Por Manuel Antonio Vega
El año 2025 no murió de forma natural en las tierras del Cibao; fue asesinado en la oscuridad de un matorral.
Mientras el resto del país brindaba por la llegada del 2026, en la comunidad de Don Pedro, en Santiago, el silencio de la noche ocultaba un cuadro de horror que ni la ficción más retorcida se atrevería a firmar.
Una ruta sin retorno
Reymi Tomás Rodríguez y Rodolfo Martínez no buscaban problemas, buscaban el sustento diario para su familia.
Salieron de Nagua con la rutina del cobrador de préstamos: una lista de nombres, una ruta que atravesaba Tamboril y Licey al Medio, y la promesa de volver a casa.
Pero en el mundo de los préstamos, a veces el interés se paga con sangre.
El 31 de diciembre, cuando el sol se ocultaba, sus rastros se borraron.
No hubo llamadas de «feliz año», solo un vacío gélido que comenzó a devorar la esperanza de sus familias.
El descenso al abismo ocurrió entre su desaparición y el hallazgo parece extraído de una película de torture porn.
No fue una muerte rápida. Los detalles que emergen de la investigación pintan una escena dantesca: golpes secos de palos contra huesos, cuerdas que quemaban la piel en amarres desesperados y el estallo de proyectiles que pusieron fin a una agonía prolongada.
Los victimarios no se conformaron con la muerte; buscaron el anonimato de la tierra.
En un rincón olvidado, detrás de una vivienda donde el tiempo parecía haberse detenido, cavaron una fosa común.
Un solo agujero para dos vidas.
Un entierro clandestino bajo el manto de unos matorrales que, por tres días, guardaron el secreto más oscuro de la zona.
EL climax de la tragedia llegó con el hallazgo en la penumbra el
viernes, 7:30 de la noche.
La oscuridad de Santiago se volvió más densa cuando las palas chocaron con algo que no era piedra.
Bajo la tierra, aparecieron, y el estado de los cuerpos era tal que la identidad se sostenía apenas por hilos de memoria y ADN.
«Irreconocibles», fue la palabra que cortó el aire como un cuchillo.
Agustín Rodríguez, el padre de Reymi, recibió la noticia que ningún progenitor debería procesar: su hijo estaba en un hoyo, martirizado.
Cerca de allí, ciudadanos haitianos que residían en la propiedad colindante eran detenidos, mientras el misterio del «por qué» seguía flotando en el aire viciado del Inacif.
Un adiós sin rostro
El horror tiene una última crueldad: el robo de la despedida.
Marlin Rojas, la madre de Reymi, llora frente a un edificio de ciencias forenses, sabiendo que no habrá un ataúd abierto, no habrá un último beso en la frente, no habrá un velatorio digno.
»Me lo torturaron… necesito saber por qué», clama ella hacia el cielo de Santiago.
Del Inacif irán directo al cementerio, sin escalas, sin flores sobre el pecho.
Solo el peso de una injusticia que clama por respuestas mientras las autoridades intentan armar el rompecabezas de una ejecución que ha dejado a Nagua sumida en un luto de sombras.
La película de terror terminó para los asesinos, pero para las familias, los créditos de dolor apenas comienzan a rodar.







