿Esperaremos al próximo diluvio para comprender que una ciudad que no sabe respirar bajo el agua está condenada a morir por asfixia?

La desidia, al igual que el agua estancada, termina por pudrirlo todo.

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