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Enrique Vargas era corresponsal que tenía arte para «Josear» la noticia en Puerto Plata.

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Por Manuel Antonio Vega

​En la «Novia del Atlántico», donde el mar ruge y la brisa suele traer chismes y salitre, hubo un hombre que convirtió el periodismo en un ejercicio de resistencia física.

Enrique Vargas no era un periodista de escritorio, de esos que esperan que la nota llegue por boletín de prensa; Enrique era un «joseador».

​Para los que no conocen el término en el argot dominicano, el joseo es la lucha incansable, es buscarse la vida con las uñas, y en el caso de Vargas, era buscar la primicia antes de que el sol terminara de salir por la Isabel de Torres.

​Un jombre, 10 carnets

​Si algo definía la estampa de Enrique en las calles de Puerto Plata, era su pecho blindado. No por un chaleco antibalas, sino por la colección de carnets que colgaban de su cuello.

Decían sus colegas, entre risas y respeto, que Enrique era una agencia de noticias humana.

Representaba a El Nacional, Ultima Hora, Telemicro, a Radio Popular y a cualquier micrófono que estuviera dispuesto a amplificar la voz de los que no tienen acueducto o tienen las calles rotas.

​En las décadas de los 80 y 90, cuando no existía el Twitter (X) ni los grupos de WhatsApp, la inmediatez tenía nombre y apellido. Si Última Hora no tenía la foto, era porque Enrique aún estaba revelando el rollo; si Noti Tiempo lanzaba un extra, era la voz de Vargas
la que traía el reporte desde el corazón de su pueblo costero.

​Vargas entendió que el periodismo de provincia es, en esencia, un servicio social.

Su «joseo» no era por ego, sino por compromiso.

Sus botas se gastaron denunciando la falta de luz y el abandono de los barrios.

Era un tipo afable, de sonrisa fácil incluso cuando el riñón o la salud le empezaban a pasar factura.

​Su trayectoria de 39 años es volver a una época dorada —y sufrida— del periodismo radial y escrito.

Un tiempo donde el reportero era un vecino más, alguien que sufría el mismo apagón que denunciaba.

​El pasado jueves, en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Ricardo Limardo, el «joseador» soltó finalmente la grabadora. A pocos meses de cumplir sus 70 años, tras una batalla quirúrgica que le arrebató el apéndice y un riñón, su cuerpo dijo basta.
​Se fue el hombre que venció limitaciones para informar.

Se fue el nativo de Río San Juan que adoptó a Puerto Plata y la defendió con la pluma y el micrófono.

​»Se acabó el combate», dijo su colega Rafael Díaz Gómez.

​Mientras el sistema de justicia dominicano sigue siendo lento y pesado —como bien denunciaba el Arzobispo Morel Diplán en otros contextos de tragedia nacional—, hombres como Enrique Vargas fueron siempre el contrapeso: la velocidad, la insistencia y la verdad de a pie.

​Paz a sus restos. La primicia hoy le pertenece al cielo.

​Esta crónica rinde homenaje a un periodista que demostró que para ser grande en la comunicación no se necesita un gran set de televisión, sino un gran corazón y muchos carnets de trabajo.

Lo conocí por allá por el segundo quinquenio de la década de 1980, cuando visitó mi hogar en Hato Mayor del Rey.

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