Por Manuel Antonio Vega
La madrugada en el sector Vista al Valle no se despidió con el rocío habitual, sino con el estruendo de la pólvora de arma de fuego.
En la sección Camino al Medio, donde el tiempo suele transcurrir entre el murmullo de los amigos y el aroma del café nocturno, la violencia decidió escribir un capítulo amargo.
Cristopher López, un joven de apenas 19 años —esa edad en la que la vida parece un libro apenas abierto—, se encontraba sentado frente a la cafetería D’Eliana.
No había presagios en el aire; solo la complicidad de una charla entre amigos bajo la luz mortecina de la calle.
La tragedia no avisó. No hubo discusiones previas ni advertencias. De las sombras emergieron figuras cuyo único lenguaje fue el fuego.
Sin mediar palabra, el silencio de la noche se rompió con una ráfaga de disparos que buscaban, con precisión cruel, la humanidad de Cristopher.
En un acto desesperado de supervivencia, el instinto guio sus pasos hacia el interior de la cafetería.
Buscaba paredes que lo protegieran, un refugio que se tornó en trampa, pues uno de los atacantes, movido por una determinación implacable, cruzó el umbral tras él.
Allí, entre mesas y sueños rotos, se escucharon los últimos estallidos que sentenciaron su destino.
Mientras la policía recolectaba más de cinco casquillos de pistola —fríos testigos metálicos de la saña—, la vida de Cristopher se escapaba en el trayecto al Hospital San Vicente de Paúl.
Llegó al centro hospitalario no como el joven lleno de energía que era minutos antes, sino como una víctima más de una violencia que no conoce de calendarios ni de piedades.
»El sector hoy no despierta con el sol, sino con el peso del silencio que dejan las armas.»
Ahora, mientras el cuerpo de Cristopher permanece en la frialdad de la morgue para los protocolos de autopsia, las autoridades rastrean las sombras de San Francisco de Macorís.
La comunidad observa, con una mezcla de miedo e indignación, cómo la lista de vidas truncadas suma un nombre que apenas empezaba a escribir su historia.
La investigación está en marcha, pero en las calles de Vista al Valle, la pregunta sigue flotando en el aire: ¿cuándo dejará el plomo de ser el punto final de la juventud







