Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor del Rey ha perdido el aroma de su café más dulce. No era un café de grano selecto lo que atraía a los vecinos a la modesta vivienda de María Consuelo Santana Viuda Mateo, sino el ingrediente invisible que ella vertía en cada taza: una empatía inagotable que desafió al tiempo durante un siglo entero.
A sus 100 años, «Doña Penché» —como la bautizó el afecto popular con un apodo cuyo origen se perdió en la bruma de los años pero cuya calidez todos entendían— seguía siendo el faro de dignidad y decoro de su comunidad. Su existencia no fue simplemente larga; fue una cátedra abierta de cómo habitar el mundo sin permitir que la amargura echara raíces en el alma.
Una casa de puertas abiertas
Decir que su casa era «la casa del pueblo» no es una metáfora. Desde que el sol despuntaba sobre los llanos del Este, Doña Penché convertía su hogar en un santuario de hospitalidad.
Jamás se le vio el rostro desfigurado por el enojo ni la palabra teñida de aspereza.
Al contrario, incluso con el peso de un centenario sobre sus hombros, nunca descuidó el glamour de la atención: ese arte de recibir al otro con una sonrisa impecable y la disposición de escuchar como si el tiempo no existiera.
Fue una madre ejemplar que no solo crió hijos, sino ciudadanos de bien. A los ingenieros Hernán (Chico) y Puchy, a Tati, Minerva, Chino, Pole y María Elena, les tatuó en el espíritu una máxima que hoy es su mejor herencia: «practicar el bien sin mirar a quién».
Ese legado sobrevive también en la memoria de Margot y Javier, quienes ya le esperan en la eternidad.
El eco del adiós en las redes sociales
Desde que se conoció la noticia de su partida, las redes sociales se han convertido en un mural de nostalgia y gratitud. Los mensajes fluyen como un río de anécdotas que confirman su impacto:
»Se nos fue la abuela de todos. Esa mujer era un terrón de azúcar en medio de tanta gente amargada», escribía una vecina en Facebook.
En los grupos de WhatsApp de Hato Mayor, la atmósfera es de una tristeza respetuosa. «Hato Mayor amanece más frío hoy.
¿Quién nos dará ese café con tanto cariño?», comentaba un joven que recordaba haber pasado por su casa desde que era niño. Los comentarios coinciden en un punto: Doña Penché era la personificación de una época donde la cortesía era ley y el respeto, la base de la convivencia.
El último adiós
Los restos de esta dama centenaria están siendo expuestos en la Funeraria San Miguel, en la avenida Independencia. Allí, entre coronas de flores y el murmullo de quienes fueron tocados por su bondad, se celebrará un culto evangelístico para honrar su fe y su paso por la vida.
A las 4:00 de la tarde, el cortejo fúnebre partirá hacia la comunidad de Los Hatillos, tres kilómetros al sur de la ciudad, donde recibirá cristiana sepultura.
Para asegurar que nadie se quede sin darle el último adiós, la familia ha dispuesto servicio de transporte gratuito hacia el camposanto.
Se va Doña Penché, pero se queda su ejemplo. Se apaga una vida de cien años, pero se enciende una leyenda de bondad en cada rincón de Hato Mayor que alguna vez olió a su café y se iluminó con su sonrisa. Paz a su alma.







