Por Manuel Antonio Vega
Hato Mayor del Rey es una cantera inagotable de personajes. Sus calles no son solo asfalto y polvo; son páginas abiertas de un libro que espera ser escrito con la tinta de la memoria.
Para cualquier escritor que ame sus raíces, estos hombres y mujeres representan capítulos históricos que nos transportan a tiempos idos, cargados de una emotividad que hoy sobrevive apenas en las tertulias de esquina o en los susurros de los mortuorios.
De todos esos rostros, hay uno que resuena con el eco de un canto: el de Gumersindo Peguero de la Cruz, el inolvidable «Gume».
El pregón como banda sonora
«Vendo, vendo, vendo… aceite de tortuga pa’ los viejos con arrugas, aceite de palma para el pelo, cepa de batata de burro pa’ el resfriado…»
Ese no era un simple anuncio comercial; era la banda sonora de la mañana.
Gume no gritaba, él interpretaba la vida.
Con una rima a flor de labios, convertía la necesidad en poesía popular.
Desde las seis de la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a entibiar la comunidad de Los Jíbaros, este batallador hombre de campo ya tenía el camino en las venas.
Su repertorio era tan variado como su mercancía:
“…vendo verduras, molondrones, perejil… Yo no sé con quién me caso; quiero una mujer con dinero pa’ hacer mis muchachos… vendo, vendo chinola, cereza, vendo hoja para enfermos…”
Pero Gume no solo traía lo nuevo; también rescataba lo viejo.
Su faceta de coleccionista ambulante lo convertía en un buscador de tesoros.
«Compro tinaja vieja, vitrola, piedra de rayos, cara de indio, machete antiguo y retrato del tirano Trujillo… ¡compro, compro!».
En sus manos, el pasado de Hato Mayor cobraba un valor nuevo.
Un hombre de pueblo y familia
Nacido el 26 de noviembre de 1936, hijo de Gumersindo Peguero Pacheco y Julia de la Cruz, Gume fue el prototipo del dominicano resiliente. Su vida fue un matrimonio entre el sacrificio y la alegría.
Junto a su esposa, Amalia Trinidad, levantó una familia numerosa de siete hijos: Raúl, Rosita, Dolorita, Carmelo, Manolo, Ricardo y Sobeyda. Para ellos, fue el ejemplo de que la honradez no pelea con la carencia.
Era, quizás, el hombre más «chévere» del pueblo. Su sistema de crédito no necesitaba bancos ni firmas: era la palabra.
Fiaba lo que vendía para cobrarlo al día siguiente, confiando en la misma honestidad que él irradiaba.
Gume no solo vendía especias y hojas para tisana; vendía confianza.
El eco que no se apaga
La salud, ese enemigo silencioso, comenzó a mellar su fortaleza.
Tras una lucha contra quebrantos que finalmente no pudo superar, Dios lo llamó a pregonar en las calles del cielo el 13 de agosto de 2013.
Hoy, Gume Peguero es una leyenda viviente en el recuerdo colectivo.
Se le extraña en cada esquina donde su voz solía rebotar.
Fue un ser fuera de serie, de una humildad tan profunda que se convirtió en su mayor riqueza.
Hato Mayor podrá tener muchos vendedores, pero nunca otro pregonero que cante las penas y las alegrías con la misma gracia con la que ofrecía una rama de perejil o un frasco de aceite casero.
Su canto sigue ahí, vibrando en el aire matutino, recordándonos que un pueblo es, por encima de todo, la gente que lo camina.
Quise escribir esta crónica porque captura la esencia de Gume Peguero, un personaje que no solo vendía productos, sino que regalaba identidad y alegría a las calles de Hato Mayor.







