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El último trayecto de «Jorgito», el brazo trabajador que el Batey Cañada del Negro no olvidará

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Por Manuel Antonio Vega

​En el Batey Cañada del Negro, la noticia no llegó por los medios, sino por el grito de un vecino y el silencio repentino de una motocicleta que nunca terminó de llegar.

Félix Antonio Díaz, el «Jorgito» de todos, no era solo un nombre en una cédula; era el motor de una familia y el ejemplo de una juventud que en El Seibo se niega a rendirse.

​Un viernes de sudor y esperanza
​La jornada de Jorgito había comenzado temprano, como siempre, cuando el rocío aún moja los campos de la finca en el Batey Carlos Torres.

Quienes trabajaron con él ese último viernes lo recuerdan igual que siempre: de pocas palabras pero de mucha acción, manejando las herramientas agrícolas con la destreza de quien sabe que el pan se gana con el lomo doblado.

​»Él no se quejaba del sol», comentaba un compañero de faena. Jorgito representaba esa estirpe de hombres rurales que ven en el campo su destino y su orgullo.

Al terminar la tarde, se sacudió el polvo, montó su motocicleta y emprendió el viaje de vuelta, quizás pensando en el descanso del fin de semana o en el abrazo de los suyos.

​La tragedia que nadie previó

​El camino de Las Callas es una ruta transitada por cientos de trabajadores, pero ese cable de alta tensión, desgastado por el tiempo o el azar, decidió ceder justo en su segundo de paso.

El impacto no solo apagó su vida de forma inmediata; apagó también una de las sonrisas más serviciales de la sección Mata de Palma.

​En la escena del hecho, el cuadro era desgarrador, pues la motocicleta, el medio de transporte que simbolizaba su independencia, tirada a un lado.

​Las manos, esas mismas manos que horas antes sembraban o cosechaban, ahora estaban inertes por una descarga que no debió ocurrir.

​En la comunidad, se formó un cordón humano de hombres y mujeres con sombreros de paja y rostros curtidos por el sol, unidos por un asombro doloroso.

​Su muerte dejan un vacío difícil de llenar, porque
​para los habitantes de Cañada del Negro, Jorgito era el joven al que podías pedirle un favor y siempre recibías un «sí».

Su servicialidad era su marca personal, pues en un entorno donde la vida es dura, figuras como la de él son el pegamento que mantiene unida a la vecindad.

​Hoy, las conversaciones en las esquinas de El Seibo no hablan de voltajes ni de postes defectuosos; hablan de la injusticia de que el trabajo no siempre garantice el regreso a casa.

​Félix Antonio Díaz, a quien todos llamaban con afecto «Jorgito», regresaba cansado.

Sus botas y su ropa aún cargaban el rastro del polvo de la finca en el batey Carlos Torres, donde había pasado la jornada doblando el lomo en labores agrícolas.

No era un camino nuevo; era la ruta de siempre hacia su hogar en Cañada del Negro.

​Sobre la carretera, el peligro colgaba de un hilo. Sin previo aviso, el tensor de un poste cedió. Lo que siguió fue una combinación macabra de azar y tragedia: el cable de alta tensión, cargado con una fuerza invisible y letal, se desprendió justo cuando la motocicleta de Jorgito pasaba por el lugar.

​No hubo tiempo para frenar, ni espacio para el esquive.

El cable impactó su cuerpo, descargando miles de voltios en un segundo eterno. La muerte, según el silencio que sobrevino después, fue instantánea.

​La motocicleta quedó tendida a un lado, como un testigo mudo de la interrupción de una vida.

Alrededor del cuerpo de Jorgito, el murmullo de los vecinos se convirtió en un lamento colectivo.

​»Era un muchacho de trabajo, siempre dispuesto a servir», repetía un comunitario mientras observaba el cordel de seguridad que las autoridades empezaban a instalar.

​La llegada de los familiares desgarró la atmósfera.

El contraste era cruel: un hombre joven que solo buscaba el descanso tras el trabajo, yacía ahora bajo el mismo tendido eléctrico que debería dar luz a sus noches.

​Mientras las autoridades realizaban el levantamiento del cadáver bajo la mirada sombría de los presentes, el ambiente en El Seibo se teñía de una mezcla de tristeza e impotencia.

En Mata de Palma, la muerte de «Jorgito» no es solo una estadística de accidentes eléctricos; es la pérdida de un eslabón vital en la cadena de una comunidad trabajadora.

​La noche cayó finalmente sobre Las Callas, pero esta vez con un peso distinto.

En el batey Cañada del Negro, hoy no hay luz que consuele la ausencia de Félix Antonio Díaz.

Su muerte de deja un vacío en el surco, una silla vacía en el batey y un luto profundo en el corazón de una comunidad que hoy llora a uno de sus hijos más

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